– Tengo que saber que está de mi parte.
– Tal vez consigas la respuesta a esta pregunta al final del juego.
El viejo psicoanalista se encogió de hombros. Clavó el tenedor en el pollo y se llevó un trozo enorme a la boca.
– He venido a verle como amigo. Como antiguo paciente. Usted fue la persona que me ayudó a formarme, por el amor de Dios.
Y ahora…
El doctor Lewis agitó el tenedor en el aire, como un director con una batuta frente a una orquesta descoordinada.
– ¿Consideras amigos tuyos a las personas a las que tratas?
– No. -Ricky sacudió la cabeza, vacilante-. Claro que no. Pero la función del mentor es distinta.
– ¿De verdad? ¿No tienes algún paciente en más o menos la misma situación?
La pregunta quedó suspendida en el aire. Ricky sabía que la respuesta era afirmativa, pero no lo dijo en voz alta. Pasados unos momentos, Lewis movió la mano para descartar la pregunta.
– Necesito saberlo -insistió Ricky con brusquedad a modo de respuesta.
El doctor Lewis esbozó un gesto exasperantemente inexpresivo, apto para una mesa de póquer. Ricky se exaltó al reconocer esa actitud vaga: la misma expresión evasiva que no indica aprobación, desaprobación, espanto, sorpresa, temor ni cólera que él utilizaba con sus pacientes. Es la especialidad del analista, una parte fundamental de su coraza. La recordaba de su tratamiento hacía un cuarto de siglo y le irritó volverla a ver.
– No lo necesitas, Ricky. -El anciano meneó la cabeza-. Sólo necesitas saber que estoy dispuesto a ayudarte. Mis motivos son irrelevantes. Quizá Rumplestiltskin tiene algo para presionarme.
Quizá no. Si blande una espada sobre mi cabeza o tal vez sobre uno de los miembros de mi familia, es algo independiente de tu situación. La pregunta pende siempre en nuestro mundo, ¿no?
¿Existe alguien absolutamente fiable? ¿Hay alguna relación carente de peligro? ¿No nos lastiman aquellos a quienes amamos y respetamos más que aquellos a quienes odiamos y tememos?
Ricky no contestó; Lewis lo hizo por él.
– La respuesta que no puedes articular en este momento es: sí.
Ahora, cena un poco. Nos espera una noche muy larga.
Los dos analistas comieron en relativo silencio. El pollo estaba exquisito, y lo siguió un pastel de manzana casero con una pizca de canela. También tomaron café solo, que parecía anunciar que les esperaban horas que requerían energía. Ricky pensó que jamás había tenido una cena tan corriente y tan extraña a la vez. Estaba hambriento e indignado por igual. La comida sabía exquisita un instante y, acto seguido, se le volvía terrosa y fría en el paladar.
Por primera vez en lo que le parecieron años, recordó comidas que había tomado solo, en unos minutos robados a la cabecera de la cama de su mujer cuando la medicación contra el dolor la sumía en una especie de sopor los últimos días de su agonía. El sabor de esa cena le resultó muy parecido.
El doctor Lewis retiró los platos y los amontonó en el fregadero. Se llenó la taza de café por segunda vez e hizo un gesto a Ricky para regresar al estudio. Se sentaron en los asientos que habían ocupado antes, uno frente a otro.
Ricky contuvo su enfado ante el carácter esquivo del anciano.
Se propuso usar la frustración en beneficio propio. Era más fácil decirlo que hacerlo. Se movió en la butaca sintiéndose como un niño al que riñen injustamente.
Lewis lo miró, y Ricky supo que el anciano era perfectamente consciente de todos los sentimientos que lo invadían, con la misma habilidad de un adivino en una feria.
– A ver, Ricky, ¿por dónde quieres empezar?
– Por el pasado. Hace veintitrés años. La primera vez que nos vimos.
– Recuerdo que eras todo teorías y entusiasmo.
– Creía que podía salvar al mundo de la desesperación y la locura. Yo solo.
– ¿Y fue así?
– No. Ya lo sabe. Es imposible.
– Pero salvaste a unos cuantos…
– Espero que sí. Eso creo.
– Una vez más -dijo Lewis con una sonrisa algo felina-, la respuesta de un psicoanalista. Evasiva y escurridiza. La edad proporciona otras interpretaciones, por supuesto. Las venas se endurecen, lo mismo que las opiniones. Deja que te haga una pregunta más concreta: ¿a quién salvaste?
