Dobló dos veces la nota, escribió en ella «Para Harry» y luego fue hasta la puerta metálica cerrada con candado e introdujo la nota detrás del cierre del mismo. Miró el cielo. Todavía nublado. Con un poco de suerte, no llovería hasta la mañana.
Cuando llegó a casa ya había decidido lo que diría en la segunda nota, y la escribió sentado en el coche en el camino de entrada. Esta vez dobló la hoja incluso más fuerte y luego caminó a oscuras hasta la parte trasera. Apartó las ramas bajas de un gomero para llegar a la unidad del aire acondicionado que sobresalía de la sala de estar y metió la nota en una ranura de la rejilla de ventilación. El follaje impediría que los vecinos vieran la nota y a Harry. La cuestión era si éste tendría las agallas de hacer lo que le pedía Falk.
En la intimidad de la casa, se tomó tres pastillas de ibuprofeno para el dolor de cabeza que le daba siempre la ginebra. Luego, con la sensación de haber hecho todo lo que tenía que hacer de momento, se quedó en calzoncillos y se metió entre las sábanas frescas.
Sólo reposar la cabeza en la almohada, se preguntó si le habría contestado Perkins de Washington. Encendió el portátil que estaba a los pies de la cama, y la pantalla emitió un brillo difuso mientras se abría paso hasta el servidor del correo electrónico. No había nada nuevo. Y, por extraño que parezca, el mensaje anterior de Perkins parecía haber desaparecido también. ¿Lo habría borrado él sin darse cuenta? Tampoco estaba en Mensajes eliminados. Miró en Mensajes enviados rápidamente, aterrado, con un nudo en la garganta. También se había desvanecido el mensaje que él le había enviado a Perkins. Borrado por un intruso o por algún subalterno informático de la base, encerrado en algún cuarto sin ventanas donde la OPSEC no dormía nunca.
Falk no sabía bien si estaba furioso, asustado, o ambas cosas, pero saltó de la cama descalzo. Necesitaba tomar una cerveza y dar un paseo por el césped enseguida para calmarse; pero no le pareció muy juicioso hacerlo después de las cuatro ginebras. Además, se sentiría vulnerable fuera de la casa. Un blanco fácil.
Así que se quedó donde estaba y consideró las posibilidades que tenía. Sólo él y las cuatro paredes del dormitorio, que le hacían sentirse mucho más confinado que nunca. Ni siquiera en sus peores momentos de marine le había parecido La Roca tan pequeña como ahora.
23
Sedado por la ginebra, Falk durmió hasta las nueve y media. Y menos mal, pensó, porque si el día se desarrollaba tal como lo había planeado, necesitaría hasta el último gramo de energía que le quedara.
No tenía ni rastro de resaca, afortunadamente. Y otro golpe de suerte: no había llovido. Falk miró el aire acondicionado y comprobó que Harry había retirado la nota mientras dormía. Todo bien, de momento.
Lo primero que tenía que hacer era comprobar las hojas del registro de interrogatorios en el Campo Delta, así que preparó café mientras repasaba el expediente de Jalid al-Mustafá, el prisionero saudí al que iba a interrogar. La información confirmaba que se había agotado como fuente de información valiosa. El comentario del equipo Biscuit era especialmente revelador:
Origen aristocrático y formación universitaria en Londres. Dicción pulida. Dispuesto a cooperar en los interrogatorios en general. Jalid al-Mustafá es un aficionado entre los comprometidos. Un «caballero yihadista», según comentó un observador. La idea de aventura le atraía más como conquista personal que por celo religioso. Suele adornar los relatos narrativos, una tendencia debida al deseo de pulir la propia imagen de hombre de acción. Los informes de sus contemporáneos evidencian que en los once meses que permaneció en Afganistán acumuló poca o ninguna responsabilidad de mando. Lo más probable es que el carácter ocasional de su participación se tolerase por el valor financiero de su familia en Yidda. Parece deseoso de dar cualquier información necesaria para conseguir la libertad. Se recomienda que toda la información enjuiciable de este sujeto sea sometida a doble verificación.
