El interior del local estaba en penumbra, y parpadeó para que sus ojos se habituasen a la luz mortecina. Había unas cuantas personas en el bar y una mesa o dos vacías. Una camarera de mediana edad lo vio vacilar.
– ¿Quieres cenar, cariño? -le preguntó con una familiaridad que parecía fuera de lugar en un bar que favorecía el anonimato.
– Sí -contestó.
– ¿Mesa para uno?
Su tono indicaba que sabía que iba solo y que comía solo todas las noches, pero que alguna cortesía anticuada, fuera de lugar en la gran ciudad, le exigía hacer esa pregunta.
– Si otra vez.
– ¿Prefieres sentarte a la barra o a una mesa?
– Una mesa. A ser posible, en el fondo.
La camarera se giró y vio una vacía en la parte de atrás.
– Sígueme -indicó. Lo condujo hasta una mesa y abrió un menú delante de Ricky-. ¿Algo de beber?
– Una copa de vino. Tinto, por favor.
– Marchando. El especial del día son los linguíni con salmón.
Están de rechupete.
Ricky observó cómo la camarera se dirigía hacia la barra. El menú tenía cubiertas de plástico y era mucho más grande físicamente de lo necesario para la modesta selección que ofrecía. Ricky estudió la lista de hamburguesas y de entrantes descritos con un florido entusiasmo literario que quería ocultar la simplicidad de su realidad. Dejó el menú sobre la mesa, a la espera de que la camarera le sirviese el vino. La chica había desaparecido; seguramente había ido a la cocina.
En su lugar, delante de él, estaba Virgil.
Sostenía en las manos dos copas de vino tinto. Vestía unos vaqueros desteñidos y una camiseta lila, y llevaba bajo el brazo un caro portafolios de piel color caoba. Dejó las bebidas en la mesa, apartó una silla y se sentó frente a él. Alargó la mano y le arrebató el menú.
– Ya he pedido el especial para los dos -dijo con una sonrisita seductora-. La camarera tiene toda la razón: está de rechupete.
La sorpresa lo atenazaba, pero no reaccionó exteriormente. Miró con dureza a la joven, con esa inexpresiva cara de póquer que tan bien conocían sus pacientes.
– ¿Así que crees que el salmón será fresco? -se limitó a decir.
– Seguro que da coletazos y boqueadas -contestó Virgil.
– Eso parecería apropiado.
La joven bebió un sorbo de vino. Ricky apartó su vaso a un lado y bebió agua.
– Con la pasta y el pescado se bebe vino blanco -indicó Virgil-.
Pero bueno, no estamos en la clase de lugar que sigue las normas, ¿no? No me imagino a ningún sumiller que se acerque ceñudo para comentarnos lo inadecuado de nuestra elección.
– Yo tampoco -contestó Ricky.
Virgil continuó hablando con rapidez pero sin ningún nerviosismo. Sonaba más bien como un niño entusiasmado por su cumpleaños.
– Por otra parte, beber tinto da un aire más despreocupado, ¿no crees, Ricky? Un atrevimiento que sugiere que, en realidad, no nos importa lo que digan las convenciones y hacemos lo que queremos. ¿Puedes sentir eso, Ricky? Me refiero a cierto espíritu de aventura y anarquía, a alejarse de las normas. ¿Qué opinas?
– Opino que las normas están cambiando todo el rato.
– ¿Las de etiqueta?
– ¿Estamos hablando de eso? -repuso.
Virgil sacudió la cabeza, con lo que su melena rubia se agitó seductora. Echó un poco la cabeza atrás para reír y Ricky pudo ver su cuello largo y atractivo.
– No, claro que no, Ricky. En eso tienes razón.
La camarera les llevó una cestita de mimbre llena de panecillos y mantequilla, lo que les sumió en un silencio glacial, un momento de complicidad compartida. Cuando la camarera se marchó, Virgil cogió un panecillo.
