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– Sería estupendo.

– ¿Alguna razón concreta?

– Curiosidad profesional.

Perkins soltó una risilla. Casi toda la gente de la Oficina que conocía estaba acostumbrada a la forma de actuar de Falk, aunque a algunos no les gustaba su estilo. Por suerte, a Perkins no le importaba, siempre que Falk estuviese dispuesto a devolver el favor.

– Me pondré en contacto contigo. Pero es bastante extraño que hayas llamado. Hay bastante curiosidad por ti últimamente. Ahora mismo no estás en Gitmo, ¿verdad?

– No.

– Entonces, ¿dónde?

– No puedo decírtelo.

– No hace falta. El número es de Florida. ¿Jacksonville?

– Un teléfono público de la carretera.

– ¡Vaya! Un hombre que no para.

– Escapada de fin de semana. Te aseguro que lo comprenderías si pasaras más de quince días en Gitmo alguna vez.

– Eso me ha contado Whitaker. Dice que si no sale de allí en un mes será alcohólico.

– Él y muchos más. ¿Y qué es lo que te han dicho de mí?

– Bueno, lo habitual. No juega bien con otros. No es un hombre de equipo.

– ¿En serio?

– Yo no le daría importancia. Viene del exterior, y aquí es una señal de honor, teniendo en cuenta los roces que hemos tenido allí.

– Ya, bueno. Si te enteras de algo más específico, hazme un favor y mándame un mensaje electrónico. Y el nombre del infiltrado si lo averiguas. Pero con cautela. Se supone que nuestras líneas de datos son seguras, pero nunca se sabe.

– Entendido. Típico del DOD.

Al día siguiente a primera hora, Falk fue en el coche a recoger la bolsa y la cartera a la agencia de Hertz. Luego fue directamente al puesto aeronaval, aunque el vuelo no salía hasta mediodía, suponiendo que podría liquidar la facturación y los trámites de seguridad. Además, si los hombres de Endler seguían buscándole, habrían reestablecido el contacto en la oficina de Hertz, así que ya no tenía sentido dar más vueltas. De todos modos, no advirtió indicios de que le siguieran.

La sorpresa llegó en el mostrador de facturación, cuando entregó el billete y le dijeron:

– Tiene suerte. Algunos familiares han cancelado el billete esta mañana, así que tendría que hacerlo en lista de espera. De lo contrario, habría tenido que esperar como mínimo hasta el jueves.

– ¿Qué quiere decir? Tengo reserva.

– La tenía hasta que la canceló. ¿Qué ha pasado? ¿Ha vuelto a cambiar de idea?

– ¿Cuándo se canceló?

El individuo dio a unas cuantas teclas.

– Ayer, según lo que figura en la pantalla.

Falk se inclinó sobre el mostrador, estirando el cuello mientras el empleado giraba el monitor para que pudiese ver.

– Mire, aquí está el código de cancelación.

– Pero yo no llamé.

– Tal vez lo haya hecho su comandante.

– No soy militar.

– Pues su jefe, entonces. Claro que también podría ser un problema técnico. No sería la primera vez. En cualquier caso, puede arreglarlo ahora. Hemos tenido diez cancelaciones ya, y seguro que habrá más después del último parte meteorológico.

– ¿Cuál es el pronóstico?

El hombre miró a Falk como si le preguntase si había estado viviendo en una caverna.

– Tormenta tropical Clifford. Nada importante, pero se dirige hacia la región oriental de Cuba. Llegará en un par de días.

– Estupendo.

– Eso es lo que dicen todos. Mire el lado bueno. Le permite embarcar.

El vuelo tenía muchos asientos vacíos, en realidad, pero nadie habría dicho que se acercaba una tormenta por el tiempo que hacía en Gitmo cuando aterrizaron. El mismo cielo azul y el mismo mar verde y cristalino, y todas las colinas pardas seguían pidiendo lluvia a gritos. Hacía también calma chicha, y Falk respiró con dificultad mientras bajaba la escalerilla metálica hasta la pista.

Bo estaba esperando a la sombra del hangar. Mejor él que una compañía de la policía militar, pensó Falk, aunque no había perdido la esperanza de ver a Pam. Se fijó en el bronceado y la camisa estampada que lucía Bo; sólo le faltaba una piña colada.

