¿Habría habido otro arresto?
– ¿De qué demonios hablas?
Bo le miró con dureza, con el cabello revuelto disparatadamente mientras los estruendosos motores aceleraban un poco más. El policía militar que estaba más cerca dio un paso al frente.
– ¡Por Dios, Falk! ¿No te has enterado?
– ¿De qué?
– Han arrestado a Pam.
Se le cayó el alma a los pies. El ruido y el viento eran un zumbido resonante en sus oídos. El policía militar agarró a Bo de la manga y gritó a Falk:
– Tiene que subir al avión, señor. Y nosotros tenemos que bajar de la escalerilla. Es hora de que su amigo salga de la pista.
Bo dio un paso atrás, pero Falk no se movió; seguía muy aturdido para hacerlo. Se sentía como un toro recién apuntillado en la plaza. Vio los rostros en las ventanillas del avión, todos observándole crispados, mientras los motores rugían como una multitud pidiendo sangre.
– ¿Por qué? -gritó.
Pero Bo no le oía o no lo sabía, y se limitó a negar.
– Suba al avión, señor. ¡Ahora!
Falk se volvió en silencio y cuando el policía militar le empujó suavemente en la parte inferior de la espalda, no supo si sentirse furioso o traicionado, así que optó por ambas cosas, y un nudo de cólera impotente se le desató en la garganta:
– ¡Basta ya, maldita sea! ¡Quíteme las manos de encima!
Subió laboriosamente la escalera, seguido de cerca por el policía. Cuando llegó arriba, se volvió.
– ¡Ya voy!
El policía retrocedió al verle la cara. Una azafata con semblante preocupado salió de la cabina, le tomó del brazo amablemente y le guió al interior, cerrando la puerta. Eso amortiguó el ruido, y Falk se encontró desconcertado frente a los viajeros, soldados y familiares, que le miraban preguntándose qué diablos pasaba.
Nada más abrocharse Falk el cinturón, se pusieron en marcha. Entonces, otro pensamiento desencadenó un nuevo arrebato de cólera. No era extraño que Trabert quisiera que se largara. Así podían arrestar a su novia sin problemas e interrogarla todo el fin de semana sin miedo a interferencias. En las últimas veinticuatro horas habían puesto fuera de su alcance a dos de las tres personas con quienes mantenía una relación más estrecha en Gitmo (resultaba extraño reconocer que una de ellas era un prisionero), enviando a una al olvido de la Agencia y a la otra Dios sabía dónde.
Y allí estaba Bo, que podría haber mentido o no en cuanto a que había mantenido la relación de Falk con los cubanos en secreto todos aquellos años. Miró de nuevo la tarjeta que le había dado y leyó el título de apariencia benigna: «Ayudante especial del subsecretario». ¿Él y cuántos más? ¿En cuántos expedientes figuraba ahora el nombre de Falk y hasta qué punto circulaban?
El avión aceleró y luego se inclinó hacia arriba al despegar. Un bebé empezó a gemir dos filas detrás de Falk. Ya somos dos, pequeño. Falk miró por la ventanilla para ver por última vez Gitmo mientras el aparato se ladeaba sobre el mar relumbrante, y se preguntó si volvería a ver aquel lugar. Si se lo hubiese planteado unos días antes, habría dicho hasta nunca y habría abierto una cerveza fresca. Ahora le parecía absolutamente decisivo regresar como fuese, tanto si era bien recibido como si no.
17
Falk se sintió vigilado y acosado desde el mismo instante en que aterrizó. Se abrió paso entre los familiares que esperaban fuera de la terminal, mirando a los lados. Luego tomó el autobús de enlace hasta la puerta de Yorktown, en la ruta 17, donde había dispuesto que le esperara un coche de alquiler.
Sin detenerse apenas, se dirigió hacia la I-95. Pero, en cuanto llegó a la carretera, se dio cuenta de lo abatido que estaba y tomó la primera salida. Esperó quince minutos, sentado en el aparcamiento de un supermercado, y tomó a sorbos un café recalentado y un donut rancio.
