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– Parece que pensabas en algo.

– Nada concreto. ¿Qué has oído tú?

– Tendrás que preguntárselo a Fowler. A mí no me cuentan los detalles.

– ¿Es él quien la interrogó?

– Sí. Y algunos más.

– ¿Y no te has enterado de nada?

– De ningún detalle. Pero la idea general es que será mejor que te andes con ojo. No es extraño, teniendo en cuenta cómo van las cosas aquí.

– ¿Más arrestos?

Falk procuraba mantener la calma, pero notaba el estómago como plomo. ¿Le habría hecho aquello Pam? ¿Se lo habría hecho él a ella si se hubiese visto en su lugar? ¿Quién sabía lo que podías decir cuando ellos tenían fuerza suficiente y todo el tiempo del mundo? Y allí dispondrían de ambos, lo mismo que con los detenidos.

– ¿Escuchas lo que te digo o no? -Bob debía haber seguido hablando unos segundos.

– Disculpa. ¿Qué decías?

– Decía que se rumorea que habrá más arrestos el fin de semana. No se dan nombres, pero se sospecha al menos de doce personas.

– ¿Doce? ¿Pero de dónde demonios viene todo esto?

– ¿De dónde no? Todo el mundo habla de ello. De ello y del dichoso Clifford. Cada uno tiene una teoría preferida, y todos son chivos expiatorios. Tendrías que haberte quedado en Jacksonville, amigo.

– Alguien quería que lo hiciera. -Le contó lo de la cancelación de la reserva.

– Mi opinión es que fue Fowler o Trabert. Supongo que no querían que fuese demasiado obvio, o te habrían vetado de plano. Trabert puede hacerlo, ya lo sabes.

– Se me había ocurrido. O sea, que soy uno de los doce, ¿verdad?

– Ya te he dicho que nada de nombres. Pero, al parecer, no es buen momento para saber árabe.

Otro ataque, tanto contra Pam como contra él.

Hubo una pausa tensa, tras la que Falk planteó la pregunta que quería hacer desde que habían subido al coche.

– ¿Así que la viste mientras estaba libre? A Pam, quiero decir.

– Sólo una vez. -Bo no apartaba la mirada de la carretera.

– ¿Y?

– ¿Y qué? Tuve la impresión de que le caigo mal. Así que sería raro que me hubiera dicho gran cosa. Hablamos sobre todo de ti.

– ¿Algo que puedas contarme?

– Mira, Falk -Bo aminoró la marcha y se volvió para hablar-. Seré sincero contigo. Está entre la espada y la pared. Sea lo que sea lo que sabe de ti, o ya se lo ha contado o lo hará antes de que esto acabe.

– ¿Y tú cómo lo sabes?

Bo aceleró y volvió a concentrarse en la carretera.

– Porque es ese tipo de persona. Alguien que quiere ascender.

– Como nosotros, quieres decir. O al menos como tú.

– No. Como todas las mujeres que quieren subir de rango en el ejército. La única forma de conseguir lo que se proponen es demostrar que son más implacables y están más dispuestas que los chicos a aceptar lo que sea por el equipo, aunque eso suponga acabar con sus amigos. No es justo, pero así es como funciona, y ella lo sabe.

– Así que tú crees que me entregaría por otro galón. Suponiendo que hubiera algo que entregar, que no lo hay.

– Olvida el galón. Sólo intenta sobrevivir. Salir de aquí de una pieza antes de que Fowler acabe con su carrera. Entre su relación con Boustani y ahora contigo, prácticamente es radiactiva, según las pautas actuales. No me preguntes qué es lo que hace saltar la aguja (aparte de nuestro pequeño acuerdo, por supuesto), pero parece ser que has conseguido un lugar destacado en el último organigrama de las conspiraciones de Fowler. Y si Pam puede agregar algunos esbozos, lo hará. Así que no llores su pérdida, es lo único que te digo. De todos modos, vosotros dos habríais acabado cuando terminara este número.

¿De veras? ¿Estaría Bo celoso simplemente? En cualquier caso, ahora Falk estaba cabreado.

– ¡Oye! El que una mujer no se rinda a tus pies no significa que sea un problema para todos los hombres.

