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«El doctor Lewis me conoce -pensó-. Pero ahora yo sabré algo de él, y eso cambia las cosas.» Esta observación le inquietó aún mas.

A mitad de los peldaños de la entrada, la puerta principal se abrió de golpe. Oyó su voz antes de verlo.

– Me apuesto a que te sientes algo incómodo.

– Me ha leído los pensamientos -contestó Ricky, en lo que era una especie de broma entre analistas.

Lewis lo condujo a un estudio, junto al recibidor de la vieja casa. Ricky dirigió los ojos de un lado a otro para grabarse los detalles mentalmente. Libros en un estante. Una pantalla de Tiffany.

Una alfombra oriental. Como muchas casas antiguas, el interior tenía una atmósfera oscura, en contraste con unas relucientes paredes blancas. Le pareció fresco, nada cargado, como si las ventanas hubiesen estado abiertas la noche anterior y la casa hubiese conservado el recuerdo de unas temperaturas más bajas. Detectó un ligero olor a lila y oyó los ruidos distantes de una cocina en la parte de atrás.

El doctor Lewis era un hombre delgado, algo encorvado, calvo, con unos agresivos mechones de pelo que le salían detrás de las orejas, lo que le confería un aspecto de lo más curioso. Llevaba unas gafas apoyadas en la punta de la nariz, de modo que rara vez parecía mirar realmente a través de ellas. Tenía algunas manchas de la edad en el dorso de las manos y un ligerísimo temblor de dedos. Se movió despacio, cojeando un poco, y se instaló por fin en un sillón de orejas de piel roja, muy mullido, a la vez que indicaba a Ricky que se sentara en una butaca algo más pequeña.

Ricky se arrellanó entre los cojines.

– Estoy encantado de verte, Ricky, incluso después de tantos años. ¿Cuánto hace?

– Más de una década, sin duda. Tiene buen aspecto, doctor.

Lewis sonrió y meneó la cabeza.

– No deberías empezar con una mentira tan evidente, aunque a mi edad las mentiras se agradecen más que la verdad. Las verdades son siempre inoportunas. Necesito una cadera nueva, una vejiga nueva, una próstata nueva, ojos y orejas nuevos, y unos cuantos dientes nuevos. Unos pies nuevos también me irían bien.

Quizá necesitaría también un corazón nuevo. Además, no estaría de más renovar el coche del garaje y las cañerías de la casa. Ahora que lo pienso, las mías también. El tejado está bien, sin embargo. -Se dio unos golpecitos en la frente y añadió en tono socarrón-: El mío también. Pero no has venido para saber cómo estoy.

He olvidado tanto mi formación como mis modales. Supongo que te quedarás a cenar, y he pedido que te preparen la habitación de huéspedes. Y ahora será mejor que cierre la boca, que es lo que creemos hacer tan bien en nuestra profesión, para dejar que me cuentes el motivo de tu visita.

Ricky vaciló, sin saber muy bien por dónde empezar. Miró al anciano hundido en el sillón de orejas y sintió como si una cuerda se rompiera de repente en su interior. Notó que perdía el dominio de sí mismo, y habló con labios temblorosos:

– Creo que sólo me queda una semana de vida.

Lewis enarcó las cejas.

– ¿Estás enfermo?

Ricky meneó la cabeza.

– Me parece que tendré que suicidarme -contestó.

El viejo analista se inclinó hacia delante.

– Eso es un problema -dijo.

14

Ricky habló durante más de una hora sin ser interrumpido por el menor comentario o pregunta. Lewis permaneció casi inmóvil en su asiento balanceando el mentón en la palma de una mano. Ricky se levantó un par de veces y se paseó por la habitación, como si el movimiento de los pies fuera a facilitarle la narración, antes de regresar a la mullida butaca y proseguir su relato. En más de una ocasión notó que le sudaban las axilas, aunque la temperatura de la habitación era agradablemente fresca, con las ventanas abiertas a esa primera hora de la noche en el valle del Hudson.

