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– He estado practicando -dijo, con un floreo-. Cuando estudiaba en Londres, siempre me iba bien, pero luego se me olvidó un poco. Así que ahora hablo inglés todos los días. Y se lo enseño a otros de mi pabellón. Me vendrá bien para los negocios cuando esté en casa.

– Suponiendo que vuelvas.

– Volveré. Algún día volveremos todos. Ni siquiera Donald Rumsfeld quiere alimentarnos siempre. Por cierto, eso me recuerda que podría decirle usted al cocina… ¿Cocina? ¿Es correcto?

– Cocinero.

– Cocinero, entonces. O chef. Sí, es mejor chef. Podría decirle usted al chef de mi parte, por favor, que no haga huevos cocidos para el desayuno. Están verdes por dentro, y secos. Basta de huevos cocidos.

– Lo comentaré.

Falk repasó parte del terreno anterior por el protocolo, y dedicaron unos minutos a verificar los nombres de la unidad de Mustafá, sus funciones y actividades en Afganistán. Ambos se aburrieron enseguida, y Falk no se resistió cuando Mustafá se limitó a intentar conversar. Fue entonces cuando Mustafá le pilló desprevenido.

– Así que, dime, ¿quién de ustedes es el marine? ¿Eres tú, quizás?

– ¿El marine?

– El que dicen que conoce a los cubanos. ¿Es verdad esa historia?

Falk notó el calor en las mejillas. Sabía que para un observador experto debía haberse encendido como una alarma. ¿Sería aquél el mismo cabo que había atado Pam?

– Verás, en realidad yo no…

– Tienes que haberlo oído también, ¿no?

– No puedo decir que sí. ¿Es así como pasáis ahora el rato vosotros, inventando historias sobre nosotros?

– Qué va, esto no ha salido de nosotros. Fue uno de vosotros.

– ¿Nosotros?

– Del interrogatorio. De las preguntas, no de las respuestas. Los nuevos que hacen preguntas, ellos lo han estado diciendo.

– ¿Quiénes?

– Dos de ellos. Con muchas preguntas extrañas. Pero tienes que saberlo. Te estás burlando de mí.

¿Qué podía decir Falk? Todas las posibles respuestas llevaban a un punto peligroso. Se alegró de haber recobrado la compostura antes de que el simple Mustafá se diera cuenta. Un detenido más atento -como Adnan, por ejemplo-, lo habría advertido de inmediato. Falk consideró la posibilidad de hacerle más preguntas sobre «los nuevos», pero sólo habría añadido leña al fuego de los rumores. Así que se irguió más en la silla, procuró adoptar la expresión más impasible y desvió la conversación hacia otro tema. A los pocos minutos estaban aburridos de nuevo, la mirada de Mustafá se había apagado.

Después, de nuevo en la jefatura, Falk seguía dando vueltas a las implicaciones de la historia de Mustafá cuando de pronto apareció el sargento Badusky con un registro y un archivador verde.

– Aquí tiene, señor. La lista de guardias del Campo 3 en el cuaderno y los registros de interrogatorios en la carpeta. Cubren más o menos un mes.

– Gracias. No me llevará mucho.

– Tómese el tiempo que necesite. Hay poca actividad. Toda la semana ha sido así.

Falk buscaba yemeníes, que no era complicado porque conocía todos los nombres, aunque a veces una lista de cualquier país islámico parecía incluir por lo menos doce individuos llamados Mohamed.

Empezó cuatro semanas antes, y el primer nombre que encontró fue el de Adnan, una sesión a las cuatro de la tarde veinticuatro días antes en la cabina tres. El equipo y los números de identificación eran los suyos. En la misma página, había otros dos yemeníes, ambos interrogados por otros miembros del equipo de Falk. La semana siguiente encontró más anotaciones iguales de alguno de los sujetos yemeníes adjudicados a otros equipos, que también formaban parte del grupo saudí-yemení. Intentó recordar algunos nombres y rostros de aquellos equipos. Eran individuos razonables que habrían interrogado a los sujetos de forma rutinaria. Siempre que aparecía Adnan, figuraba el nombre de Falk. No habría esperado otra cosa.