Entre el disgusto por el arresto de Pam y el nerviosismo por lo que le aguardaba, se sentía como un fugitivo que ha perdido la ventaja, un mago sin accesorios. Él siempre había tenido un refugio cerca, ya fuese la biblioteca de Deer Isle, un escondrijo del bosque cubierto de musgo, o un bar tranquilo junto a la línea roja del metro en Washington, un local oscuro y mohoso en el nordeste, sin gente del FBI, intrigantes ni empleados del Congreso. En Gitmo contaba con la relativa libertad de la bahía. Allí, ni siquiera los kilómetros de campo abierto llano y los millares de coches de paso podían convencerle de que se fundía con el entorno. Se sentía completamente desprotegido a cada paso.
En cuanto a Pam, ¿adónde demonios la habrían llevado? ¿A una celda de Gitmo? ¿O estaría ya en un vuelo chárter camino de una prisión de la Marina en Northfolk o en Carolina del Sur? Tal vez sólo la hubiesen puesto en arresto domiciliario. Bo le había dicho que la habían «arrestado», pero no había mencionado que la hubieran «acusado». Era una distinción a la que aferrarse, la única chispa de esperanza que persistía en el desastre.
Falk se sorprendió pensando cómo se acercaría a ella siendo interrogador, sabiendo lo que sabía de sus faltas y flaquezas. Pam se había criado en una granja, erigiéndose en conciliadora de un padre estricto y una madre cansada. La constante entre entonces y ahora era la llamada del deber o, desde el punto de vista de Falk, el ritual de la obediencia. La vida itinerante de los militares les exigía mucho, pero, a cambio, les permitía liberarse de tener que tomar muchas de las decisiones más difíciles de la vida. Si necesitaban algo de ella sería facilísimo conseguirlo sencillamente amenazando su estilo de vida. No tendrían más que decirle que acabarían con su carrera, retirarle el apoyo de la única institución en la que confiaba. Luego demostrarían que sus necesidades eran las mismas que las de ella y apelarían a su lealtad, a su profunda necesidad de obrar correctamente.
Esos mismos elementos impedían que hubiese hecho algo que arriesgase todo aquello. ¿Habría actuado en connivencia con algún detenido sin darse cuenta? Incluso eso parecía imposible. De ser cierto, habría engañado a todos. (¿Acaso no lo había hecho Falk durante años?) Tal vez fuesen iguales en más aspectos de los que él creía.
Falk se acordó de la conversación que habían mantenido hacía poco en el desayuno, cuando ella le había advertido de una historia que circulaba en el recinto de la alambrada. Él estaba entonces tan preocupado por otros asuntos que no le había dado mayor importancia: algo que había dicho un sirio sobre un ex soldado y los cubanos. Imposible, pero allí estaba: un hilo de verdad sacado de algún modo de su propia vida por un árabe encarcelado.
Así que a lo mejor sólo querían información, secretos que de otro modo se resistiría a revelar. ¿Relacionados con él? ¿Con Boustani? ¿Con las notas de ella?
Falk giró la llave de contacto y esperó un poco más. Sacó la cartera y recuperó la tarjeta que le había dado Bo en la pista: Chris Morrow. Un desconocido. Aquélla había sido siempre su peor pesadilla acerca del montaje con Endler y con Bo: que hubieran ampliado el círculo. Aunque tal vez Bo hubiese dicho la verdad y el tal Morrow no conociera ningún detalle. El único medio de averiguarlo era llamando, como le había dicho Bo, así que apagó el motor y fue caminando al teléfono público que había en la esquina del aparcamiento.
Llamó a cobro revertido, y Morrow descolgó al primer timbrazo. Una voz joven, veintitantos años como mucho, calculó Falk, sintiéndose ofendido. Por su saludo entusiasta, parecía exactamente el tipo de individuo que hablaría de aquello en el almuerzo.
– Esperaba su llamada -dijo-. Bo me dijo que telefonearía.
Bo. Como si fuesen amigos hacía siglos.
– ¿Has hablado con él?
– Recibí un mensaje electrónico. Todo lo que sé es que hay que atenderle en cuanto llegue a Miami. El jefe se encarga de todo lo demás.