Lewis se frotó el mentón con la mano, todavía pensativo.
– Creo que tu torturador es alguna clase de psicólogo -indicó, casi sin darle importancia, como si hiciera una observación sobre el tiempo-. O de una profesión relacionada.
– Creo que tiene razón. Pero su razonamiento…
– El juego, como lo definió Rumplestiltskin, es como una sesión en el diván. Sólo que dura más de cincuenta minutos. En cualquier sesión de un psicoanálisis debes examinar una serie mareante de verdades y ficciones.
– Tengo que trabajar con lo que hay.
– Ya. Pero nuestro trabajo consiste a menudo en ver lo que el paciente no dice.
– Cierto.
– Entonces…
– Quizá sea todo mentira. Lo sabré en una semana. Justo antes de suicidarme o de poner otro anuncio en el Times. Lo uno o lo otro.
– Es una idea interesante. -El viejo médico parecía cavilar-.
Podría lograr el mismo objetivo e impedir que lo localizara la policía u otra autoridad simplemente mintiendo. Nadie podría descubrirlo. Y tú estarías muerto o arruinado. Es diabólico, e ingenioso a su propio modo.
– No creo que estas especulaciones me estén resultando útiles -dijo Ricky-. Siete mujeres en tratamiento, una de las cuales dio a luz a un monstruo. ¿Cuál?
– Recuérdamelas -pidió Lewis, a la vez que señalaba con la mano el exterior y la noche que parecía envolverlos, como si quisiera que la memoria de Ricky saliera de la oscuridad rumbo a la habitación bien iluminada.
15
Siete mujeres.
De las siete que acudieron a él por aquel entonces para recibir tratamiento, dos estaban casadas, tres prometidas o con relaciones estables y dos sexualmente inactivas. Su edad oscilaba entre los veinte y pocos y los treinta y pocos años. Todas eran lo que solía llamarse «mujeres profesionales», en el sentido de que eran corredoras de bolsa, secretarias ejecutivas, abogadas o empresarias.
Había también una editora y una profesora universitaria. Cuando Ricky se concentró, empezó a recordar las distintas neurosis que habían llevado a cada una de ellas a su puerta. Cuando estas enfermedades empezaron a aflorar a su memoria, los tratamientos hicieron lo mismo.
Despacio, volvieron a él voces, palabras pronunciadas en su consulta. Momentos concretos, avances, comprensiones que regresaron a su conciencia, propiciados por las preguntas directas del viejo médico. La noche envolvió a los dos hombres y lo anuló todo salvo la pequeña habitación y los recuerdos de Ricky Starks.
No estaba seguro de cuánto rato había pasado en el proceso, pero sabía que era tarde. Se detuvo casi a mitad de un recuerdo y miró de repente al hombre sentado frente a él.
Los ojos del doctor Lewis seguían brillando con una energía de otro mundo, alimentada, en opinión de Ricky, por el café, pero más bien por los recuerdos o quizá por otra cosa, alguna fuente oculta de entusiasmo.
Ricky sintió sudor en la nuca. Lo atribuyó al aire húmedo que se colaba por las ventanas abiertas y que auguraba una lluvia refrescante que no llegaba.
– No está ahí, ¿verdad, Ricky? -preguntó de pronto el doctor Lewis.
– Son las mujeres que trate.
– Y todos los tratamientos tuvieron más o menos éxito por lo que me cuentas y por lo que recuerdo que me dijiste en nuestras sesiones. Y apostaría a que todas ellas siguen llevando una vida relativamente productiva. Detalle, añadiré, que podría comprobarse investigando un poco.
– Pero ¿qué…?
– Y las recuerdas a todas. Con precisión y detalle. Y ése es el fallo, ¿no crees? Porque la mujer que buscas en tu memoria es alguien que no sobresale. Alguien a quien has bloqueado de tu capacidad de recuerdo.
Ricky empezó a tartamudear una respuesta, pero se detuvo porque la veracidad de esta afirmación le resultaba evidente.
– ¿No recuerdas ningún fracaso, Ricky? Porque ahí es donde encontrarás tu relación con Rumplestiltskin. No en los éxitos.
– Creo que ayudé a esas mujeres a solucionar los problemas a que se enfrentaban. No consigo recordar a ninguna que se marchara aún trastornada.
