Echado en la cama en medio de la penumbra, fue filtrando ruidos hasta que pudo distinguir la voz distante del doctor Lewis. Aguzó el oído y, pasado un momento, decidió que el viejo analista estaba enfadado por algo, que su tono, tan regular y modulado durante las horas que pasó con Ricky, tenía ahora un mayor apremio y tenor. Intentó distinguir las palabras, pero no lo consiguió. Luego oyó el sonido inconfundible de un teléfono al ser colgado de golpe. Unos segundos más tarde, oyó los pasos del viejo médico en las escaleras y una puerta que se abría y cerraba con rapidez.
Luchó por mantener los ojos abiertos en la oscuridad.
«Quince sesiones y después murió -pensó-. ¿Quién fue?»
16
No supo cuándo se durmió, pero despertó cuando unos haces de luz brillante entraron por la ventana y le dieron en la cara. La mañana de verano podría haber parecido perfecta, pero Ricky arrastraba el peso del recuerdo y la decepción. Había esperado que el viejo médico le condujese directo a un nombre, pero en lugar de eso seguía tan a la deriva como antes en el mar embravecido de la memoria. Esta sensación de fracaso era como una resaca que le martilleaba las sienes. Se puso los pantalones, los zapatos y la camisa, cogió la chaqueta y, después de mojarse la cara y peinarse para procurar tener un aspecto algo presentable, bajó las escaleras. Caminaba con determinación, pensando que lo único en que se concentraría sería en el escurridizo nombre de la madre de Rumplestiltskin. Iba con la sensación de que la observación del doctor Lewis sobre relacionar días y sesiones era acertada. Aún seguía oculto el contexto de la mujer. Tal vez había descartado con demasiada rapidez y arrogancia a las modestas mujeres que había atendido en la clínica psiquiátrica para concentrarse en las que habían sido sus primeros psicoanálisis particulares. Pensó que había atendido a esa mujer en un momento en que él mismo estaba haciendo elecciones: sobre su rumbo profesional, sobre convertirse en analista, sobre enamorarse y casarse. Era una época en que miraba directamente al frente, y su fracaso se había producido en un mundo que había querido descartar.
Pensó que por eso estaba tan bloqueado. Su paso escaleras abajo cobró vigor con la idea de que podría atacar estos recuerdos como un bombardero de la Segunda Guerra Mundiaclass="underline" bastaría con lanzar una bomba lo bastante potente al tejado de la historia reprimida para hacerla saltar por completo. Confiaba en que, con la ayuda del doctor Lewis, podría llevar a cabo ese ataque.
La luz solar y el calor del campo que entraban en la casa parecían disipar todas las dudas y preguntas que hubiera podido tener sobre el viejo analista. Los aspectos inquietantes de su anterior conversación se desvanecieron con la claridad de la mañana. Asomó la cabeza en el estudio en busca de su anfitrión, pero la habitación estaba vacía. Cruzó el pasillo central de la casa hacia la cocina, donde podía oler aroma de café.
El doctor Lewis tampoco estaba ahí.
Ricky probó con un «hola» en voz alta, pero no obtuvo respuesta. Miró la cafetera y vio que el recipiente se calentaba sobre la placa térmica y que había preparada una taza para él. Había un papel apoyado contra ella, con su nombre escrito a lápiz en la parte exterior. Se sirvió café y abrió la nota mientras sorbía la infusión amarga y caliente. Leyó:
Ricky:
He tenido que irme de modo inesperado y no creo que regrese a tiempo de verte. Creo que para encontrar a la persona fundamental deberías examinar el ámbito que dejaste y no el ámbito al que llegaste. También me pregunto si al ganar el juego no perderás o, al revés, si al perder puedes ganar. Evalúa bien tus alternativas.
Te ruego que no vuelvas a ponerte en contacto conmigo por ninguna razón ni propósito.
DOCTOR LEWIS
Retrocedió de golpe, como si le hubiesen abofeteado.
