Tenía el estómago tenso, como un atleta al llegar a la meta.
Pensó que todo lo que le había pasado operaba a dos niveles.
Cada mensaje de Rumplestiltskin era a la vez simbólico y literal.
Su casa ya no era segura.
Inmóvil en la calle, frente a la casa en que había vivido la mayoría de su vida adulta, Ricky se sintió casi apabullado al darse cuenta de que quizá no quedara ningún rincón de su existencia en el que Rumplestiltskin no hubiera penetrado.
«Tengo que encontrar un lugar seguro», pensó por primera vez.
Sin tener idea de dónde podría descubrir tal sitio (si interna o externamente), subió los peldaños de la entrada.
Para su sorpresa, no había ningún indicio de intrusión. La puerta no estaba entornada. Las luces iban bien. El aire acondicionado zumbaba de fondo. No tuvo la sensación abrumadora de temor ni la intuición de que hubiera entrado nadie. Cerró la puerta con llave con alivio. Sin embargo, el corazón le seguía palpitando y tenía el mismo temblor en las manos que había notado antes en el restaurante, cuando Virgil se había ido. Levantó una mano frente a la cara para comprobar la existencia de tics nerviosos, pero tenía el pulso engañosamente firme. Ya no se fiaba de eso; era casi como si pudiera notar que una flojedad se había apoderado de sus músculos y tendones, y que en cualquier instante perdería el control.
El agotamiento alcanzaba hasta el último rincón de su cuerpo con un martilleo terrible. Le costaba respirar, pero no entendía por que.
– Necesitas una buena noche de descanso -se dijo en voz alta, y reconoció el tono que usaría con un paciente dirigido a si mismo-. Tienes que dormir, pensar y avanzar.
Por primera vez se planteó coger el recetario y prescribirse algún medicamento que le ayudara a relajarse. Sabía que tenía que concentrarse y le parecía que eso le estaba resultando cada vez más difícil. Detestaba las pastillas pero pensó que, por esta vez, podía necesitarlas. Un antidepresivo. Un somnífero para descansar un poco. Y quizás unas anfetaminas para concentrarse por la mañana y el resto de la semana hasta que se cumpliera el plazo de Rumplestiltskin.
Ricky tenía en el escritorio un vademécum que rara vez usaba y se dirigió hacia ahí con la idea de que la farmacia abierta veinticuatro horas que había a un par de manzanas le mandara a casa lo que pidiera por teléfono. Ni siquiera tendría que aventurarse a salir.
Sentado tras el escritorio, repasó con rapidez las entradas del vademécum y no tardó en decidir lo que necesitaba. Encontró el recetario y, al llamar a la farmacia, leyó su número de colegiado por primera vez en lo que le parecieron años. Tres fármacos distintos.
– ¿Nombre del paciente? -preguntó el farmacéutico.
– Son para mi -dijo Ricky.
– No son medicamentos que puedan mezclarse, doctor Starks -comentó el farmacéutico tras vacilar-. Debería ir con cuidado con las dosis y las combinaciones.
– Descuide. Iré con cuidado.
– Sólo quería que supiera que una sobredosis podría ser mortal.
– Ya lo sé -aseguró Ricky-. Pero cualquier cosa tomada en exceso puede matarnos.
El farmacéutico lo consideró un chiste y rió.
– Supongo que sí -contestó-. Pero con algunas cosas te vas de este mundo con una sonrisa en los labios. El chico estará en su casa antes de una hora. ¿Quiere que se lo anote en la cuenta? Hace mucho que no la usa.
– Sí, gracias -dijo Ricky tras pensar un momento.
Sintió una punzada de dolor, como si el hombre le hubiese atravesado el corazón con la pregunta más inocente del mundo.
La última vez que había usado la cuenta de la farmacia había sido cuando su mujer yacía agonizante y había comprado morfina para que le enmascarara el dolor. De eso hacía por lo menos tres años.
Aplastó el recuerdo mentalmente e inspiró hondo.
– Diga al chico que llame a la puerta tal como voy a decirle, por favor: tres timbres cortos, tres timbres largos, tres timbres cortos -explicó-. De ese modo sabré que es él y abriré.
El farmacéutico pareció pensar un instante.
