Con la misma rapidez que surgió, la cólera desapareció, sustituida por otra oleada de náuseas. Se sentía mareado y la cabeza le daba vueltas, como cuando uno se levanta demasiado deprisa, sobre todo si tiene una gripe o un fuerte resfriado. Ricky se tambaleó emocionalmente. Respiraba con dificultad, más bien resollaba, y parecía que alguien le hubiera ceñido una cuerda alrededor del tórax.
Tardó varios minutos en recobrar el equilibrio y, aun así, seguía sintiéndose débil, casi agotado.
Echó un nuevo vistazo alrededor de la consulta, pero ahora parecía distinta. Era como si todos los objetos cotidianos se hubieran vuelto siniestros. Pensó que ya no podía fiarse de nada de lo que tenía a la vista. Se preguntó qué más habría contado Virgil al médico de Boston; qué otros detalles de su vida estarían ahora expuestos en una denuncia presentada al Colegio de Médicos. Recordó las veces en que pacientes suyos lo habían visitado, consternados, después de que les entraran a robar en casa o de que los atracaran, y habían hablado de cómo una sensación de violación les había afectado la vida. Él los escuchaba con comprensión y objetividad clínica, sin haber entendido nunca en realidad lo primaria que era esa sensación. Ahora lo comprendía mejor.
Él también se sentía violado.
De nuevo recorrió la habitación con la mirada. Lo que antes le parecía seguro estaba perdiendo con rapidez esa cualidad. «Hacer que una mentira parezca real es complicado -pensó-. Exige planificación.’› Se ubicó detrás del escritorio y vio que el contestador automático parpadeaba. El contador de mensajes estaba también iluminado en rojo, y marcaba el número cuatro. Pulsó la tecla que activaba la máquina para escuchar el primer mensaje. Reconoció de inmediato la voz de un paciente, un redactor de mediana edad del New York Times; un hombre atrapado en un empleo bien remunerado pero monótono, dedicado a revisar textos para la sección de ciencia escritos por reporteros más jóvenes e impetuosos.
Era un hombre que ansiaba hacer más cosas con su vida, investigar la creatividad y la originalidad, pero que temía el trastorno que satisfacer ese deseo pudiera acarrear a una vida muy bien reglamentada. Sin embargo, este paciente era inteligente, culto, y efectuaba grandes avances en la terapia desde que había comprendido la relación entre la rígida educación que le habían inculcado sus padres, profesores de universidad del Medio Oeste, y su miedo a correr riesgos. A Ricky le caía bastante bien, y creía muy probable que terminara el psicoanálisis y viera la libertad que le proporcionaría como una oportunidad, lo que es una enorme satisfacción para cualquier terapeuta.
«Doctor Starks -decía el hombre despacio, casi renuente, al identificarse-, lamento dejarle un mensaje en el contestador durante sus vacaciones. No quiero importunarle pero en el correo de esta mañana me ha llegado una carta muy inquietante.»
Ricky inspiró hondo. La voz del paciente siguió despacio.
«Es una fotocopia de una denuncia presentada en su contra ante el Colegio de Médicos y la Sociedad Psicoanalítica de Nueva York. Soy consciente de que la naturaleza anónima de la acusación la hace muy difícil de rebatir. Por cierto, la fotocopia fue remitida a mi casa, no a mi oficina, y carecía de remitente o de cualquier otra característica identificadora.»
El paciente vaciló de nuevo.
«Me encuentro ante un serio conflicto de intereses. No tengo duda de que la denuncia es una noticia importante y de que debería pasarla a uno de nuestros periodistas de información local para que la investigara. Por otra parte, eso comprometería mucho nuestra relación. Estoy muy preocupado por las acusaciones, que supongo usted negará…»
El paciente pareció recuperar el aliento para añadir con un tinte de amargura:
«Todo el mundo niega siempre haber obrado mal. “No lo hice, no lo hice, no lo hice”… Hasta que los hechos y las circunstancias son tan evidentes que ya no pueden mentir más. Presidentes, funcionarios, empresarios, médicos… Hasta monitores de boyscouts y entrenadores de ligas infantiles, por el amor de Dios.
