El Campo Iguana era un motivo de bochorno en un lugar que por lo demás no se excusaba. Era una casita blanca situada en un terreno con hierba, encaramada en lo alto de un acantilado y rodeada de una sola valla. A diferencia de la alambrada del Campo Delta, ésta no llegaba a cuatro metros de altura, y no tenía torres de vigilancia ni alambre de espinos.
Los propios prisioneros eran polémicos: tres muchachos afganos, que tenían de doce a catorce años cuando llegaron. Desde entonces, todos habían pasado un cumpleaños en cautividad.
El general Trabert aún se refería a ellos en público como «combatientes enemigos juveniles», pero los policías militares que atendían a diario sus necesidades los llamaban «los chicos», y se habían convertido en una causa célebre internacional entre los críticos de Gitmo.
Debido a ello, el Campo Iguana constituía ahora una parada regular de las visitas de los medios de comunicación a Gitmo, para que las autoridades pudieran enseñar las dependencias limpias, espaciosas y con aire acondicionado. Llevaban siempre a los muchachos rápidamente a otra habitación, y los mantenían en silencio y fuera de la vista mientras los periodistas inspeccionaban los dormitorios y la zona común.
Una de las partes obligatorias de la visita era un agujero de unos seis metros de largo que las autoridades habían cortado en la valla verde. Esto permitía a los chicos una vista panorámica del mar, y eran precisamente las posibilidades de esa vista lo que intrigaba a Falk.
Como se presentó sin invitación, le costó un poco más entrar que a los grupos de visitantes. Un policía militar avisó a un tal sargento Wallace, a quien no impresionó la identificación del FBI de Falk.
– Los muchachos están en clase de matemáticas -le dijo-. Podemos fijar una hora para mañana.
– Tengo bastante prisa.
– Quizás ellos también.
Como si cualquier prisionero de Gitmo tuviese prisa. Falk enarcó las cejas y Wallace comprendió lo disparatado del comentario, al parecer.
– Lo siento, pero es que tenemos muchas solicitudes y soy un poco protector.
– Entiendo -repuso Falk-. Será un momento.
Cuando no estaba cumpliendo con su deber de la reserva, era profesor. De bachiller elemental, nada menos, y había descubierto que los muchachos de Gitmo tenían en buena medida las mismas peculiaridades, angustias y cambios de humor que sus alumnos de Estados Unidos, con la excepción de que, en su caso, también se relacionaban con la carga emocional de la guerra y el encarcelamiento.
– Permítame prepararlos -le dijo Wallace-. Deben estar en sus habitaciones mientras hablamos.
Un par de minutos después, el policía le acompañó al interior. La puerta daba a una pequeña cocina y a un cuarto de televisión más pequeño, con un sofá y una mesita.
– ¿Ven la televisión por cable?
– Ya me gustaría. Sólo vídeos.
Había una pila de videocintas en la mesa del televisor. Sobre todo de National Geographic, y un par de películas: Fiel amigo y Colmillo blanco. Naturaleza con árboles frondosos, paisajes espléndidos y muy poca gente. Había un tablero de ajedrez con una partida empezada sobre la mesita de centro. En una esquina había un parchís, y, amontonados a un lado del sofá, tres cuadernos y libros de matemáticas. Falk sólo vio otro libro, un ejemplar de Jorge el curioso, en un idioma que parecía pashto.
Un pasillo corto llevaba a los dormitorios y al cuarto de baño. Ninguna de esas habitaciones tenía puerta, supuestamente para reducir las posibilidades de suicidio. Sería embarazoso ahora.
Un rostro moreno se asomaba de uno de los dormitorios, con grandes ojos oscuros y mirada inquisitiva. El muchacho desapareció rápidamente al ver que Falk lo miraba. Era difícil imaginar a alguien con una cara como aquélla cargando un kalashnikov o corriendo a esconderse detrás de una roca en las resecas colinas afganas, aunque Falk sabía que había sido bastante frecuente.
– ¿Qué necesita? -preguntó Wallace.
Antes de que Falk pudiera contestar, se oyó una voz infantil en el pasillo.