– ¡Ojalá estés en lo cierto! -repuso Bo, con una risa sarcástica-. Pero no lo olvides. No es necesario que vayas a pique por ella si es ella quien te ha llevado allí. Eso es lo que estoy diciendo.

– En tu opinión.

– Sí. En mi humilde opinión.

Siguieron en silencio casi medio kilómetro y pararon en el puesto de control del Campo Delta. El centinela se apoyó en la ventanilla para mirar sus documentos.

Falk descubrió que después de haber pasado unos días fuera, volvía a ver con ojos nuevos las vistas del lugar. Nunca se le había ocurrido hasta qué punto deja su huella en un paisaje una operación militar (incluso una que sólo construye una prisión). No pudo evitar fijarse en los puestos protegidos con sacos de arena, excavados en la línea de dunas cerca de la playa. Habían abierto el terreno para los refugios y la alambrada. Vio claramente una atalaya cubana en el dorsal de una montaña que se alzaba a una distancia cercana hacia el este. Tal vez alguien siguiera desde allí sus pasos en aquel preciso momento. A la derecha, en una ladera pedregosa cubierta de cactus que dominaba los barracones del Campo América, los policías militares habían pintado los números de su unidad y otros graffitis, su dudosa recompensa por haber completado la subida a la cima, a menudo por aburrimiento.

Al fin llegaron a la playa y aparcaron en el arcén. No se veía un alma en el paseo marítimo ni en la zona de excursiones, pero Bo no abordó el meollo de la cuestión hasta que no llegaron a la orilla del agua, donde el embate del oleaje se tragaría todas las palabras.

– Así que supongo que no pasaste los dos días completos con Paco.

– Pasamos más o menos una hora juntos. Genial.

– ¿Dónde os encontrasteis al fin? Los hombres de Endler te perdieron en el tren elevado.

– Eso me pareció. Me llevaron a Miami Beach. A un puerto deportivo del extremo sur. Él me estaba esperando en un barco prestado con números de registro falsos.

– Parece que pensó en todo.

– Me impresionó. Hicimos un pequeño crucero por la bahía. Luego me dejó a unas cuatro manzanas del coche.

– Que entonces abandonaste, chico listo. Bueno, ¿y qué quería?

– Me encargó una tarea. Una misión en la que él no creía, sobre todo porque estaba convencido de que estoy tocado. No me molesté en decirle que tenía razón. Pero me lo encargó de todos modos. Es curioso, tuve la impresión de que él quería que lo supiéramos. De todos modos es una petición la mar de extraña.

– ¿Cuál?

– Sacar de aquí a Adnan Al-Hamdi. Mi Adnan. El que está ahora en el Campo Eco. Los cubanos quieren que lo silencien o lo envíen a casa. Cualquier cosa, con tal de impedir que más americanos le saquen lo que sea.

Falk supuso que debía contarle también a Bo lo del «gran regalo» del nombre «Hussay»; o José, como había descubierto ahora. Pero se mordió la lengua, sin saber por qué. Aquél era un lugar peligroso para soltar información, incluso entre amigos, como demostraba ahora el arresto de Pam. Se guardaría lo que pudiese hasta que supiera más.

– Es asombroso -dijo Bo-. Parecen desesperados.

– Es lo que le dije yo, y él estaba de acuerdo. Y todavía hay más. Me contó una teoría suya sobre un agente cubano en Oriente Próximo que se ausentó sin permiso.

Bo enarcó las cejas.

– ¿Te lo expuso así sin más?

– Sí.

– Tienes razón. Quieren que nos enteremos. Siempre que sean las personas adecuadas.

– ¿Y quiénes serían las «personas adecuadas»?

– Endler y yo, por supuesto -contestó Bo, con una sonrisa burlona.

– ¿Tiene alguna relación todo esto con los arrestos?

– No estoy seguro. Tal vez sea sólo una cortina de humo.

– Demasiado destructivo para ser una cortina de humo.

– Razón de más para que necesite que vuelvas al interior de la alambrada y me consigas esas listas de interrogatorios. Cuando se marche este equipo, tendré que marcharme con ellos, y se me está acabando el tiempo.