Выбрать главу

Estúpidamente, parecería ahora, si eso era también lo que querían los cubanos.

– Lo comunicaré -dijo Paco girando el timón, mientras se deslizaban sobre la estela del trasbordador-. ¿Algo más?

– Sí. ¿Cómo dieron con ese nombre? Si fue por alguien del Campo Delta, entonces no necesitarían mi ayuda.

– Aunque se lo preguntara, no me lo dirían. Y si lo supiera, no se lo diría a usted.

– Entonces, ¿ha considerado alguna vez la posibilidad de que yo esté tan fuera del círculo como usted? ¿Que sólo cumplo órdenes del lado que sea, tal vez ambos, pero que en realidad no sé de qué va todo esto?

Paco se le quedó mirando muy serio mientras el motor zumbaba, como si tratara de averiguar por qué se había vuelto tan hablador de pronto Falk.

– Nuestra situación me recuerda un viejo chiste cubano -dijo Paco-. Un chiste político. Le gustará. Trata de dos buenos amigos que no se ven desde antes de la Revolución. Y entonces, un día, coinciden en un bar de La Habana. Ninguno de los dos quiere mencionar la política, por supuesto. Los dos tienen miedo a meter la pata. Pero ambos se mueren por saber lo que piensa el otro, así que al final el primero se arma de valor y pregunta: «Dime, amigo, ¿qué piensas de nuestro régimen socialista?». El segundo también es cauteloso, así que le contesta: «Bueno, lo mismo que tú, por supuesto». Así que el primero frunce el ceño y exclama: «¡Entonces tendré que arrestarte por contrarrevolucionario!».

Falk sonrió.

– Sí, la situación se parece mucho a la nuestra. Así que tal vez debiéramos sincerarnos.

– ¿Qué? ¿Unir nuestros secretos y venderlos al mejor postor? Sería una solución muy americana: dejar que decida el mercado.

– Sólo digo que nos convendría estar mejor informados, por nuestro propio interés.

– En teoría. El problema es que uno de los dos tiene que ser el primero.

– Cierto.

– Primero usted, entonces.

Falk se echó a reír.

– Yo creía que le tocaba romper el hielo al anfitrión.

– Citando esa expresión suya, tan delicada culturalmente: «¡Ni hablar, José!».

Falk sonrió de nuevo, suponiendo que así era. Pero el comentario de Paco le recordó algo. No las palabras, en realidad, sino la pronunciación.

– ¿Quiere repetirlo?

– ¿Qué? ¿Ni hablar, José?

Era el «José». Los angloparlantes, él mismo incluido, siempre pronunciaban la «s» como una «z». Paco daba a la ese un siseo rápido, terminando con un nombre que se parecía más a Jo-Sey. Exactamente igual que en árabe.

– Bien, Paco -dijo lentamente Falk-. Seré yo el primero, siempre que pueda empezar con una pregunta. ¿Tenían algunos agentes fuera (en Yemen, por ejemplo), hace dos o tres años, digamos, que usaran el nombre clave de José?

Paco reaccionó un poco más rápidamente de la cuenta.

– Una pregunta interesante. ¿Qué le induce a hacerla?

– No, no. Es su turno.

– Ya le he dicho que su plan funciona sólo en teoría. Así que vuelve al punto de partida.

– En realidad, no. Olvida usted lo que he estado haciendo para ganarme la vida. Interrogatorios. Día tras día. Su reacción es muy expresiva. No tiene que decir nada, porque estaba todo en su semblante. Lo denominamos pistas no verbales.

– ¿Se refiere a lo mismo que expresa usted con su elección de las preguntas?

– Exacto. Ése es un riesgo del interrogador: revelar más de lo que le revelan a él. De todos modos, creo que ambos sabemos más que cuando empezamos.

Paco esbozó una levísima sonrisa, como de reconocimiento. Luego giró el timón levemente, y el barco se inclinó a estribor. Habían pasado la isla Lummus y se dirigían hacia el noroeste. El perfil de Miami se alzaba delante de ellos como una postal, luminoso al sol del mediodía.

Entonces oyeron el zumbido de un helicóptero que sobrevolaba la zona un poco más bajo cuando ellos pasaron. Paco alzó la vista irritado, seguramente pensando lo mismo que Falk. No podía saber si pertenecía a un canal de televisión local o si era privado.