«Cuando por fin se ven obligados a decir la verdad, esperan que todo el mundo entienda que se vieron obligados a mentir, como si fuese correcto seguir mintiendo hasta que estás tan atrapado que ya no puedes hacerlo más.»
El paciente se detuvo otra vez y, después, colgó. El mensaje parecía cortado, como si faltara la pregunta que quería que Ricky contestara.
A Ricky le temblaba la mano cuando pulsó de nuevo el play del contestador. El siguiente mensaje era sólo el llanto de una mujer.
Por desgracia, lo reconoció y supo que era otra paciente de hacia tiempo. Sospechó que ella también habría recibido una copia de la carta. Avanzó la cinta. Los dos mensajes restantes eran asimismo de pacientes. Uno, un destacado coreógrafo de Broadway, farfulló de rabia apenas contenida. El otro, una fotógrafa de estudio de cierto renombre, parecía tan confundida como consternada.
Lo invadió la desesperación. Quizá por primera vez en su carrera profesional no sabía qué decir a sus pacientes. Imaginó que los que todavía no habían llamado no habrían abierto aún el correo.
Uno de los elementos fundamentales del psicoanálisis es la curiosa relación entre paciente y terapeuta, en que el paciente revela cada detalle íntimo de su vida a una persona que no corresponde del mismo modo y que muy rara vez reacciona a una información incluso de lo más provocadora. En el juego infantil de la verdad, se establece la confianza a través del riesgo compartido. Tú me cuentas, yo te cuento. Tú me muestras lo tuyo, yo te muestro lo mío. El psicoanálisis desnivela esta relación y la convierte en totalmente unilateral. Ricky sabía que la fascinación de los pacientes por quién era él, por lo que pensaba y sentía y por cómo reaccionaba eran dinámicas importantes y formaban parte del gran proceso de transferencia que tenía lugar en su consulta, en el que sentado en silencio detrás de sus pacientes tumbados en el diván, se convertía simbólicamente en muchas cosas pero, sobre todo, pasaba a simbolizar algo distinto y perturbador para cada uno de ellos, y así, al adoptar esos diferentes papeles para cada paciente, podía guiarlos a través de sus problemas. Su silencio pasaba a representar psicológicamente la madre de un paciente, el padre de otro, el jefe de un tercero. Su silencio pasaba a representar el amor y el odio, la cólera y la tristeza. Podía convertirse en pérdida, y también en rechazo. En ciertos sentidos, en su opinión, el analista era un camaleón, que cambia de color ante la superficie de cualquier objeto que toca.
No devolvió ninguna de las llamadas de sus pacientes. Por la noche, todos habían telefoneado. Pensó que el redactor del Times tenía razón. Vivimos en una sociedad que ha cambiado el concepto de la negación. La negación va acompañada ahora de la suposición de que es sólo una mentira de conveniencia para ser adaptada en algún momento posterior, cuando se ha negociado una verdad aceptable.
Una sola mentira bien elaborada había atacado de un modo salvaje horas que sumaban días y semanas que se convertían en meses y se volvían años con cada uno de los pacientes. No sabía muy bien cómo reaccionar ante sus pacientes o si no debería hacerlo en absoluto. El clínico que había en él sabía que examinar la reacción de cada paciente a las acusaciones sería provechoso, pero a la vez parecía inútil.
Para cenar se preparó una sopa de pollo enlatada.
Mientras la tomaba, se preguntó si algunos de los cacareados poderes medicinales y reconstituyentes de aquel brebaje le fluirían hasta el corazón.
Todavía no tenía ningún plan de actuación. Ningún mapa que pudiera seguir. Un diagnóstico, seguido de un tratamiento. Hasta ese momento, Rumplestiltskin le recordaba una especie de cáncer insidioso que atacaba distintas partes de su persona. Aún tenía que definir cómo abordarlo. El problema era que eso contrariaba su formación. Si hubiera sido oncólogo, como los médicos que trataron sin éxito a su esposa, o incluso un dentista, que podía ver el diente cariado y extraerlo, lo habría hecho. Pero la formación de Ricky era muy distinta. Un analista, aunque reconoce algunas características y síndromes definibles, deja en última instancia que el paciente invente el tratamiento en el simple contexto del proceso.