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La conversación parecía más extraña a cada segundo. Falk nunca había preguntado a Harry por su familia, pero él le contestó como si fuese lo más normal del mundo.

– Todos bien. Muy bien, señor. Por favor, dígame qué necesita reparar. Ah, ya veo. La batidora, ¿eh? Adelante. Pase, pase.

En el interior estaban ya a treinta y dos grados. El lugar olía a aceite de motor. La mesa abollada de acero de Harry estaba cubierta de herramientas, piezas de repuesto y facturas de reparaciones. Despejó un espacio y colocó en el mismo la batidora.

– Muy bien, señor. Dígame, ¿qué hay de nuevo?

– Nada, en realidad, supongo.

Falk miró alrededor con cautela. Parecía que no había nadie más que ellos allí. Los compañeros de trabajo de Harry, un filipino y un puertorriqueño, vivían en la base con algunos cientos de trabajadores contratados en un edificio alto destartalado llamado Torre Colina Dorada. Ellos no llegarían al trabajo hasta dentro de una hora por lo menos.

– En realidad, Harry, me interesa más cualquier noticia que tenga usted para mí.

Acabemos de una vez, pensó.

Harry asintió con gracia, mientras tocaba los botones de la batidora, haciendo leves chasquidos mientras subía la escala de rayar a puré.

– Éstos son todos falsos, ¿sabe? Tantos nombres para estas posiciones y, en realidad, hacen todos lo mismo. Supongo que es para que uno crea que consigue más por su dinero. Ingenioso, ¿eh?

Falk asintió.

– Creo que podré arreglarla hoy. Pero necesito una pieza del almacén. Si quiere acompañarme…

Harry indicó con un gesto la puerta trasera, que daba al depósito de desguace. Luego sonrió y alzó ambos brazos, señalando las paredes y el techo, como si dijese: «Nunca se sabe quién puede estar escuchando, ¿verdad?». Era la primera vez que tomaba tantas precauciones. Tal vez él también estuviera asustado por el nuevo ambiente. O acaso hubiese mucho más en juego en esta ocasión. Cogió la batidora y se dirigieron a la puerta.

Fue un alivio salir al aire libre de nuevo, aunque el sol ya relumbraba implacable en los parabrisas agrietados y en las planchas metálicas abolladas.

– Aquí, me parece -dijo Harry, mirando por encima del hombro al cobertizo.

– Sí -respondió Falk, notando que la tensión era contagiosa.

Sabía desde el principio que aquel encuentro podría crearle problemas. Por eso lo había aplazado. Pero hasta entonces no había pensado en las verdaderas consecuencias: lo que dijese Harry a continuación podría cambiar su vida, y seguramente no sería para bien.

– ¿Recuerda a su amigo Paco, de Miami? -preguntó Harry, cuya sonrisa había perdido intensidad.

– Lo recuerdo perfectamente. ¿Es usted amigo suyo también?

– Por supuesto -repuso Harry, volviendo a mirar hacia el cobertizo. Seguro que no distinguía a Paco del ministro del Interior-. Quiere que vuelvan a verse. Enseguida. Me lo ha dicho, y éstas son sus palabras exactas: «Dígale al señor Falk que deje lo que esté haciendo y que venga a verme a Miami». El mismo alojamiento que antes, me dijo.

Debía referirse al mismo hotelucho, cerca de la Pequeña Habana. Maldita sea si no había acertado Endler, se dijo Falk preguntándose de nuevo por el motivo de su permiso de fin de semana. Le indujo a pensar en muchas cosas.

– ¿Le dijo algo más?

– No. -Harry sonreía radiante de nuevo. Aliviado, tal vez, por haber recordado todas las frases y porque la actuación prácticamente había concluido-. Pero insistió en que fuese usted. Y en que si no lo hace… -¿Sí?

Harry adoptó una actitud seria y prudente, acariciando la batidora, pensativo.

– Entonces dice que contará a todos sus primos y tíos que ha sido usted un amigo desleal.

– Así que tendré que verlo, ¿eh? Dígale que estaré en Miami mañana. Tal vez esta noche.

Si Harry estaba sorprendido, no lo demostró.

– Se lo diré -repuso-. En cuanto a la batidora, estará arreglada cuando regrese usted.

– Muy bien.

