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Le sorprendió un poco que Rumplestiltskin no hubiera arremetido también contra esos fondos. Estaba jugando con él, casi como si hubiera dejado en paz esa parte del dinero para burlarse de él. A pesar de eso, pensó que necesitaba encontrar una forma de hacerse con los fondos antes de que desaparecieran también en algún extraño limbo financiero. Llamó al director del First Cape Bank y le dijo que iba a cerrar la cuenta y quería retirar el saldo en efectivo.

El director le informó que tendría que estar presente para esa transacción. Ricky deseó que las demás instituciones que manejaban su dinero hubieran seguido la misma política. Explicó al director que había tenido algunos problemas con otras cuentas y que era importante que nadie excepto él tuviera acceso al dinero.

El director se ofreció a librar un cheque bancario, que guardaría personalmente hasta la llegada de Ricky.

Ahora el problema era cómo ir hasta allí.

Olvidado en el escritorio, había un billete de avión abierto de La Guardia a Hyannis, Massachusetts. Se preguntó si la reserva seguiría operativa. Abrió la cartera y contó unos trescientos dólares en efectivo. En el cajón superior de la cómoda de su dormitorio tenía otros mil quinientos dólares en cheques de viaje. Era un anacronismo; en esta era de efectivo al instante obtenido en cajeros automáticos que pululaban por todas partes, la idea de que alguien guardara cheques de viaje para emergencias era arcaica.

Ricky sintió cierta satisfacción al pensar que sus ideas anticuadas resultaran útiles. Se preguntó si no seria una noción que debería tener más presente.

Pero no tenía tiempo para cavilar acerca de ello.

Podría ir a Cape Cod, y volver. Tardaría veinticuatro horas como mínimo. De pronto lo invadió una sensación de letargo, casi como si no pudiera mover los músculos, como si las sinapsis cerebrales que emitían órdenes a los tendones y los tejidos de todo su cuerpo se hubieran declarado en huelga. Un profundo agotamiento que parodiaba su edad le recorrió el cuerpo. Se sintió torpe, estúpido y fatigado.

Se balanceó en la silla con la cabeza echada hacia atrás. Reconoció los signos de una incipiente depresión clínica con la misma rapidez con que una madre identificaría un resfriado al primer estornudo de su hijo. Extendió las manos hacia delante para detectar algún temblor. Su pulso seguía firme.

«¿Durante cuánto tiempo más?», se preguntó.

11

Ricky tuvo una respuesta en el Times de la mañana siguiente, pero no del modo que esperaba. Le dejaron el periódico a la puerta de su casa como cada día salvo los domingos, cuando solía caminar hasta el quiosco del barrio para comprar el grueso periódico antes de dirigirse a la cafetería cercana, como Rumplestiltskin había mencionado en su carta. La noche anterior había tenido más problemas para dormir, así que cuando oyó que el repartidor dejaba caer el periódico a la puerta, estaba pendiente y, en unos segundos, lo había recogido y abierto en la mesa de la cocina. Sus ojos se dirigieron a los pequeños anuncios de la parte inferior de la portada, pero sólo vio una felicitación de cumpleaños, el gancho de un servicio informático de citas y un anuncio de una sola columna:

OPORTUNIDADES ESPECIALIZADAS, VÉASE PÁGINA 216.

Ricky lanzó el periódico al otro lado de la pequeña cocina, frustrado. Al chocar contra la pared, hizo el ruido de un pájaro que intentara volar con un ala rota. Enfurecido, se sintió presa de un arrebato de cólera. Había esperado un poema o alguna respuesta enigmática y burlona en la parte inferior de la primera plana, del mismo modo que él había formulado la pregunta. «Ningún poema, ninguna respuesta», gruñó para si.

– ¿Cómo esperas que lo consiga antes de tu maldita fecha límite sí no contestas de modo oportuno? -increpó a alguien que no estaba físicamente presente pero que ocupaba todos sus pensamientos.