– ¿Siñor Wallace, por favor?
Tímida, más una súplica que una pregunta.
– Espere un momento -le dijo Wallace a Falk-. Vuelvo enseguida.
Falk aprovechó para curiosear un poco más. Entró en la pequeña cocina, que estaba pulcrísima, aparte de los restos de la merienda en cuatro bandejas en el fregadero. Wallace debía haber comido con los chicos. Falk abrió la nevera y vio cartones de zumo y de leche, una tableta de chocolate, unas barritas de zanahoria y unas bandejas de cecina.
– ¿Tiene hambre? -preguntó Wallace con voz tensa.
– No. Sólo curiosidad.
– Como todos -dijo él en tono fatigado-. Sólo son niños, en realidad. No importa lo que puedan haber hecho antes de llegar aquí.
– Seguro que tiene razón. ¿Todo bien allí?
– Sólo una pregunta sobre los deberes.
Falk señaló con la cabeza la cocina blanca reluciente.
– ¿Se hacen ellos mismos las comidas?
– No está enchufada. Sólo propósitos estéticos.
Puro escaparate, sin duda, pero no dejaba de ser un detalle extraño. Tomarse tantas molestias para subir hasta allí una cocina con el único fin de dar cierto aire hogareño al lugar. O tal vez hubiese estado siempre allí.
– ¿Qué le parece si va al grano? -preguntó Wallace.
– Supongo que se ha enterado de la desaparición del soldado, de abajo, de la Playa Molino.
– ¡Por Dios! ¿Otra vez eso? ¿No le bastó ya al capitán?
– ¿El capitán?
– El tipo de seguridad.
– ¿El capitán Van Meter?
– El mismo. Llegó como un energúmeno. Los chicos casi se mueren de miedo. Se sentó en sus camas y se pasó casi media hora acribillándoles a preguntas. Por supuesto, yo me lo perdí y todos se disgustaron todavía más. Así que olvídelo, no volveremos a ese tema de nuevo.
– Lo siento. No tenía ni idea.
– ¿Es que no hablan ustedes unos con otros?
– Existe un problema de jurisdicción. La verdad es que no intercambiamos la información.
Wallace negó con la cabeza.
– Como todas las puñeteras cosas aquí. No es que deba emplear ese lenguaje delante de los chicos. Tendría que ver usted las peleas sobre cómo sonsacarles. Cuánto tiempo retenerlos. ¿Ha intentado alguna vez conseguir libros de texto del Pentágono? Yo al final tomé dos prestados del colegio de la base. Increíble. Pero se puede conseguir lo que sea del capitán Van Meter.
– Me temo que no es tan fácil.
– Nunca lo es.
– Verá. Ni siquiera necesito molestar a los chicos. Sólo me preguntaba si alguno de ellos habría visto alguna cosa aquella noche.
– Están bastante encerrados desde que oscurece.
– ¿No tienen ventanas?
Él asintió.
– Pero no se ve la playa. La tapa la valla. Sólo se ve el horizonte marino. Y por la noche, nada.
– ¿Así que los tres estarían dentro?
– Es exactamente lo que le dijeron al capitán como se llame, y lo que le dirían a usted.
– Entonces me marcharé. ¿Le importa que eche una ojeada fuera primero?
– Lo que sea con tal de que se marche.
Wallace le acompañó a la puerta y se dio la vuelta. Cuando habló de nuevo lo hizo en voz más baja, como si quisiera que los niños no lo oyeran.
– No quería echarle una bronca. Pero es que uno de los chicos tuvo pesadillas dos noches después de la visita de ese cretino, y no quiero que se repita. Shakeel era el más desquiciado al principio, pero progresó mucho con asesoramiento. No soportaría que se quedara en nada.
– Debería decírselo al general.
Wallace negó. Tal vez ya lo hubiese intentado.
– Vamos, le enseñaré el recinto de la propiedad.
La parte posterior era un prado de hierba parda de unos cinco por ocho metros escasos, con una mesa y bancos y una portería pequeña de fútbol a un extremo. Había un balón de fútbol americano en el suelo.