Paco se volvió hacia él. No se había molestado en ponerse gafas de sol y parecía bastante dispuesto a dejarse ver. Había cambiado. Tenía las sienes canosas y algunas arrugas más. Pero estaba en mejor forma, aunque todavía llevaba una cajetilla de cigarrillos en el bolsillo de la camisa. Estaba más bronceado y menos fofo. La piel de rana se le había tensado. Tal vez hubiese una mujer en su vida. Antes tenía algo que parecía no comprometido, demasiado inquieto y alerta, y no precisamente al estilo de su profesión. Claro que a lo mejor la fatigada mente de Falk tramara esas conclusiones por puro nerviosismo.
– Vamos -dijo Paco.
El muchacho soltó las amarras y volvió sin decir una palabra al coche que esperaba. El motor del barco ya estaba en marcha, así que salieron del embarcadero en cuestión de segundos, surcando el agua hacia mar abierto. Parecía que Paco se dirigía al espacio entre las islas Lummus y Fisher, que estaba cruzando un trasbordador de coches a una distancia próxima. Paco lo observó con cautela, pero parecía que no le preocupaba demasiado ser observado. ¿Y por qué iba a preocuparse? Se encontraban solos ahora, sin escoltas ni guardaespaldas.
Falk no detectó ningún bulto revelador de armas en la ropa de Paco. Suponía que tenía que haber un revólver a bordo en algún sitio, pero el individuo parecía demasiado concentrado en dirigir la embarcación para hacer algún movimiento defensivo súbito si Falk hubiese decidido abalanzarse sobre él.
Pero ¿por qué estropear la tarde? Falk decidió relajarse y dejar que los acontecimientos siguieran su curso. Tomó asiento, mirando hacia popa, y estiró los brazos sobre la borda de estribor, volviendo la cara hacia el sol. Dejaría que Paco rompiera el hielo.
Captó su atención el ruido de un monomotor. ¿Vigilancia? No, se dirigía recto a la playa, remolcando una de esas pancartas alargadas de publicidad, con letras rojas aleteantes: «Gran fiesta en la playa. Sex@ Crobar. Ven y consíguelo. 2. noches». Falk se preguntó qué le parecería aquello a un buen comunista, pero Paco ya había vuelto la mirada hacia el agua.
– ¿Sabe? -dijo Paco-. He considerado la posibilidad de pasar una hora navegando sin abrir la boca.
– Por mí, estupendo.
Paco sonrió de buena gana.
– Pensé que lo sería. Pero, por desgracia, tengo órdenes. -Falk se enderezó un poco-. Verá, en realidad no creo en usted. No sé si lo he hecho alguna vez. Y cuando se incorporó al FBI, bueno, eso confirmó mis sospechas. Son ustedes mercancía dañada, eso es lo que pienso.
– ¿Por eso no volví a tener noticias suyas?
Paco asintió.
– Y es por lo que hoy hemos montado este numerito para usted. Por si tenía compañía.
– ¿La tenía?
Paco se encogió de hombros.
– Lo sabe usted mejor que yo. Pero no se han esforzado, eso seguro. Yo esperaba de algún modo que se esforzaran más.
– ¿Quería que le atraparan? No es que nadie le siguiera forzosamente.
– Quería que demostraran que les intereso más yo que lo que tenga que decir.
Curioso. Los había calado a la perfección.
– ¿Por qué estoy yo aquí entonces, si cree que no valgo nada?
– Porque mis superiores todavía creen que es una gran adquisición. Una gran baza. O, en el peor de los casos, un riesgo que merece la pena correr. Creo que hay división de opiniones.
– Parecen desesperados.
– Creo que su apreciación es correcta. Que es por lo que no estoy seguro de creer ya en ellos tampoco. Ni en sus aptitudes.
– ¿Y cree todavía en algo?