– No seas orgulloso, hombre. Inténtalo otra vez. ¿Qué te dijo el señor R en su pista?
Ricky se sorprendió un poco cuando el viejo analista usó la misma abreviatura que a Virgil le gustaba emplear. Intentó recordar con rapidez si había dicho «señor R» durante la tarde, y le pareció que no. Pero de repente ya no estuvo seguro. Pensó que podría haberlo dicho. La indecisión, la incapacidad de estar seguro, la pérdida de convicción eran como vientos encontrados en su interior. Se sintió zarandeado y mareado, a la vez que se preguntaba cómo su capacidad de recordar un simple detalle había desaparecido de modo tan vertiginoso. Se movió en el asiento, con la esperanza de que la alarma que sentía no se reflejara en su cara o su postura.
– Me dijo que la mujer que buscaba estaba muerta -comentó-.
Y que yo le prometí algo que luego no cumplí.
– Bueno, concéntrate en esa segunda parte. ¿Hubo alguna mujer a la que negaras tratamiento que se sitúe en este margen de tiempo? ¿Quizá brevemente, unas cuantas sesiones, y que después se marchara? Sigues queriendo pensar en las mujeres con las que empezaste tu consulta privada. ¿Tal vez fuera alguien en la clínica donde trabajabas?
– Podría ser, pero ¿cómo podría…?
– De algún modo, este otro grupo de pacientes era menos importante para ti, ¿verdad? ¿Acaso no eran tan prósperas? ¿Tenían menos talento? ¿Menos educación? Y tal vez no aparecieron con tanta nitidez en la pantalla del radar del joven doctor Starks.
Ricky se abstuvo de responder, porque vio tanto la verdad como el prejuicio en lo que decía el viejo médico.
– ¿No constituye una especie de promesa que un paciente cruce la puerta y empiece a hablar? La de desahogarse. Tú, como analista, ¿no estás a la vez afirmando algo? ¿Y, por lo tanto, prometiendo? Tú ofreces la esperanza de una mejora, de una readaptación, de un alivio para el tormento, como cualquier otro médico.
– Por supuesto, pero…
– ¿Quién vino y después dejó de hacerlo?
– No lo sé…
– ¿A quién atendiste durante quince sesiones, Ricky?
La voz del viejo analista era de repente exigente e insistente.
– ¿Quince? ¿Por qué quince?
– ¿Cuántos días te dio Rumplestiltskin para que averiguases su identidad?
– Quince.
– Dos semanas más un día. Una cifra que se suele mencionar pero no significar. Deberías haber prestado más atención a ese número, porque ahí está la conexión. ¿Y qué quiere que hagas?
– Que me suicide.
– Así pues, Ricky, ¿con quién tuviste quince sesiones y después se suicidó?
Ricky cambió de postura. De repente le dolía la cabeza.
«Debería haberlo visto -pensó-. Es muy obvio.»
– No lo sé -balbució.
– No lo sabes -dijo el viejo analista, con cierto enfado-. Lo que sucede es que no quieres saberlo. Hay una gran diferencia. -Lewis se levantó-. Es tarde y estoy decepcionado. He pedido que te prepararan la habitación de huéspedes. Está en el primer piso, a la derecha. Tengo algunas cosas que resolver esta noche. Quizá por la mañana, después de que hayas reflexionado un poco más, podamos hacer verdaderos progresos.
– Creo que necesito más ayuda -indicó Ricky con voz débil.
– Has recibido ayuda -contestó Lewis, y señaló el hueco de la escalera.
El dormitorio, pulcro y ordenado, tenía el toque impersonal de una habitación de hotel. Estaba claro que no solía usarse. A mitad del pasillo había un baño con un aspecto parecido. Ninguno de los dos espacios proporcionaba demasiada información sobre el doctor Lewis o su vida. No había frascos de medicamentos en el armario del baño ni revistas junto a la cama o libros en algún estante, ni fotografías familiares en las paredes. Ricky se metió en la cama tras comprobar en el reloj que ya pasaba mucho de la medianoche. Estaba agotado y necesitaba dormir, pero no se sentía seguro y la cabeza le daba vueltas, de modo que al principio el sueño le fue esquivo. El canto de los grillos y alguna que otra luciérnaga que chocaba contra la ventana armaban el doble de jaleo que la ciudad.