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«¿Quién era yo entonces?», pensó Ricky. Pero contestó con cautela.

– Me parece que había dos clases de dudas, dos clases de ansiedades, dos clases de temores que amenazaban con incapacitarme.

La primera clase se refería a mi mismo y surgía de una madre demasiado seductora, un padre frío y exigente que murió joven, y una infancia llena de logros en lugar de cariño. Era, con mucho, el más joven de mi familia, pero en lugar de tratarme como a un bebé querido, me fijaron unos niveles imposibles de alcanzar. Por lo menos, ésa es la situación simplificada. Es el tipo que usted y yo examinamos a lo largo del tratamiento. Pero el acopio de esas neurosis hizo mella en las relaciones que tenía con mis pacientes.

Durante mi tratamiento tenía pacientes en tres sitios: en la clínica para pacientes externos del hospital Columbia Presbyterian, una breve temporada atendiendo enfermos graves en Bellevue…

– Si -asintió el doctor Lewis-. Un estudio clínico. Recuerdo que no te gustaba demasiado tratar a los verdaderos enfermos mentales.

– Si. Exacto. Administrar medicaciones psicotrópicas e intentar evitar que las personas se lastimen a si mismas o a los demás…

– Ricky pensó que la afirmación de Lewis contenía alguna provocación, un anzuelo que él no había picado-. Y también en esos años, quizá de doce a dieciocho pacientes en terapia que se convirtieron en mis primeros análisis. Eran los casos que le mencioné mientras seguí la terapia con usted.

– Si, lo recuerdo. ¿No tenias un analista supervisor, alguien que observaba tus progresos con esos pacientes?

– Si. El doctor Martin Kaplan. Pero él…

– Murió -lo interrumpió el viejo analista-. Le conocía. Un ataque cardiaco. Muy triste.

Ricky empezó a hablar pero reparó en que Lewis hablaba con un tono extrañamente impaciente. Tomó nota de ello y prosiguió.

– Tengo problemas para relacionar nombres y caras.

– ¿Están bloqueados?

– Si. Debería recordarlos perfectamente, pero resulta que no consigo relacionar caras y nombres. Recuerdo una cara y un problema, pero no logro asignarle un nombre. Y viceversa.

– ¿Por qué crees que te pasa?

– Estrés -contestó Ricky tras una pausa-. Debido a la clase de tensión a la que estoy sometido, las cosas sencillas se vuelven imposibles de recordar. La memoria se distorsiona y deteriora.

El anciano asintió de nuevo.

– ¿No te parece que Rumplestiltskin lo sabe? ¿No te parece que conoce bastante los síntomas del estrés? Tal vez, a su modo, tiene mucho más conocimiento que tú, el médico. ¿Y eso no te dice mucho sobre quién podría ser?

– ¿Un hombre que sabe cómo reacciona la gente ante la presión y la ansiedad?

– Claro. ¿Un soldado? ¿Un policía? ¿Un abogado? ¿Un empresario?

– O un psicólogo.

– Si. Alguien de nuestra propia profesión.

– Pero un médico nunca…

– Nunca digas nunca.

Ricky se reclinó, escarmentado.

– He de concretar más -dijo-. Debo descartar a las personas que atendí en Bellevue, porque estaban demasiado enfermas para producir a alguien tan malvado. Eso me deja mi consulta privada y los pacientes que traté en la clínica.

– Empecemos por la clínica.

Ricky cerró los ojos por un momento, como si eso pudiera ayudarle a evocar el pasado. La clínica para pacientes externos del Columbia Presbyterian era un laberinto de pequeñas salas en la planta baja del enorme hospital, cerca de la entrada de urgencias. La mayoría de los pacientes provenía de Harlem o del South Bronx.

