– No.
Riggins meneó la cabeza.
– No sé demasiado sobre ordenadores -dijo Ricky tras vacilar por un instante-. Nunca los necesité en mi trabajo -prosiguió con la mirada fija en la mujer, que parecía algo incómoda con sus preguntas-. Pero ¿no conservan un registro interno de todo lo que se ha escrito en ellos?
– También acierta en eso. Normalmente en el disco duro. Y ya veo dónde quiere llegar. No, no comprobé el ordenador personal de Zimmerman para asegurarme de que hubiera escrito realmente la nota en él. Tampoco verifiqué el ordenador de su trabajo. Un hombre se lanza a la vía del metro y encuentro una nota de suicidio sobre su almohada en su casa. Esta situación no incita a investigar mas.
– En cuanto al ordenador del trabajo, mucha gente podría acceder a él, ¿verdad?
– Supongo que tendría una contraseña para proteger sus archivos. Pero la respuesta es sí.
Ricky asintió y guardó silencio un momento.
Riggins se movió en la silla antes de continuar:
– Dijo que quería hablar de las «circunstancias» que rodearon la muerte. ¿Cuáles son?
Ricky inspiró hondo antes de contestar.
– Un pariente de una antigua paciente me ha estado amenazando a mi y a los miembros de mi familia con daños indeterminados.
Con este fin, ha adoptado algunas medidas para trastornarme la vida. Entre ellas están acusaciones falsas contra mi integridad profesional, ataques electrónicos a mi situación financiera, robos en mi casa, invasiones en mi vida personal y la sugerencia de que me suicide. Tengo motivos para creer que la muerte de Zimmerman formaba parte de este sistema de acoso que he estado sufriendo esta última semana. No creo que fuera un suicidio.
Riggins enarcó las cejas.
– Por Dios, doctor Starks, parece que está metido en un buen lío. ¿Una antigua paciente?
– No. El hijo de una antigua paciente. Todavía no sé cuál.
– ¿Y cree que esta persona que quiere perjudicarlo convenció a Zimmerman de que se lanzara a las vías del metro?
– No lo convenció. Probablemente lo empujaron.
– Estaba lleno de gente y nadie vio nada semejante. En absoluto.
– La falta de testigos no descarta que sucediera. Cuando el metro se acerca, todos los que están en el andén miran en la dirección que llega el convoy. Si Zimmerman estaba detrás de la gente, lo que viene sugerido por la falta de testigos presenciales precisos, ¿cuánto habría costado darle el codazo o empujón necesario?
– Bueno, eso es cierto, doctor. No sería difícil. Ni mucho menos. A lo largo de los años, hemos tenido unos cuantos asesinatos con esas características. Y también tiene razón en que la gente se vuelve en una dirección cuando se acerca el tren, lo que permite que al final del andén pueda pasar casi cualquier cosa más o menos inadvertida. Pero en este caso tenemos a Lu Anne, que dice que saltó, y aunque no sea demasiado fiable, es algo.
Y tenemos una nota de suicidio y un hombre deprimido, enfadado y desdichado que mantenía una relación difícil con su madre y se enfrentaba a una vida que muchos considerarían más bien decepcionante…
– Ahora es usted quien parece dar excusas -comentó Ricky sacudiendo la cabeza-. De lo que más o menos me acusó a mi la primera vez que hablamos.
Este comentario silenció a la detective Riggins, que dirigió una larga mirada a Ricky antes de proseguir.
– Me parece que debería hablar de esto con alguien que pueda ayudarle, doctor.
– ¿Con quién? Usted es policía. Le he hablado de delitos, o de lo que podrían serlo. ¿No debería hacer alguna clase de informe?
– ¿Quiere presentar una denuncia formal?
Ricky la miró con dureza.
– ¿Debería hacerlo? ¿Cómo sigue el trámite?
– Yo le presento a mi supervisor, que pensará que es una locura y la canalizará a través de la burocracia policial, y en un par de días recibirá una llamada de algún detective que se mostrará todavía más escéptico que yo. ¿A quién ha contado todo esto?
– Bueno, a mi banco y a la Sociedad Psicoanalítica.
