Выбрать главу

Ricky se veía limitado en su forma de abordar la cuestión de Rumplestiltskin y sus amenazas por la misma cualidad que lo había mantenido en tan buen lugar durante tantos años. La pasividad que constituía el sello de su profesión era, de repente, peligrosa.

A última hora de la noche, le preocupó por primera vez que Rumplestiltskin pudiera matarlo.

10

Por la mañana, marcó otro día en el calendario de Rumplestiltskin y redactó los siguientes versos:

Me dediqué a buscar a destajo en veinte años de mi trabajo.

¿Es ese número acertado?

El tiempo casi se ha terminado y no puedo dejar de preguntar:

¿A la madre de R debo encontrar?

Se dio cuenta de que se estaba apartando de las normas de Rumplestiltskin. En primer lugar, hacía dos preguntas en lugar de una, y además no las formulaba para obtener una simple respuesta afirmativa o negativa como le habían instruido. Pero intuía que si usaba la misma rima infantil que su torturador, lo induciría a pasar por alto la violación de las normas y, tal vez, a contestar con un poco más de claridad. sabía que necesitaba información para deducir quién le había tendido la trampa. Mucha más información. No se hacia ilusiones de que Rumplestiltskin fuera a revelar algún detalle que le indicara con exactitud dónde buscarlo, ni que pudiera proporcionarle al instante una vía hacia un nombre que podría dar a las autoridades (si lograba deducir con qué autoridades debía ponerse en contacto). Ese hombre había planeado su venganza con demasiada precisión para que eso pasara ahora mismo. Pero un analista se considera un científico de lo indirecto y lo oculto. Así que Ricky debería ser un especialista en las cosas escondidas y encubiertas, y si tenía que averiguar el nombre real de Rumplestiltskin, debería hacerlo a partir de un desliz que él, por muy intrincados que fueran sus planes, no hubiera previsto.

La mujer del Times que tomó el pedido para el anuncio de una columna en portada pareció agradablemente intrigada por el poema.

– No es habitual -comentó-. Suelen ser anuncios del tipo «Felices bodas de oro, papá y mamá» o ganchos publicitarios para algún producto nuevo que alguien quiere vender. Esto parece distinto. ¿Cuál es el motivo? -preguntó.

– Forma parte de un elaborado juego -contestó Ricky, procurando ser educado con una mentira eficiente-. Una diversión veraniega de un par de amigos a los que nos gustan los acertijos y los rompecabezas.

– Vaya -replicó la mujer-. Suena divertido.

Ricky no respondió, porque aquello no tenía nada de divertido. La mujer del periódico le leyó el poema una última vez para asegurarse de haberlo anotado bien, y luego le tomó los datos. Le preguntó si quería que le mandara una factura o que le cargara el importe a una tarjeta de crédito. Se decidió por esta última opción. Oyó a la mujer teclear en el ordenador los números de su Visa a medida que se los iba diciendo.

– Bien, eso es todo -añadió la mujer-. El anuncio saldrá mañana. Buena suerte con el juego. Espero que gane.

– Yo también -dijo.

Le dio las gracias y colgó.

Volvió a concentrarse en el montón de notas y expedientes.

«Delimita y elimina -pensó-. Sé sistemático y meticuloso. Descarta a los hombres o descarta a las mujeres. Descarta a los viejos, concéntrate en los jóvenes. Encuentra la secuencia temporal adecuada. Encuentra la relación correcta. Eso te dará un nombre. Un nombre llevará a otro.»

Respiraba con fuerza. Se había pasado la vida intentando ayudar a la gente a conocer las fuerzas emocionales que motivaban su comportamiento. Lo que hace un analista es aislar la culpa e intentar traducirla en algo manejable, porque la necesidad de venganza es tan incapacitante como cualquier neurosis. El analista busca que el paciente encuentre un modo de superar esa necesidad y esa cólera. No es inusual que un paciente empiece una terapia manifestando una furia que parece exigir una actuación.

Se elabora un tratamiento destinado a eliminar ese impulso, de modo que pueda seguir con su vida sin la necesidad compulsiva de vengarse.

Vengarse, en su mundo, era una debilidad. Quizás hasta una enfermedad.

Ricky meneó la cabeza.

Mientras procuraba revisar lo que sabía y cómo aplicarlo a su situación, sonó el teléfono del escritorio. Lo sobresaltó y dudó antes de cogerlo, pensando que podía ser Virgil.

No lo era. Se trataba de la mujer de los anuncios del Times.

– ¿El doctor Starks?

– Sí.

– Lamento tener que llamarle, pero hemos tenido un problema.

– ¿Un problema? ¿Qué clase de problema?

La mujer vaciló, como si le costara hablar.

– La tarjeta Visa que me dio está cancelada. ¿Está seguro de haberme dado bien el número?

– ¿Cancelada? -Ricky se sonrojó y afirmó, indignado-: Eso es imposible.

– Bueno, a lo mejor lo anoté mal.

Ricky sacó la tarjeta para volver a leer los números, pero esta vez despacio.

– Pues es el número para el que pedí autorización -dijo la mujer-. Me lo devolvieron diciendo que la tarjeta había sido cancelada recientemente.

– No lo entiendo -repuso Ricky con frustración creciente-. Yo no he cancelado nada. Y pago todo el saldo cada mes…

– Las compañías de tarjetas de crédito cometen muchos errores -comentó la mujer, apenada-. ¿Tiene otra tarjeta? ¿O prefiere que le mande una factura para pagar con un talón?

Ricky empezó a sacar otra tarjeta de la cartera pero se detuvo.

Tragó saliva con fuerza.

– Lamento las molestias -dijo despacio, y de repente le costaba mucho contenerse-. Llamaré a los de Visa. Mientras tanto, mándeme la factura, por favor.

La mujer accedió y comprobó su dirección.

– Suele pasar -añadió-. ¿Perdió la cartera? A veces los ladrones obtienen el número en extractos viejos que se han tirado. O compramos algo y el dependiente vende el número a un sinvergüenza.

Hay millones de maneras de falsificar las tarjetas, doctor. Pero será mejor que llame a Visa y lo solucione. O acabará recibiendo cargos que no son suyos. En cualquier caso, seguramente le mandarán una tarjeta nueva en un par de días.

– Descuide -dijo Ricky, y colgó.

Despacio, extrajo todas sus tarjetas de crédito. «No sirven de nada -se dijo-. Las han cancelado todas.» No sabía cómo pero sabia quién.

Empezó el tedioso proceso de llamar para averiguar lo que ya sabia. El servicio de atención al cliente de las distintas compañías fue agradable pero no demasiado servicial. Cuando intentaba explicar que él no había cancelado las tarjetas, le informaban que silo había hecho. Era lo que aparecía en el ordenador, y lo que ponía el ordenador tenía que ser cierto. Preguntó a cada compañía cómo había sido cancelada la tarjeta y cada vez le contestaron que la petición se había hecho electrónicamente a través de Internet. Le indicaron, diligentes, que esas operaciones sencillas podían hacerse con unos cuantos golpes de teclado, que era un servicio que el banco ofrecía para facilitar la situación financiera de sus clientes, aunque Ricky, en su situación actual, podría haber discutido ese punto. Todos le ofrecieron abrirle nuevas cuentas.

Dijo a cada compañía que ya la llamaría. Luego, tomó unas tijeras y cortó los inservibles plásticos por la mitad. No se le escapaba que eso era precisamente lo que algunos pacientes se habían visto obligados a hacer cuando habían superado su crédito e incurrido en gravosas deudas.