– ¡Que me aspen si no es el mismísimo Tommy Bahama!

– ¡Vaya! Y tú eres el desaparecido en acción en Florida del Sur. ¿Qué has estado haciendo? ¿Correteando con Paco? Ayer tuve que soportar todo el santo día los lamentos de ese chaval, Morrow. Dice que los dejaste tirados. Creo que al final captaron el mensaje de que no querías verlos cuando apareció en el aparcamiento el tipo de Hertz.

Falk se rió entre dientes, y también Bo, a quien no parecía importarle Morrow más que a Falk.

Doblaron por la esquina, hasta donde los perros acababan de olfatear el equipaje. Falk se inclinó hacia Bo y le susurró, con el corazón en un puño:

– ¿Alguna noticia de Pam?

Bo se limitó a negar, se le borró la sonrisa de los labios y echó una ojeada alrededor.

– Hablaremos de eso luego.

Todos hablaban de la llegada de Clifford mientras esperaban el trasbordador. Falk se fijó en un cartel nuevo con el logotipo del destacamento colocado en la cubierta: «En asociación por excelencia». Otra inyección de moral del general Trabert.

Había mucho alboroto en cubierta, a pesar del ruido de los motores: las personas mayores atestaban las barandillas y los niños gritaban y jugaban a corre que te pillo. Todos estaban casi alocados con la idea de afrontar una tormenta. Las olas que llegaban del mar parecían más grandes de lo habitual.

– Creen que no alcanzará fuerza de huracán -dijo Bo, mirando el mar-. Los vientos más fuertes ahora sólo llegan a cincuenta.

– Si hubieras estado alguna vez en una tormenta no dirías «sólo a cincuenta». Es cosa seria.

– Parece que siempre volviste de una pieza.

– Pura suerte. Bueno, ¿dónde podemos hablar? ¿Otra vuelta en velero?

– No hay tiempo. Había pensado que fuéramos en coche a Molino. Daremos al fin aquel paseo por la playa.

Cuando el trasbordador llegó a Punta Pescadores, Bo sacó un juego de llaves del coche de Falk.

– Requisé tu vehículo en tu ausencia -dijo con una mueca-. Espero que no te importe.

– No, siempre que no tenga que vérmelas contigo para recuperarlo.

– ¡Oye! Lo que era tuyo es tuyo.

Al parecer, había conseguido un juego de llaves nuevo en la agencia de coches de alquiler de la base. Sólo Bo podía haberles convencido. Había dejado las ventanillas subidas y el interior era un horno. Falk creyó captar vagamente el perfume de Pam, lo que le causó una punzada de nostalgia hasta que empezó a preguntarse de cuándo sería. Pero aquel viejo trasto llevaba recogiendo olores más de diez años. A veces, todavía detectaba el antiguo tufillo grasiento a patatas fritas y cerveza, así que ¿por qué no el perfume de hacía menos de cinco días?

– Háblame de Pam -le pidió Falk en cuanto arrancaron-. ¿Qué ha pasado mientras he estado fuera?

– No han presentado acusaciones contra ella. Ésa es la buena noticia. La interrogaron casi un día entero y la dejaron irse. Y está en arresto domiciliario desde anoche.

– Pero ¿de qué demonios va todo esto?

– Al parecer, de ti. Quienquiera que esté detrás de todo quiere impedir que intercambiéis impresiones. O eso, o es que les preocupa que te pongas furioso con ella y lo hacen para protegerla.

– ¿Furioso con ella?

Bo se encogió de hombros.

– Piénsalo. Tal vez haya estado diciendo cosas que no querías que dijera. Contando cuentos. ¿Hay algo que ella sepa y que tú no quisieras que contara a nadie?

– Nada que pueda importarle a nadie aquí.

Recordó entonces el rumor del desayuno, lo que le había dicho sobre el ex marine. Ahora que sabía que un cubano había trabajado hacía tiempo con Adnan, empezó a comprender cómo podría haberse propagado la historia. Habladurías oficiales de La Habana abriéndose paso hasta un agente del Yemen. Pam había quedado en que mantendría en secreto lo que le habían dicho, pero quizá lo hubiese contado bajo presión.