Eran sobre todo personas de clase obrera, pobres y luchadoras, de varias razas, tendencias y posibilidades, que consideraban la enfermedad mental y la neurosis como algo exótico y distante. Ocupaban la tierra de nadie de la salud mental, entre la clase media y la indigencia. Sus problemas eran reales: drogadicciones, abusos sexuales, malos tratos físicos, madres abandonadas por su marido con hijos de ojos fríos y endurecidos, cuyas metas en la vida parecían reducirse a unirse a una banda callejera. Sabía que en este grupo de desesperados y necesitados había bastantes personas que se habían convertido en peligrosos delincuentes. Traficantes de droga, proxenetas, ladrones y asesinos. Recordó que algunos pacientes producían una sensación de crueldad, casi como un olor perceptible. Eran los padres que contribuían diligentemente a crear la generación siguiente de psicópatas criminales de las zonas deprimidas de la ciudad, personas crueles que dirigirían su cólera contra los suyos. Si atacaban a alguien de un nivel económico distinto, era por casualidad, no por designio: el ejecutivo en un Mercedes que tiene una avería en el Cross Bronx Expressway de camino a su casa en Darien después de trabajar hasta tarde en la oficina del centro, el turista rico de Suecia que toma la línea de metro equivocada a la hora equivocada en la dirección equivocada.

«Vi mucha maldad -pensó-. Pero me alejé de ella.»

– No lo sé -contestó Ricky por fin-. Las personas que atendí en la clínica eran todas desfavorecidas. Gente marginada. Yo diría que la persona que busco está entre los primeros pacientes que tuve en mi consulta. Rumplestiltskin ya me ha dicho que se trata de su madre. Pero yo la conocí por su apellido de soltera. Se refirió a una «señorita».

– Significativo -afirmó el doctor Lewis, al parecer muy interesado-. Entiendo por qué piensas eso. Y creo que es importante limitar los ámbitos de una investigación. Así que, de todos esos pacientes, ¿cuántos eran mujeres solteras?

Ricky lo pensó y recordó un puñado de rostros.

– Siete -contestó.

– Siete -repitió Lewis tras una pausa-. Muy bien. Ahora ha llegado el momento de hacer un acto de fe, ¿no crees? Debes tomar una decisión.

– No le entiendo.

El anciano esbozó una fingida sonrisa.

– Hasta este instante te has limitado a reaccionar a la horrenda situación en que estás atrapado, Ricky. Fuegos que necesitaban sofocarse y extinguirse. Tus finanzas. Tu reputación profesional.

Tus pacientes. Tu carrera. Tus parientes. De todo este embrollo has logrado plantear una sola pregunta a tu torturador, y eso te ha proporcionado una dirección: una mujer que engendró al niño que se ha convertido en el psicópata que busca tu suicidio. Pero lo que tienes que plantearte es esto: ¿te han dicho la verdad?

Ricky tragó saliva con dificultad.

– Tengo que suponer que sí.

– ¿No es una suposición peligrosa?

– Claro que sí -contestó Ricky-. Pero ¿qué opción tengo? Si creyera que Rumplestiltskin me está llevando en una dirección equivocada, no tendría posibilidad alguna, ¿no?

– ¿Has pensado que tal vez no debas tener ninguna posibilidad?

Era una afirmación tan directa y aterradora que sintió la nuca húmeda de sudor.

– En ese caso, debería suicidarme y punto.

– Supongo que sí. O no hacer nada; vivir y ver qué le pasa a otro. Quizá se trate de un farol, ¿sabes? Quizá no pase nada. Quizá tu paciente, Zimmerman, se lanzó a esa vía del metro en un momento inoportuno para ti y ventajoso para Rumplestiltskin. Quizá, quizá, quizá. A lo mejor el juego consiste en que no tengas ninguna posibilidad. Sólo estoy pensando en voz alta, Ricky.

– No puedo abrir la puerta a esa idea.

– Una respuesta interesante para un psicoanalista -aseguré Lewis-. Una puerta que no puede abrirse. Va en contra de todo aquello en lo que creemos.

– Es que no tengo tiempo, ¿sabe?

– El tiempo es elástico. Quizá sí. Quizá no.

Ricky se movió, incómodo. Tenía la cara enrojecida y se sentía como un adolescente con pensamientos y sentimientos de adulto pero considerado aún un niño.