Ricky dudó, como si rumiara la respuesta. Quiso guardarse lo primero que le vino a la cabeza pero le resultó imposible, y las palabras le resbalaron de la lengua como si estuvieran recubiertas de aceite.
– No pude salvar a la persona que más quena.
– Sigue, por favor.
– No. Ella no tiene nada que ver en esto.
– ¿De verdad? -El viejo psicoanalista enarcó las cejas-. Supongo que estás hablando de tu mujer.
– Sí. Nos conocimos. Nos enamoramos. Nos casamos. Fuimos inseparables durante años. Después se puso enferma. No tuvimos hijos debido a su enfermedad. Murió. Seguí adelante solo. Fin de la historia. No está relacionada con esto.
– Claro que no -dijo Lewis-; pero ¿cuándo os conocisteis?
– Poco antes de que usted y yo empezáramos mi análisis. Nos conocimos en una fiesta. Los dos acabábamos de titularnos; ella era abogada y yo médico. Nuestro noviazgo tuvo lugar mientras hacia mi análisis con usted. Debería recordarlo.
– Lo recuerdo. ¿Y cuál era su profesión?
– Abogada. Acabo de decirlo. También debería recordarlo.
– Sí, pero ¿que clase de abogada?
– Bueno, cuando nos conocimos acababa de incorporarse a la Oficina de Defensores de Oficio de Manhattan como abogada de acusados por delitos de poca importancia. Se fue abriendo paso hasta el departamento de delitos graves, pero se cansó de ver que todos sus clientes iban a la cárcel o, peor aún, que no iban. Así que de ahí pasó a un bufete privado muy exclusivo y modesto. En su mayoría, litigios de derechos civiles y trabajos para la Unión Americana de Derechos Civiles. Demandar a caseros de apartamentos de los barrios pobres y presentar apelaciones para condenados equivocadamente. Era una persona bien intencionada que hacía lo que podía. Le gustaba bromear diciendo que pertenecía a la pequeña minoría de licenciados de Yale que no ganaba dinero.
Ricky sonrió, oyendo mentalmente las palabras de su mujer.
Era una broma que habían compartido felices muchos años.
– Entiendo. En el período en que empezaste el tratamiento, el mismo en que conociste y cortejaste a tu mujer, ella se dedicaba a defender a delincuentes. Siguió adelante y trató con muchos tipos marginales enfadados a los que, sin duda, enfureció aún más al emprender acciones legales en su contra. Y ahora tú pareces estar mezclado con alguien que se incluye en la categoría de delincuente, aunque mucho más sofisticado que los que tu mujer debió de conocer; pero ¿crees que no hay ningún posible vinculo?
Ricky vaciló con la boca abierta antes de contestar. Se había quedado helado.
– Rumplestiltskin no ha mencionado…
– Sólo era una sugerencia -comentó Lewis, agitando una mano en el aire-. Algo en qué pensar.
Ricky dudó mientras se esforzaba en recordar. El silencio se prolongó. Ricky empezó a imaginarse como un hombre joven, como si de golpe se hubiera abierto una fisura en un muro en su interior. Podía verse mucho más joven, rebosante de energía, en un momento en que el mundo se abría para él. Era una vida que guardaba poco parecido y relación con su existencia actual. Esa incongruencia, que tanto negaba e ignoraba, de repente lo asustó.
Lewis debió de notarlo, porque dijo:
– Hablemos de quién eras hace unos veinte años. Pero no del Ricky Starks ilusionado con su vida, su profesión y su matrimonio, sino del Ricky Starks lleno de dudas.
Quiso contestar deprisa, descartar esta idea con un movimiento rápido de la mano, pero se detuvo en seco. Se sumergió en un recuerdo profundo y rememoró la indecisión y la ansiedad que había sentido el primer día que cruzó la puerta de la consulta del doctor Lewis en el Upper East Side. Miró al anciano sentado frente a él, que al parecer estudiaba cada gesto y movimiento que hacía, y pensó lo mucho que el hombre había envejecido. Se preguntó si a él le había pasado lo mismo. Tratar de recuperar los dolores psicológicos que lo habían llevado a un psicoanalista tantos años atrás era un poco como el dolor fantasma que sienten los amputados: la pierna ha sido cortada, pero la sensación permanece, emana de un vacío quirúrgico real e irreal a la vez.