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– ¿Lo usan alguna vez?

– Lo lanzan. Son muy buenos. Prefieren jugar al fútbol pero el balón se fue sobre la valla hace unos días.

– Vaya. Más solicitudes.

– Lo ha entendido.

Según lo anunciado, había un corte largo en la malla. La vista del mar era espectacular.

– No es extraño que les guste estar aquí fuera.

– Por eso tienen todos esos vídeos de la naturaleza. No se cansan de aprender cosas sobre el océano, los peces, todo lo relacionado con el mar. No lo habían visto nunca antes de llegar aquí.

Qué lugar tan extraño para ampliar tus horizontes. Él suponía que si volvían a su país alguna vez, la experiencia podría serles beneficiosa. Falk se adelantó para verlo mejor. Sólo pegándose a la valla se veía la Playa Molino. Y tal vez no se viera nada cuando oscurecía, como había dicho Wallace. Y los chicos estarían en sus habitaciones, de todos modos. En otras palabras, había perdido el tiempo yendo hasta allí.

– Bueno, ya está bien. Perdone la molestia.

– No se preocupe -repuso Wallace.

Se dirigieron hacia la salida.

– ¿Se irán a casa pronto?

– Ha habido conversaciones. Y muchísimo papeleo. Pero hasta el momento, no ha pasado de ahí.

Falk regresó, pasando por el Campo América y por la prisión, salvando el control, y volvió a casa. Había anochecido, e imperaba un sentimiento de desolación mientras tomaba las curvas. Llevado por un impulso, decidió pasar por el apartamento de Pam en Windward Loop. Como mínimo, averiguaría la atención que le dedicaban. Con un poco de suerte, ella estaría mirando por la ventana y lo vería. Otra similitud con un idilio adolescente, pensó. El muchacho enamorado paseándose en coche por la calle de sus sueños.

El vecindario estaba tranquilo, y Falk se acercó lo más despacio posible, sin llamar demasiado la atención. Había un Humvee aparcado enfrente y un centinela junto a la puerta. Ya sabía que ella estaba bajo arresto domiciliario, pero se sintió consternado por las medidas de seguridad. Ni siquiera la habían acusado de un delito. ¿Hacían todo aquello para impedir que él se acercara? ¿Y si la visitaba algún otro? Seguro que Van Meter lo hacía sin problema. ¿Y Bo? ¿Cuáles serían las normas en su caso? ¿Y cómo habría sido su única visita en su ausencia? Falk se preguntó también cómo habrían reaccionado las compañeras de casa de Pam. A lo mejor seguían siendo una gran familia feliz, la atmósfera habitual de residencia de hermandad femenina, sólo con cierta severidad especial para asegurarse de que sus citas las acompañaban a casa puntualmente. Y nada de besos robados en el porche.

Venció el impulso de parar y siguió hasta la avenida Sherman, torciendo a la izquierda para dar la vuelta y dirigirse de nuevo a Iguana Terrace. También podía parar en el Tiki Bar, dado su estado de ánimo, aunque sólo fuese para buscar compañía. Dormiría mejor si tomaba unas cervezas. Con un poco de suerte, los cotilleos se habrían aplacado.

El bar bullía de actividad. Los arrestos tal vez hubiesen minado la moral, pero no le habían quitado la sed a nadie. Falk decidió tomar algo más fuerte, para variar, y pidió una tónica con ginebra. Estaba bastante aguada, así que pidió otra enseguida, y esperó en la barra mientras escrutaba a la numerosa clientela en busca de algún conocido.

No encontró a nadie y cogió un número de The Wire que alguien había dejado en un taburete. Siempre merecía la pena mirar la programación del cine, aunque, por lo demás, el periodicucho no valía nada. Le sorprendió un poco ver en el interior un artículo breve sobre la llegada del equipo de Fowler. Según la línea oficial expuesta por el encargado de relaciones públicas que había escrito el artículo, el equipo había ido a «valorar la seguridad y eficacia de las operaciones en curso del J-DOG y del JIG». Instaba a todos a que «colaboraran al máximo mientras ellos cumplían sus importantes obligaciones». Etcétera, etcétera. Al lado había una fotografía de los tres al sol, todos con los ojos entrecerrados, como si fueran golfistas que esperaban al cuarto miembro del cuarteto. Bo estaba ligeramente apartado de los otros dos.