– ¿Amigos suyos? -preguntó.

– ¡Quién sabe!

Siguió entonces su camino por la bahía hacia Coconut Grove, pasando demasiado rápido para algo más que una ligera ojeada a aquella bañera que surcaba las olas. Pero la interrupción fue lo bastante enervante para sumirlos de nuevo en el silencio. Parecía evidente que no habría más revelaciones. O quizás hubiesen hablado demasiado ambos.

Por el rumbo que seguía, parecía que Paco se dirigía hacia Bayside Marketplace. Ya se olía la grasa y se oía la música enlatada.

– Voy a dejarle en Miamarina -dijo Paco-. Desde allí, sólo tendrá que caminar unas cuantas manzanas hasta su coche.

– Muy amable. ¿Volveré a tener noticias suyas?

– Eso no depende de mí.

– Bueno, si cambia de idea, ya sabe dónde encontrarme.

Cuando llegaron al muelle, Paco ni siquiera se molestó en amarrar el barco. Sujetó una cornamusa cuando se balanceó, mientras Falk saltaba a las tablas. Falk se volvió para despedirse, sintiéndose torpe una vez más; pero habló antes Paco, que, por primera vez en su conversación, parecía vacilante, indeciso:

– Tal vez tenga razón. Tal vez debiéramos mantener una vía de comunicación abierta, a falta de un término mejor. Extraoficialmente, por supuesto.

– Creía que lo consideraba un caso de hasta nunca.

Paco echó una ojeada rápida alrededor. Sólo había una persona cerca, un jornalero que limpiaba la cubierta de un yate cuatro niveles más abajo, con la radio a todo volumen. En aquel lugar, con el equipo adecuado, casi cualquiera podía haber tomado su foto o registrado lo que hablaban.

– Operativamente sí.

– ¿Pero?

– Pero tengo la sensación de que aún podemos necesitar la ayuda del otro.

– ¿Usted y yo, o nuestros jefes?

– Nosotros dos. Debido a la posición en que nos hallamos, fuera de la comunidad convencional. En su caso más que en el mío. Dígame, ¿no tiene la impresión de que está a punto de producirse un descarrilamiento?

– Sí. Creo que sí.

– Bien, si llega ese día, desearía poder salir de la vía del tren, y también usted. Y nunca viene mal contar con alguien a quien recurrir.

¿Estaba proponiendo Paco una posible huida a Estados Unidos, o le estaba ofreciendo un salvoconducto para otro lugar? Falk sintió más curiosidad que nunca por enterarse de lo que tenía que saber Paco.

– Muy bien. Siempre tendremos a Harry, supongo.

– Hablando de mercancías dañadas. Pero a veces no hay más remedio.

Paco miró nervioso alrededor, sujetando todavía la cornamusa mientras el barco se balanceaba.

– Y ahora, mi regalo de despedida para la tarde. Mi secreto para corresponder al suyo. Tiene razón sobre el agente llamado José. ¿Yemen? De eso no estoy seguro. Pero en algún lugar de Oriente Próximo. Los nuestros lo están buscando. O lo estaban, al menos la semana pasada. Ahora le toca a usted decir algo.

– En teoría, está absolutamente en lo cierto. Pero tendré que volver a ponerme en contacto con usted.

Falk se marchó sin añadir nada, sin atreverse a mirar por encima del hombro. Esperaba que Paco estuviese sonriendo.

20

Falk sabía que los hombres de Endler le estarían buscando, así que se abrió paso entre el gentío del fin de semana hasta la calle para tomar un taxi. Le quedaba un día entero hasta el vuelo de regreso a Gitmo, y no le apetecía en absoluto pasarlo al otro lado de una mesa de interrogatorios, dando parte a algún ayudante desconocido en quien no confiaba. Guardaría sus secretos para Bokamper, que incluso podría interpretar algunas revelaciones de Paco.

Era hora de deshacerse del coche alquilado. Probablemente le esperaran allí, sentados pacientemente a la sombra del aparcamiento con sus transmisores-receptores y sus gafas de sol, observando las idas y venidas de los turistas. Tendría que dejar atrás la ropa, las cosas de afeitarse y la cartera, pero la empresa de alquiler se las remitiría.