– Estoy hambrienta -afirmó.
– ¿Arruinarme la vida quema calorías? -repuso Ricky.
– Eso parece -sonrió ella-. Me gusta, de verdad. ¿Cómo deberíamos llamarlo, doctor? ¿Qué tal «dieta de la destrucción»? ¿Te gusta? Podríamos amasar una fortuna y marcharnos a alguna exótica isla paradisíaca, solos tú y yo.
– No me parece -soltó Ricky con aspereza.
– Lo imaginaba -contestó Virgil mientras untaba el panecillo con abundante mantequilla.
Mordió la punta con un ruido crujiente.
– ¿Por qué estás aquí? -preguntó Ricky en voz baja, calmada, pero que contenía toda la insistencia que podía imprimirle-. Tú y tu jefe parecéis tener muy bien planeada mi ruina. Paso a paso.
– ¿Has venido a burlarte de mi? ¿A añadir un poco de tormento a su juego?
– Nadie ha descrito nunca mi compañía como un tormento -dijo Virgil con fingida expresión de sorpresa-. Querría pensar que la encontrabas, si no agradable, por lo menos interesante.
Y piensa en tu propia situación, Ricky. Viniste aquí solo, viejo, nervioso, lleno de dudas y ansiedad. Quien se hubiera dignado siquiera a mirarte habría sentido una lástima fugaz y habría seguido comiendo y bebiendo sin hacer caso del anciano en que te has convertido. Pero todo eso cambia cuando yo estoy sentada frente a ti. De repente ya no eres tan previsible, ¿verdad? -Sonrió-. No puede ser tan malo.
Ricky sacudió la cabeza. Se le había hecho un nudo en el estómago y tenía mal sabor de boca.
– Mi vida… -empezó.
– Tu vida ha cambiado. Y seguirá cambiando. Por lo menos durante unos días más. Y entonces… Bueno, ése es el problema, ¿no?
– ¿Disfrutas con esto? -preguntó Ricky-. ¿Con verme sufrir?
Es curioso porque no te habría tomado por una sádica tan entregada. A tu señor R puede que sí, pero no estoy tan seguro sobre él porque sigue un poco distante. Aunque acercándose, supongo.
Pero tú, señorita Virgil, no creía que poseyeras la psicopatología necesaria. Claro que podría equivocarme. Y de eso se trata, ¿no?
De cuándo me equivoqué en algo, ¿no es así?
Ricky bebió un sorbo de agua con la esperanza de haber inducido a la joven a revelarle algo. Por un instante vio que la cólera le dibujaba unas arruguitas en las comisuras de los ojos y unas minúsculas señales oscuras en las de los labios. Pero se recobró y ondeó el panecillo a medio comer en el aire que los separaba como si desechara sus palabras.
– Interpretas mal mi función, Ricky.
– Vuelve a explicármela.
– Todo el mundo necesita un guía que lo lleve hacia el infierno, Ricky. Ya te lo dije.
– Lo recuerdo.
– Alguien que te conduzca por las costas rocosas y los bajíos escondidos del averno.
– Y tú eres ese alguien, ya lo sé. Me lo dijiste.
– Bueno, ¿estás ya en el infierno, Ricky?
El se encogió de hombros buscando enfurecería. No lo logró.
– ¿Quizá llamando a las puertas del infierno? -añadió la joven.
Ricky sacudió la cabeza, pero ella lo ignoró.
– Eres un hombre orgulloso, doctor Ricky. Te duele perder el control de tu vida, ¿no? Demasiado orgulloso. Y todos sabemos lo que sigue directamente al orgullo. Oye, este vino no está mal. Deberías probarlo.
Ricky tomó su copa y se la llevó a los labios, pero habló en lugar de beber:
– ¿Eres feliz delinquiendo, Virgil?
– ¿Qué te hace pensar que he cometido algún delito, doctor?