– Si creen que existe actividad delictiva deberían pasar el asunto al FBI o a la policía estatal. Tal vez deba usted hablar con alguien de Extorsión y Fraudes. Yo en su lugar me plantearía contratar un detective privado. Y un buen abogado, porque podría necesitarlos.
– ¿Cómo puedo ponerme en contacto con el departamento de Extorsión y Fraudes?
– Le daré un nombre y un teléfono.
– ¿No cree que usted debería investigar estas cosas como seguimiento del caso Zimmerman?
Esta pregunta hizo dudar a la detective Riggins. No había tomado ninguna nota durante la conversación.
– Podría hacerlo -indicó con precaución-. Me lo pensaré.
Cuesta reabrir un caso una vez se ha cerrado.
– Pero no es imposible.
– Difícil. Pero no imposible.
– ¿Puede obtener autorización de un superior? -preguntó Ricky.
– No creo que quiera abrir aún esa puerta. Si digo a mi jefe que hay un problema oficial, deberán seguirse muchos pasos burocráticos. Creo que echaré un vistazo por mi cuenta. ¿Sabe qué, doctor?, comprobaré algunas cosas y luego hablaré con usted. Primero iré a examinar el ordenador personal de Zimmerman. Puede que el archivo que contiene la nota de suicidio indique la hora. Lo haré esta noche o mañana. ¿Qué le parece?
– Bien. Esta noche sería mejor que mañana. Tengo algunas limitaciones de tiempo. Y entonces podría darme también el nombre y el teléfono de alguien de Extorsión y Fraudes.
Parecía un acuerdo razonable. La mujer asintió. Ricky sintió cierta satisfacción al observar que su tono algo burlón y sarcástico había cambiado después de que él plantease la posibilidad de que hubiera metido la pata. Incluso aunque considerara remota esta posibilidad, en un mundo donde las promociones y los ascensos estaban tan relacionados con las investigaciones bien acabadas, haber pasado por alto un asesinato y haberlo catalogado de suicidio era un error muy perjudicial para la hoja de servicios.
– Espero que me llame lo antes que pueda -dijo Ricky.
Después se levantó, como si se hubiera anotado un punto. No era una sensación de victoria pero, por lo menos, le hacia sentir menos solo en el mundo.
Fue en taxi hasta el Metropolitan Opera House, que estaba vacío salvo por unos cuantos turistas y algunos guardias de seguridad.
Sabía que había una hilera de cabinas telefónicas frente a los lavabos. La ventaja era que desde ese sitio podía hacer una llamada a la vez que vigilaba que nadie intentara acercarse lo suficiente para averiguar a quién llamaba.
El número del doctor Lewis había cambiado, como esperaba.
Pero lo pasaron a otro número con un prefijo distinto.
Tuvo que insertar la mayoría de las monedas de veinticinco centavos que tenía. Mientras el teléfono sonaba, pensó que Lewis debía de tener ya unos ochenta años, y no estaba seguro de si seria de ayuda. Pero Ricky sabía que era el único modo en que podría apreciar su situación más o menos como era debido y, por desesperado que fuera ese paso, debía darlo.
El teléfono sonó por lo menos ocho veces antes de que le contestaran.
– ¿Diga?
– El doctor Lewis, por favor.
– Al habla.
Ricky llevaba veinte años sin oír aquella voz, y aun así se emocionó, lo que le sorprendió. Era como si en su interior se desatara de repente un torbellino de odios, miedos, amores y frustraciones.
Se obligó a conservar cierta calma.
– Doctor Lewis, soy el doctor Frederick Starks.
Ambos guardaron silencio un momento, como si el mero encuentro telefónico después de tantos años resultara abrumador.
Lewis habló primero.
– ¡Vaya! Me alegro de oírte, Ricky, incluso después de tantos años. Estoy bastante sorprendido.
– Siento ser tan brusco, doctor. Pero no sabía a quién más recurrir.
De nuevo se produjo un breve silencio.
– ¿Tienes problemas, Ricky?
– Sí.
– Y las herramientas del autoanálisis no son suficientes.