Todo parecía normal hasta que encontró una referencia de hacía dos semanas, un martes a las 20:20 de la tarde, en que habían sacado a otro yemení para interrogarlo. Era una hora extraña, en el periodo de calma entre el horario diurno y el aumento de actividad que comenzaba habitualmente a las nueve o las diez de la noche. A aquella hora, casi todos los psicólogos e interrogadores se relajaban después de la cena, bien en sus casas o en el Tiki Bar.

Falk recorrió con un dedo la página hasta la última columna, pero en el espacio en el que debía figurar el número del interrogador y de su equipo figuraban las iniciales «OGF-NCOIC» escritas con mano firme.

– ¿Qué demonios? -susurró.

– ¿Algún problema? -preguntó Badusky, alzando la vista de la revista que estaba leyendo.

– Sí. Dígame qué significa esto.

Dio la vuelta a la hoja mientras Badusky se acercaba a mirar.

– Bueno, NCOIC es…

– Suboficial al mando. Eso ya lo sé, pero ¿qué hace en lugar de la identificación del interrogador?

– Es que el suboficial firmó la salida del prisionero para una sesión en otra instalación. Normalmente el Campo Rayos X. El campo abandonado con las viejas jaulas. A algunos les gusta llevar allí a los detenidos para cambiar de escenario. Los transportan a la jungla de noche. Por lo visto, se mueren de miedo.

Falk ya conocía la táctica, pero no creía que alguien la practicara de verdad. Parecía casi absurdo. Un toque de terror tropical. Supuso que sería espeluznante que te llevaran al Campo Rayos X, que estaba prácticamente cubierto de maleza.

– Parece razonable. Pero ¿no debería figurar de todos modos un número de identificación?

– Tendría que preguntárselo usted al suboficial del turno. Y estará registrado en el cuaderno.

Falk comprobó primero las hojas restantes para ver si había más anotaciones misteriosas. Encontró una en cada uno de los cinco días siguientes. Todas correspondían a un detenido yemení, y todas entre las 20:10 y las 20:45. Eso suponía que había seis en total, en días sucesivos. Cada una afectaba a un detenido yemení diferente, y la última había tenido lugar un domingo, hacía nueve días. ¿Por qué se habían interrumpido? Conocía al menos a otros seis yemeníes con los que aún no habían hablado, y uno era Adnan.

Abrió rápidamente el registro de guardias, pasó unos segundos orientándose y luego buscó el martes de dos semanas antes. Localizó el turno de ocho de la tarde a dos de la mañana del Campo 3 y reconoció la escritura firme que había visto en la hoja de salida. Fue la firma lo que le desconcertó completamente: «Sargento Earl Ludwig, 112th MP Co.».

Ludwig era el suboficial de guardia a la misma hora los seis días siguientes. Y también había estado de guardia el lunes siguiente, en el que no figuraba ninguna salida al Campo Rayos X. Y el día después, martes, Ludwig no acudió al trabajo. Fue la noche que desapareció en el mar, en una lancha neumática rumbo a las aguas cubanas con otros dos hombres.

Falk volvió a las hojas del registro y repasó más detenidamente las últimas semanas. Volvió a la página del último miércoles (el día de la desaparición de Ludwig y el día que Falk había hablado por última vez con Adnan) y buscó yemeníes. Encontró enseguida su firma para interrogar a Adnan al principio de la página, a las 2:30 de la madrugada. Como tenía que ser. Pero al final de la página vio que Adnan había vuelto a salir a las 23:54. Y al lado figuraba otra referencia de salida a otra instalación, lo cual significaba que alguien le había llevado al Campo Rayos X incluso antes de trasladarle al Campo Eco. Esta vez figuraba el número de identificación del interrogador, un número que Falk no reconoció. Sólo sabía que no pertenecía a ninguno de los tres equipos que trataban regularmente con los yemeníes.

Falk volvió a repasar aquel día, procurando recordar lo que había hecho él a aquella hora. Sobre todo recordaba lo cansado que estaba por las largas horas que habían seguido a la desaparición de Ludwig. Le habían mandado acudir a la Puerta Nordeste para recuperar el cadáver a primera hora de la tarde. Luego había acudido a recibir a Bo y al equipo de investigación a Leeward Point alrededor de las siete, antes de retirarse al Tiki Bar, seguido de una cita tardía con Pam. Debía haberla dejado en su casa a eso de las once. El interrogatorio había tenido lugar en la hora siguiente.