– A un portaestandarte. A algunos individuos que disparen unos rifles. Su comandante vendrá en avión de Cuba, pero todos los demás tienen que quedarse en Gitmo. Me han dicho que celebraron un pequeño acto en su memoria, abajo en la playa.
Era la primera noticia que tenía Falk, y se sintió bastante estúpido.
– Siga con esto, por favor -dijo ella-. Y comuníqueme lo que averigüe.
– Lo haré. -Otra pausa-. Pero, verá, he de hacerle una última pregunta.
– Adelante. -Escueta, como si lo hubiese supuesto.
– ¿Pasaba algo en casa, en el banco, en Gitmo o donde fuese que le impulsara a sentir que tenía que hacerlo?
– ¡Santo cielo! Es usted igual que el otro individuo. Están todos juntos en esto, ¿verdad? El maldito ejército y todos los demás. Señalan a quien sea menos a sí mismos.
– No, señora. No es eso en absoluto. Sólo nos…
Clic.
Falk no podía culparla. Él no era más que otro escéptico que le sugería que su marido había deseado escapar de este mundo e, implícitamente, de ella y de los hijos. Así que se aferraría a cualquier clavo ardiendo que sugiriese lo contrario.
Falk marcó el número del cuñado de Ludwig y oyó el contestador automático. Todavía tenía tiempo de sobra antes de volver a llamar a Ed Sample, así que subió la calle para tomar otra dosis vigorizante de café y luego pagó la habitación y dejó el hotel. Ya llevaba puestos los vaqueros y la camisa blanca, el atuendo obligatorio del día, y echó la gorra de los Dolphins en el asiento delantero del coche. No se llevó el teléfono móvil.
Se dirigió primero al centro y localizó enseguida un Walgreens, así que paró para recoger la bolsa y la botella de agua requeridas. Luego esperó en el coche hasta que el reloj del salpicadero marcó las once. Llamó entonces a Ed Sample desde un teléfono público que había delante de la tienda. Esta vez contestó Ed.
– Señor Sample, supongo que se ha enterado usted de la muerte del capitán Ludwig en Cuba.
– Sí, señor. Nos ha afectado mucho a todos. El nuestro es un banco pequeño. No a un nivel empresarial, claro, pero sí aquí. Éramos un equipo muy familiar hasta que nos compró Farmers Federal.
– ¿Y cuándo fue eso?
– Hace año y medio. Earl fue uno de los pocos directores locales que mantuvieron y ascendieron, sobre todo porque habría habido una sublevación de clientes si no lo hubiesen hecho.
Igual que el antiguo empréstito de Qué bello es vivir, pensó Falk, aunque era difícil imaginar a George Bailey aprobando una transferencia bancaria a las islas Caimán. Se preguntó si Sample mencionaría el tema sin que le incitara a hacerlo.
– ¿Seguía él en estrecho contacto con el negocio bancario mientras estaba en Guantánamo?
– Todo lo que cabía esperar. Siempre quería ver los totales mensuales, enterarse de cualquier problema especial.
– ¿Algo más?
– Bueno, no sé. Esto y lo otro. Supongo que tendría que conocer usted el negocio.
– ¿Incluía «esto y lo otro» transacciones bancarias extranjeras? ¿Como, por ejemplo, transferencias telegráficas?
Falk oyó un suspiro al otro lado de la línea.
– Mire… ¿Cómo ha dicho que se llama usted? -Falk le oyó escribir en un bloc de notas.
– Revere Falk. FBI. -Repitió el rollo que le había soltado a Doris Ludwig sobre números de teléfono y verificaciones. Nadie le tomaba nunca la palabra, y Sample no fue una excepción.
– Iré al grano -añadió luego-. Leí la última carta que le escribió usted y apostaría que sentía usted tanta curiosidad como yo por esas transacciones.
Sample hizo una pausa, tal vez sopesando el prestigio del banco y la propia lealtad a su difunto jefe.
– ¿Forma esto parte de alguna investigación bancaria?