Estupendo. Estaba a punto de perder una hora conversando con un fabulador simplista, un amigo de al-Qaeda al que le gustaba fotografiarse con alfanje, aunque era más diestro con el talonario de cheques. No era mucho a pagar por meter las manos en los informes, supuso.
Se habían tomado medidas de seguridad más estrictas mientras Falk había estado fuera. Tardó más de media hora sólo en entrar. Los trámites que solían durar unos segundos se prolongaron minutos, mientras el primero y luego un segundo centinela verificaban la identificación y las autorizaciones.
No era de extrañar. Si un guardia del Campo Iguana oía rumores sobre los que hablaban árabe, era fácil imaginar lo que oirían los del Campo Delta.
Un sargento cooperativo le recibió en la jefatura de la policía militar. Falk anotó el nombre de Mustafá en una carpeta de pinza, con una serie de letras y números cifrados. Escribió siete caracteres en total, con un guión a continuación de los tres primeros, como un número telefónico. El prefijo (una letra seguida de dos números), el grupo propio y el equipo tigre. Falk era S04, el equipo número cuatro del grupo saudí-yemení. Los últimos cuatro números identificaban al individuo.
Algunos interrogadores se divertían intentando descubrir y memorizar los números de amigos y colegas, convirtiéndolo en broma de salón para divertir (o aterrorizar) a sus compañeros de copas. Falk había dado con el número de Tyndall después de seguirle una tarde al interior de la alambrada y lo había memorizado, aunque sólo fuese porque creía que un agente del FBI no debía perder de vista a la competencia. Corría el rumor de que la CIA conocía todos los números y tenía acceso directo a la lista general del archivo del Palacio Rosa.
– Vaya, ha venido usted por Mustafá -dijo el sargento-. Se pondrá contentísimo. Hace semanas que no habla con nadie. Tendrá toda suerte de noticias para usted.
– ¿Así que sigue siendo conversador?
El sargento sonrió e hizo un gesto de cotorrear con la mano.
– Es lo único que pueden hacer los otros cuando están en el patio para que se calle. Y habla inglés bastante bien, así que da la lata también a los guardias.
Era extraño que ningún detenido hubiese intentado hacerle daño. La población del Campo Delta solía ver con muy malos ojos a los bocazas. Claro que no era probable que los prisioneros inclinados a la venganza llegaran al Haj del Campo 4.
– Le llevaremos a la cabina -dijo el sargento.
– Estupendo. Ah, y si no es demasiada molestia, necesito comprobar algunas de las últimas hojas de registro. Refrescarme la memoria sobre parte del terreno que he estado cubriendo.
– ¿Se refiere a éstas? -preguntó el sargento, dando un golpecito a la tablilla con sujetapapeles.
– Y las de las últimas semanas. Tengo que echar una ojeada a las listas de guardias también. Ya conoce a la Oficina. Hay que poner los puntos sobre las íes, o se creen que nos pasamos todo el tiempo en la playa.
– No hay problema -repuso el sargento, que no parecía dispuesto a darle demasiada importancia-. Las buscaré mientras habla usted con Mustafá. ¿Sólo necesita los registros del Campo 4?
– Los del tres, en realidad. Es donde he trabajado casi siempre últimamente.
Eso detuvo un momento al sargento, al parecer. Los detenidos del Campo 3 eran los casos más difíciles. Pero al final asintió y dijo que haría lo que pudiese.
– Muy bien. Procuraré informar sobre su buena disposición, sargento…
– Badusky -repuso éste, retirando la cinta como un exhibicionista que se abre la trinchera-. Sargento Phil Badusky. Del 112.
Mustafá parecía entusiasmado por salir del patio. También debía haberle tentado un poco la idea del aire acondicionado. El guardia no se molestó en sujetarle los grilletes al suelo en cuanto llegaron, y el prisionero insistió en hablar inglés. Lo hablaba mejor de lo que recordaba Falk.