Falk se dio la vuelta para marcharse, tomando el camino que bordeaba el cobertizo.

– Tal vez le haga algún que otro arreglo -gritó Harry a su espalda-. Quedará mejor que antes.

– Muy bien -contestó Falk-. Hágalo.

Incluso con un asiento reservado, Falk tenía que estar en la terminal de Leeward Point una hora antes de la salida del vuelo, para solucionar todo el follón de seguridad. Si el vuelo era como todos los que salían de allí, iría lleno de familias de marinos, niños llorones y bebés vociferantes, con los compartimentos de equipaje de mano repletos de sillitas y portacunas.

Tenía el tiempo justo de ver a Bo camino del trasbordador para contarle la nueva situación con Harry. Endler se alegraría de ver confirmado su presentimiento. Le abrió la puerta Cartwright en pijama, con una taza de café en la mano. Se sorprendió al ver a Falk, parecía incluso receloso. Cuando Falk preguntó por Bo, negó con la cabeza.

– Ha salido muy pronto esta mañana. Recibió una llamada telefónica a eso de las cinco.

¿Endler, tal vez?

– Dile que he pasado y que nos veremos el lunes.

– Se lo diré.

Casi no llega al trasbordador. Los delfines ya estaban saltando en la bahía, destellando a la luz del sol mientras Falk, de pie junto a la barandilla de popa, contemplaba la base que se alejaba en su estela. Lamentaba no haber tenido tiempo de ver a Pam. Hubiese sido aún mejor que fuese a su lado en aquel momento, rumbo a Estados Unidos con él.

La sala de espera del hangar era un zoo, y Falk se quedó fuera con los fumadores mientras pudo, y fue el último en la cola de embarque. Un soldado registró a fondo sus bolsas y su cartera, pero no mostró el menor interés por las cartas de Ludwig ni por sus documentos. Falk había hecho una copia de todas sus notas antes de entregar los originales la noche anterior en la sede del J-DOG, en un sobre grande para Van Meter.

El suelo ya estaba blando del calor, y la pista de despegue estaba cubierta de carburante. Los motores hacían tanto ruido que no pudo oír bien a un policía militar que le dijo algo junto a la escalerilla cuando iba a subir a bordo.

– ¿Qué? -le preguntó, gritando por encima del ruido.

En vez de chillar de nuevo, el agente señaló el hangar. Falk se volvió y vio a Bo, que corría hacia ellos, seguido de otro policía militar furioso.

Ambos alcanzaron a Falk al mismo tiempo, aunque el policía habló primero:

– ¡Señor, no puede entrar!

– ¡Ya se lo he dicho, maldita sea! Estoy autorizado.

Bo le enseñó un papel y Falk vio que tenía el membrete del general Trabert. Al parecer, funcionó. El policía le saludó incluso y se retiró a una prudente distancia, mientras Bo se acercó más y se inclinó para gritar a Falk al oído. La estela del motor les agitó las camisas como si fuesen banderas.

– Una mañana infernal, ¿eh? ¿Qué tal con Harry?

Falk unió y ahuecó las manos y gritó a Bo al oído.

– Intenté localizarte en tu alojamiento. Endler tenía razón. Paco quiere un encuentro.

– ¿En Miami? -gritó Bo.

Falk asintió.

– Iré al mismo hotelucho que la otra vez.

Bo buscó en el bolsillo y sacó de la cartera una tarjeta que el viento casi le arranca de la mano.

– Llama a este individuo cuando llegues a Estados Unidos. -Aquello era como mantener una conversación en un túnel aerodinámico-. Desde un teléfono público.

La tarjeta tenía el logo y el número del Departamento de Estado, pero Falk no reconoció el nombre. Su reacción inmediata fue de indignación.

– Creía que sólo estabais al tanto de todo esto Endler y tú. ¿A cuántas personas se lo habéis contado?

– Él no conoce los detalles. Sólo sabe que eres un actor. No puedo dirigirlo desde aquí.

– Y Endler no puede tomarse la molestia de mancharse las manos, ¿verdad?

– No es eso, créeme. Telefonéale. Puedes ser todo lo impreciso que quieras, pero telefonéale. Yo creía que precisamente tú entenderías una pequeña confusión después de todo lo que ha caído esta mañana.