– La banca no es mi terreno, señor Sample. Eso sería competencia del Departamento del Tesoro o de otro personal del FBI. Si alguien se pone en contacto con usted por ese tema, no digo que vaya a hacerlo, lo más probable es que sea un ayudante del fiscal general. Pero yo no estaré en contacto con ellos, si eso es lo que se pregunta.
Sample respiró, al parecer aliviado.
– Fue la cantidad lo que más me sorprendió. Entiéndame, ¿dos millones? Es más de lo que podemos facturar en meses aquí.
– Sí, es mucho, claro.
– Sobre todo en esas condiciones.
– ¿Cuáles eran?
– Creía que estaba enterado usted de todo esto.
– Sólo de lo que figuraba en su carta. La que estaba fechada el jueves pasado.
– Era un medio de dejar constancia de desaprobación del modo más suave posible pero sin ser demasiado específico. Él me había inducido a creer que leían su correspondencia.
– ¿O sea que se estaba guardando las espaldas?
– Supongo que es una forma de expresarlo. Esto llegó inesperadamente. Ni una llamada telefónica, ni una carta. Sólo un formulario de transferencia en un fax, seguido de una nota firmada por él en papel del banco, dándonos el visto bueno.
– ¿Disponía él en Guantánamo de papel de escribir del banco?
– Debía tenerlos, porque lo envió. Luego, tres días después de que llegara el dinero, quiso volver a enviar toda la cantidad al First Bank de Georgetown, en las islas Caimán. Con su visto bueno de nuevo.
Cualquier banquero sabía que las islas Caimán eran la capital mundial del dinero sucio.
– ¿Cuándo debía efectuarse?
– El viernes de hace una semana, un día después de que enviara yo la carta. Así que ya comprenderá por qué estaba yo un poco alterado. No merecía la pena arriesgarnos por tres días de interés a corto plazo.
– A menos que pensara especializarse en ello.
– ¿Earl Ludwig? Es evidente que no le conocía usted.
– ¿Honrado a carta cabal?
– Lo último que podría decirse de Earl es que era un jugador empedernido. Le quitaba el sueño que nuestros índices hipotecarios cambiaran un octavo de punto. En cualquier dirección. Cualquier cosa que supusiera el menor riesgo, llamaba por teléfono a la central para tener una segunda opinión. Por eso les gustaba. Una cosa era la buena voluntad local, pero sabían que no iba a arriesgar su dinero, ni siquiera por alguien a quien conociera hacía muchos años.
Así que un poco del señor Potter y de George Bailey.
– ¿Han trabajado alguna vez con ese banco peruano? ¿Cómo dijo que se llamaba?
– Conquistador Nacional. No había oído hablar de él nunca. Y ésa es otra razón por la que estuviese un poco preocupado por la respuesta de Earl. Pero lo siguiente que supe es que había muerto.
– ¿Alguna hipótesis sobre lo que se traía entre manos?
– Con cualquier otro, habría supuesto lo habitual. Una mujer. Una drogadicción secreta. ¿Con Earl? No tengo ni idea. Y ha estado en Cuba todo este tiempo. Prácticamente el final de la tierra, por lo que cuenta, disculpe, contaba, sobre el lugar. Parecía el último sitio en el que se le ocurriría a uno meterse en esos problemas.
– ¿Qué le contó exactamente de Gitmo?
– Bueno, ya sabe. Tórrido. Extraño. Lagartos enormes. Que todos se sentían solos. Que algunos hombres de su unidad bebían demasiado. Trabajo patriótico y mucho compañerismo, pero, a las pocas semanas, estaban todos asqueados. Decía que los árabes les tiraban porquería, pero que algunos no eran tan malos. Decía que también era corporativo. Creo que eso le sorprendió.
– ¿Qué quiere decir con «corporativo»?
– Que se parecía a cuando nos compró Farmers Federal. Cualquier pequeña operación se convertía en algo burocrático. Cada cual con sus propias normas y procedimientos, con cinco capas sobre la propia atosigándote por los resultados. Creo que las presiones de todo eso le sorprendieron.
– Ya, bueno, eso es el ejército. Una gran empresa, en la que todo el mundo desea cubrirse las espaldas.
– Igual que yo, ¿verdad? Ahora pienso que tendría que haberle llamado. Ofrecerle comprensión.