La única referencia a la desaparición del sargento Ludwig era una breve nota sobre la ceremonia que habían celebrado por él y que Falk se había perdido. Decía también que Ludwig se había ahogado mientras nadaba a última hora en la Playa Molino.

Falk estaba enrollando el periódico y se disponía a regresar a casa cuando le distrajo el alboroto de unos recién llegados, guiados por una pareja de policías militares todavía uniformados. Uno lo miró extrañado, asintió al reconocerle y susurró algo a sus amigos.

Estupendo, pensó Falk. Exactamente lo que quería evitar. Ahora el tipo se acercaba a él, con la cerveza en la mano y asintiendo de nuevo.

– ¿Estuvo usted en Iguana, verdad? ¿Del FBI?

– ¿Cómo lo sabe?

– Porque yo estaba en la parte de atrás con los chicos. Lo vi por la ventana cuando fue a dar un paseo con Wallace. Acabé el turno nada más marcharse usted.

– Su sargento es muy protector.

– Es un buen hombre. Y ellos son buenos chicos, en realidad. Se merecían algo mejor que acabar secuestrados por los talibanes y que les pusieran una metralleta en la mano. Cuesta imaginarlo, ¿verdad?

– Sí, bueno. Así es la guerra en su país, supongo.

– Es la verdad.

Ambos guardaron silencio un rato, y Falk supuso que el individuo estaba a punto de volver con sus amigos. Pero en vez de marcharse, se entretuvo con torpeza, mirándose los pies mientras arrancaba la etiqueta de su cerveza.

– Wallace dijo que no trabajaba usted con ese otro tipo, Van Meter.

– Es cierto.

– ¿Algún embrollo jurisdiccional?

– Algo parecido -repuso Falk, encogiéndose de hombros, y procurando no mentir más de lo necesario.

– Bueno, no le cuente nunca a Wallace que se lo he dicho, seguramente fue culpa mía que ese gilipollas fuera a ver a los chicos, para empezar.

– ¿Por qué?

El policía miró a su alrededor con recelo. Falk se fijó mejor ahora y vio que parecía tener unos diecinueve años, sólo cuatro más que el chico mayor de Iguana. Los niños cuidaban a los niños, todos ellos lejos del hogar.

– Quizá no debiera hablar de ello aquí -dijo el soldado.

– Vamos. -Falk agitó el hielo en el vaso vacío-. Déjeme refrescarme con esto, y luego iremos a dar un paseo.

El muchacho fue a hablar con sus amigos mientras Falk pedía la tercera tónica con ginebra. Luego, ambos se encaminaron pasadas las mesas hacia el mar, bajaron por una pequeña pendiente hasta un estrecho dique flotante en el que entraban a veces los botes de recreo. Una lancha pequeña zumbaba lejos de la costa en la creciente oscuridad, rumbo al puerto deportivo, con las luces de navegación verdes y rojas encendidas. El dique se balanceó con el oleaje de su estela, crujiendo sobre los pilares.

Aquél era un lugar oportuno para escapar del bar a veces. Los que sentían una súbita punzada de añoranza entre copa y copa se refugiaban allí para animarse antes de reincorporarse a la pandilla. También servía de terreno de pruebas para los hombres y mujeres que consideraban la posibilidad de emparejarse para pasar la noche, un lugar para comprobar cómo iban las cosas con cierta intimidad. Pam y Falk habían ido allí la primera noche que ella le invitó a una cerveza, un recuerdo que le clavó una pequeña puñalada en el pecho. Pensó en ella encerrada en la casa, castigada sin privilegios, sólo porque su malvado novio había cabreado de algún modo a los profesores.

Aquella noche sólo había allí una pareja, acaramelada a un lado de la luz de la farola. Falk guió al policía militar hacia el otro lado, junto a la orilla del agua.

– ¿Cómo se llama, soldado?

El muchacho bajó la vista y vio que llevaba la placa cubierta con cinta adhesiva todavía. ¡Y eso que confiaban plenamente en los chicos!, pensó Falk.