Oyó un trueno lejano procedente de las montañas Catskills, a kilómetros de distancia al otro lado del río, en una ráfaga explosiva que parecía fuego de artillería. Recordó que según una leyenda local ese sonido era el ruido que hacían unos elfos y unos enanos al jugar a bolos en las verdes hondonadas. Le habló de la primera carta, del poema y de las amenazas, de lo que estaba en juego. Describió a Virgil y a Merlin, y el bufete inexistente del abogado. Intentó no dejarse nada, desde las intrusiones electrónicas en sus cuentas bancarias y de valores hasta el mensaje pornográfico que recibió su pariente lejana en su cumpleaños. Habló largo y tendido sobre Zimmerman, su tratamiento, su muerte y las dos visitas a la detective Riggins. Le contó lo de la falsa acusación de abusos sexuales presentada ante el Colegio de Médicos, y se ruborizó un poco al hacerlo. A veces divagaba, como cuando mencionó los robos en su consulta y la extraña sensación de violación que sentía, o cuando describió su poema en el Times y la respuesta de Rumplestiltskin. Terminó mencionando las fotografías de los tres adolescentes que le había enseñado Virgil. Después se reclinó, guardó silencio y, por primera vez, miró al viejo analista, que se había llevado ambas manos al mentón para apoyar la cabeza meditabundo, como si intentara valorar la totalidad de la maldad que se había abatido sobre Ricky.

– Muy interesante -dijo por fin Lewis, que se reclinó y soltó un largo suspiro-. Me gustaría saber si ese tal Rumplestiltskin es un filósofo. ¿No era Camus quien afirmaba que la única verdadera elección de cualquier hombre es si suicidarse o no? La pregunta existencial por excelencia.

– Tenía entendido que era Sartre -contestó Ricky, encogiéndose de hombros.

– Supongo que ésta es la pregunta clave del caso, Ricky; la primera y más importante que te ha hecho Rumplestiltskin.

– Perdone, pero ¿qué…?

– ¿Te matarías para salvar a otra persona?

– No estoy seguro -balbuceó Ricky, desconcertado por la pregunta-. Me parece que no me he planteado realmente esta opción.

– No es una pregunta poco razonable -dijo Lewis, cambiando de postura en su asiento-. Y estoy seguro de que tu torturador ha dedicado muchas horas a intentar adivinar tu respuesta. ¿Qué clase de hombre eres, Ricky? ¿Qué clase de médico? Porque, a fin de cuentas, ésa es la esencia de este juego: ¿te suicidarás? Parece haberte demostrado la seriedad de sus amenazas o, por lo menos, te ha hecho creer que ya ha cometido un asesinato, de modo que es probable que no le importe cometer otro. Y se trata, aunque suene duro, de asesinatos muy fáciles de cometer. Los sujetos no significan nada para él. Son meros vehículos para llegar a ti. Y tienen la ventaja añadida de ser homicidios que seguramente ningún detective del mundo, ni siquiera un Maigret, un Hércules Poirot o una miss Marple, ni una de las creaciones de Mickey Spillane o de Robert Parker, podría resolver con efectividad. Piénsalo, Ricky, porque es verdaderamente diabólico y extraordinariamente existenciaclass="underline" un asesinato tiene lugar en París, en Honduras o en el lago Winnipesaukee, New Hampshire. Es repentino, espontáneo, y la víctima ignora lo que le va a pasar. La ejecutan en un segundo.

Como si la partiera un rayo. Y la persona que se supone que va a sufrir debido a esta muerte está a centenares, a miles de kilómetros. Una pesadilla para cualquier policía, que tendría que encontrarte, encontrar al asesino creado en tu pasado y, después, relacionaros de alguna forma con este crimen en un lugar lejano, con todo el papeleo y la burocracia que eso conlleva. Y eso suponiendo que pudieran dar con e] asesino. Seguro que se ha protegido tanto con identidades y pistas falsas que eso sería imposible. La policía ya tiene bastantes problemas para obtener condenas cuando tiene confesiones, pruebas de ADN y testigos presenciales. No, Ricky, supongo que seria un crimen que quedaría impune.

– Me está diciendo que…

– Tu elección, a mi entender, es bastante simple: ¿puedes ganar?, ¿puedes averiguar la identidad de Rumplestiltskin en los pocos días que te quedan? En caso contrario, ¿te suicidarás para salvar a otra persona? Es la pregunta más interesante que se le puede hacer a un médico. Después de todo, nuestra profesión consiste en salvar vidas. Pero nuestros recursos para la salvación son los medicamentos, los conocimientos, la habilidad con el bisturí. En este caso, puede que tu vida signifique la curación de alguien. ¿Puedes hacer ese sacrificio? Y, si no estás dispuesto a ello, ¿podrás vivir contigo mismo después? En apariencia, como mínimo, no es demasiado complicado. La parte complicada es…, bueno, interna.