– ¿No es eso un SOS en código Morse? -preguntó.
– Exacto -confirmó Ricky.
Colgó y se reclinó en la silla. Tenía la cabeza llena de imágenes de su esposa en sus últimos días. Era demasiado doloroso para él, así que sus ojos se dirigieron hacia el escritorio. Observó que la lista de familiares que Rumplestiltskin le había enviado estaba situada en un lugar destacado en el centro del cartapacio y, en un ofuscante momento de duda, no recordó haberlo dejado en ese sitio. Alargó la mano despacio hacia la hoja, pensando de repente en las imágenes de los adolescentes de las fotografías que Virgil le había enseñado. Empezó a repasar los nombres para tratar de relacionar las caras con las palabras, que se mostraban borrosas como un espejismo en una carretera. Intentó serenarse, pensando que tenía que establecer la relación, que era importante, que la vida de un inocente podría correr peligro.
Mientras intentaba concentrarse, bajó la mirada.
Se sintió súbitamente confuso. Empezó a mirar alrededor con rapidez mientras lo asaltaba una inquietud terrible. Se le secó la boca y, de golpe, sintió náuseas.
Recogió las notas, los blocs y demás papeles de la mesa, buscando.
Pero también supo que lo que buscaba ya no estaba.
Alguien se había llevado de la mesa la carta de Rumplestiltskin, la que describía los parámetros del juego y contenía la primera pista. La prueba material de la amenaza a Ricky había desaparecido. Lo único que quedaba, como supo de inmediato, era la realidad.
13
Tachó otro día con una equis en el calendario y anotó dos números de teléfono en un bloc. El primero era el de la detective Riggins. El segundo era uno que no usaba desde hacia años y, aunque dudaba que siguiera en funcionamiento, había decidido probar de todos modos. Era del doctor William Lewis. Veinticinco años antes, el doctor Lewis había sido su mentor, el médico que psicoanalizó a Ricky mientras éste obtenía su título. Es una faceta curiosa del psicoanálisis que cualquiera que desee practicarlo deba antes someterse a él. Un cirujano cardíaco no ofrecería su propio tórax al bisturí como parte de su formación, pero un analista lo hace.
Esos dos números representaban polos opuestos de ayuda. No estaba seguro de si alguno de ellos podía proporcionarle ninguna pero, a pesar de la recomendación de Rumplestiltskin de que no contara los hechos a nadie, ya no creía poder evitarlo. Necesitaba hablar con alguien. Pero ¿quién?
La detective contestó al segundo tono anunciando simplemente y con brusquedad quién era:
– Riggins al aparato.
– Soy el doctor Frederick Starks. No sé si se acordará de mi, pero la semana pasada hablamos sobre la muerte de uno de mis pacientes.
Hubo un momento de duda que no obedecía a la dificultad de reconocerlo, sino más bien a la sorpresa.
– Claro, doctor. Le mandé una copia de la nota de suicidio que encontramos el otro día. Creía que eso dejaba las cosas bastante claras. ¿Qué le preocupa ahora?
– ¿Podría hablar con usted sobre algunas de las circunstancias que rodearon la muerte del señor Zimmerman?
– ¿Qué clase de circunstancias, doctor?
– Preferiría no comentarlo por teléfono.
– Eso suena muy melodramático, doctor. -Soltó una risita-. De acuerdo. ¿Quiere venir aquí?
– Supongo que tendrán alguna sala donde podamos hablar en privado.
– Por supuesto. Tenemos una horrible sala de interrogatorios donde obtenemos confesiones de los sospechosos. Más o menos lo mismo que usted hace en su consulta, sólo que menos civilizado y más expeditivo.
Ricky paró un taxi en la esquina y pidió que le llevara unas diez manzanas al norte y le dejara en la esquina de Madison con la Noventa y seis. Entró en la primera tienda que vio, una zapatería femenina, dedicó noventa segundos exactos a examinar los zapatos a la vez que miraba con disimulo por el escaparate a la espera de que cambiara el semáforo de la esquina. En cuanto lo hizo, salió, cruzó la calle y paró otro taxi. Pidió al conductor que se dirigiera al sur hasta la estación Grand Central.