El café pareció escaldarle la lengua y la garganta. Se sonrojó, lleno de confusión y rabia. Releyó las palabras tres veces, pero en cada ocasión se volvían más confusas y menos claras, cuando debería verlas más nítidas. Dobló la hoja de papel y se la metió en el bolsillo. Se acercó al fregadero y vio que el montón de platos de la noche anterior estaban lavados y ordenados sobre la encimera.
Vertió el café en la pila de porcelana blanca, abrió el grifo y observó cómo el líquido marrón se arremolinaba desagüe abajo. Aclaró la taza y la dejó a un lado. Se agarró un momento al borde del mármol para intentar tranquilizarse. Entonces oyó un coche que subía por el camino de grava de la entrada.
Lo primero que se le ocurrió fue que se trataba de Lewis, que volvía con una explicación, así que casi corrió hasta la puerta.
Pero lo que vio, en cambio, lo sorprendió.
Era el mismo taxista que lo había recogido el día anterior en la estación de Rhinebeck. El hombre le saludó con la mano y bajó la ventanilla a la vez que el coche se detenía.
– Hola, doctor. ¿Cómo está? Será mejor que se dé prisa si no quiere perder el tren.
Ricky vaciló. Se volvió hacia la casa porque le pareció que tendría que hacer algo, dejar una nota o hablar con alguien -pero por lo que sabía, estaba vacía-. Una mirada al establo reacondicionado le indicó que el coche de Lewis tampoco estaba.
– Venga, doc. No tenemos mucho tiempo y el próximo tren no sale hasta última hora de la tarde. Se pasará el día en la estación si pierde éste. Suba, tenemos que ponernos en marcha.
– ¿Cómo ha sabido que tenía que recogerme? -pregunto Ricky-. Yo no lo llamé.
– Pues alguien lo hizo. Seguramente el hombre que vive aquí.
Recibí un mensaje en el busca diciendo que viniera aquí a recoger al doctor Starks enseguida, y que me asegurara de que llegara al tren de las nueve y cuarto. Así que quemé neumáticos y aquí estoy, pero si no sube no va a tomar ese tren, y le aseguro que aquí no hay demasiado que hacer para distraerse todo un día.
Poco después, Ricky se sentaba en el asiento trasero. Sintió algo de culpa por dejar la casa abierta, pero la desechó con un interior “a la mierda».
– Muy bien -dijo-. Vámonos.
El taxista aceleró con brusquedad, levantando grava y polvo.
En unos minutos llegaron al cruce en que la carretera de acceso al puente de Kingston-Rhinecliff sobre el Hudson se encuentra con River Road. Un policía de tráfico de Nueva York ocupaba el centro de la calzada y bloqueaba el paso por la serpenteante carretera nacional. El policía, un hombre joven con un sombrero de ala ancha, una guerrera gris y la típica expresión dura de estar de vuelta de todo que contradecía su juventud, indicó al taxi que se parara a la izquierda. El conductor bajó la ventanilla y le gritó desde el otro lado de la carretera.
– Oiga, ¿no puedo pasar? Tengo que llegar antes de que salga el tren.
– Imposible -dijo el policía sacudiendo la cabeza-. La carretera está bloqueada a un kilómetro de aquí hasta que la ambulancia y la grúa terminen con su trabajo. Tendrán que dar un rodeo. Si se dan prisa, llegarán a tiempo.
– ¿Qué ha pasado? -preguntó Ricky.
El taxista se encogió de hombros.
– ¡Oiga! -gritó el hombre al policía-. ¿Qué ha pasado?
– Un hombre mayor que iba con prisas se salió de la carretera en una curva -explicó el policía-. Se estrelló contra un árbol. Puede que tuviera un ataque cardiaco y perdiera el conocimiento.
– ¿Ha muerto? -quiso saber el taxista.
El policía se encogió de hombros.
– Los de la ambulancia están ahí ahora. Han pedido unas tijeras hidráulicas.
– ¿Qué coche era? -preguntó Ricky, que se incorporó de golpe y, asomado a la ventanilla del conductor, repitió gritando-: ¿Qué clase de coche era?
– Un viejo Volvo azul -dijo el policía mientras indicaba al taxi que siguiera la marcha.