– ¡Oh, sí! Creo que hace mucho un joven soldado cometió una gran estupidez. Un error de juventud. Traicionó a sus amigos, a sus oficiales y a su país. Una traición pequeña, en realidad. Una insensatez de fin de semana en La Habana. Pero él sabía que era un delito que se agravaría con el tiempo. Así que se lo contó a alguien. No a sus oficiales. Ellos le habrían metido en el calabozo. Nosotros nos habríamos enterado. Ni a la CIA. Ellos habrían reaccionado exageradamente, se habrían vuelto locos. Y tampoco al FBI, porque nunca podría haber trabajado con ellos después con esa mancha en su historial. Así que tuvo que haber sido a alguien fuera de la comunidad habitual. Alguien más próximo a su círculo de amistades. ¿Cómo lo hago hasta ahora?
Estaba dando todas en el clavo, pero Falk no podía decírselo, claro.
– Interesante historia. Aunque me parece que reconoce más mérito del que merece al joven soldado estúpido.
– O tal vez él me reconozca menos mérito del que merezco.
Falk estudió el rostro de Paco, preguntándose cómo habría atado los cabos. Claro que no sería tan difícil si disponías de doce años para hacerlo, se dijo.
– Por favor, beba algo -dijo Paco, señalando una pequeña nevera que había al lado de la popa.
Falk buscó entre el hielo y encontró dos Coca-Colas y dos Piñas, un refresco que les gustaba a los cubanos.
– ¿Quiere una?
– Coca-Cola -contestó Paco, así que Falk contradijo el prototipo también y cogió una Piña.
– Un día estupendo, ¿verdad? -dijo Paco abriendo el tapón y tomando un buen trago, exactamente como un individuo que disfruta de su día libre.
– ¿Es suyo el barco?
– ¿Cómo? ¿Cree que estoy loco?
– Me fijé en los números falsos. De un amigo, supongo. Sería demasiado fácil localizar uno alquilado. -Paco siguió tomando la Coca-Cola a sorbos, sin molestarse en contestar-. Me decía antes que tiene órdenes.
– Se espera que transmita un mensaje.
– Pero no quiere hacerlo.
– Exacto.
– Pues no lo haga.
– No tengo más remedio. Yo no soy como el joven marine estúpido. Cuando es mi obligación, cumplo las órdenes.
– Pues cuando guste, soy todo oídos.
Paco negó con la cabeza, frunciendo la frente, y cuando empezó a hablar, sus palabras fluyeron rápidamente, como si quisiera liquidar el asunto lo antes posible:
– Hay un prisionero en Guantánamo. Adnan Al-Hamdi. Tiene usted que hacerle callar, por los medios que sea, o conseguir que lo envíen a casa. Fin del mensaje.
Falk casi se atraganta con el refresco. No se habría sorprendido más si Paco le hubiese comunicado que Pam y Bokamper estaban casados y eran agentes dobles. Recordó de pronto el «gran regalo» de Adnan, el nombre «Hussay». ¿Sería eso lo que querían los cubanos, o lo que les preocupaba?
El semblante de Falk debió registrar su perplejidad, pero, por primera vez, Paco no lo interpretó bien, y dijo:
– Si no conoce a ese prisionero, le diré que es yemení.
– Sé quién es -repuso Falk, y se dio cuenta mientras hablaba de que debería haber guardado silencio. Había llegado al callejón sin salida en el que acaban encontrándose todos los que juegan a dos bandas, en especial los aficionados absolutos como él, y no sabía qué hacer a continuación. ¿Debía intentar engañarlos (aunque Paco no se lo tragara), prometiendo que haría todo lo posible? ¿O sería mejor adoptar una actitud inescrutable y aceptar el mensaje con un simple movimiento de cabeza? Había una tercera alternativa: desconcertarlos confesando y admitiendo que sí, tiene razón, estoy estropeado y ahora los suyos están realmente en un aprieto. Endler no le había dado instrucciones.
Paco siguió en silencio, y Falk decidió al fin desechar los tres enfoques. Interpretaría el papel de sí mismo, para variar: el individuo confuso en medio, medio dentro y medio fuera, que se abría paso a tientas en la oscuridad sin contar con la confianza de nadie, un individuo que seguía buscando respuestas, igual que Paco. Daría un poco con la esperanza de recibir un poco.
– Lo siento, pero me temo que no puedo ayudarle -dijo Falk-. Han trasladado a Adnan fuera de mi alcance, y le aseguro que no volverá a casa pronto. Créame, ya intenté convencerles de que lo hicieran.