Notó que le temblaban las manos y se preparó un café. La infusión no sirvió demasiado para tranquilizarlo. Intentó relajarse con unos ejercicios de respiración profunda, pero sólo le redujeron el ritmo cardíaco. La rabia le invadía el cuerpo como si fuera capaz de alcanzar hasta el último órgano y oprimirlo. Tenía ¡a cabeza a punto de estallar y se sentía atrapado dentro del apartamento que antes consideraba su hogar. El sudor le resbalaba por las axilas, la frente le ardía y tenía la garganta seca y rasposa.

Debió de estar sentado a la mesa, inmóvil por fuera y revuelto por dentro, durante horas, casi en trance, incapaz de imaginar su próximo paso. Sabía que tenía que hacer planes, tomar decisiones y actuar en determinadas direcciones, pero no obtener una respuesta cuando la esperaba lo había paralizado. Le pareció que apenas podía moverse, como si de repente todas sus articulaciones se hubiesen paralizado y no estuvieran dispuestas a obedecer órdenes.

No tenía idea de cuánto rato había permanecido sentado así antes de fijar la mirada en el Times que seguía donde lo había tirado. Ni tampoco cuánto tiempo había contemplado el revoltijo de páginas antes de fijarse en una raya roja que asomaba bajo el montón. Y entonces, tras captar esta anomalía ‹después de todo, en el pasado no se llamaba al Times la Dama Gris por nada), de relacionarla con él. Observó la raya y, por fin, se dijo: «El Times no utiliza tinta roja. Suele ser de un sobrio blanco y negro dispuesto en un formato de siete columnas y dos secciones con una regularidad absoluta. Incluso las fotografías en color del presidente o las modelos que exhiben la última moda de París parecen adoptar automáticamente el tinte monótono y apagado del periódico».

Se levantó de la silla y se agachó sobre el revoltijo del periódico. Alargó la mano hacia la salpicadura de color y tiró de ella.

Era la página 216. Las necrológicas.

Pero escrito en una tinta roja fluorescente sobre las imágenes, artículos y esquelas, leyó lo siguiente:

Siguiendo la pista estás al volver la vista atrás.

Veinte años sitúa cuándo, y a mi madre estás buscando.

Saber su nombre es otro cantar, así que una pista te voy a dar.

Te diré que, cuando la atendiste, como señorita la conociste.

Y los días que se sucedieron, sus labios jamás sonrieron.

Dejaste tus promesas sin cumplir.

Y la venganza de su hijo vas a sufrir.

El padre lejos, la madre fallecida: por eso quiero acabar con tu vida.

Y será mejor que termine esta rima, o el tiempo se te echará encima.

Bajo el poema había una gran R roja y, debajo, en tinta negra, un rectángulo dibujado alrededor de una necrológica, con una gran flecha que señalaba la cara y la reseña del fallecido, y las palabras: «Aquí encajarás a la perfección».

Estudió el poema durante un momento que se convirtió en minutos y, por último, se acercó a la hora, mientras digería cada palabra del modo que un gourmet haría con una excelente comida parisina, sólo que Ricky encontraba su sabor amargo y salado. Ya era bien entrada la mañana, otro día más tachado, cuando se percató de lo evidente: Rumplestiltskin había tenido acceso a su periódico entre la llegada al edificio de piedra rojiza y la entrega en su puerta. Sus dedos volaron hacia el teléfono y, en unos minutos, obtuvo el número del servicio de reparto. El teléfono sonó dos veces antes de que contestara una grabación:

«Si desea suscribirse, por favor, pulse uno. Si tiene alguna queja sobre el reparto o si no ha recibido su periódico, por favor, pulse dos. Para obtener información sobre su cuenta, por favor, pulse tres».

Ninguna de estas opciones le pareció adecuada, pero sospechó que una queja podría arrancarle una respuesta humana, así que probó el dos. Eso provocó un timbre de llamada, seguido de una voz de mujer:

– ¿Cuál es su dirección, por favor? -dijo sin mas.

Ricky dudó pero se la dio.

– Todos los repartos a esa dirección aparecen como efectuados -afirmó la mujer.