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El taxista aceleró.

– Mierda -dijo-. Tenemos que dar la vuelta. Vamos a llegar justos.

– ¡He de verlo! -exclamó Ricky, presa del nerviosismo-. El coche…

– Si nos paramos no llegaremos a tiempo.

– Pero ese coche, el doctor Lewis…

– ¿Cree que se trata de su amigo? -preguntó el taxista, y siguió alejándose del lugar del accidente, de modo que Ricky no alcanzó a verlo.

– Tenía un viejo Volvo azul.

– Joder, aquí hay a montones.

– Pare, por favor…

– La policía no le dejará acercarse. Y aunque pudiera, ¿qué haría?

Ricky no tenía respuesta a eso. Se dejó caer de nuevo en el asiento, como si le hubieran abofeteado. El taxista aceleró bruscamente.

– Llame a la policía de tráfico de Rhinebeck. Ahí le darán detalles. O llame a urgencias del hospital y ellos le informarán. A no ser que quiera ir ahora, pero no se lo aconsejo. Estaría sentado esperando a los médicos de urgencias y tal vez al forense y al policía que lleve la investigación, y seguiría sin saber mucho más que ahora. ¿No tiene que ir a algún lugar importante?

– Sí -afirmó Ricky, aunque no estaba seguro de ello.

– ¿Era un buen amigo suyo?

– No -contestó Ricky-. No era ningún amigo. Sólo alguien a quien conocía. A quien creía conocer.

– Pues ya ve -dijo el taxista-. Creo que llegaremos a tiempo a la estación.

Volvió a acelerar para pasar un semáforo en ámbar justo cuando se ponía rojo.

Ricky se recostó en el asiento tras echar un solo vistazo por encima del hombro a través de la ventanilla trasera, donde el accidente y quien lo hubiera tenido permanecían fuera de su vista. Intentó ver luces parpadeantes y oír sirenas, pero no lo consiguió.

Arribaron a la estación en el último minuto. Las prisas en llegar parecían haber obstaculizado cualquier oportunidad de analizar su visita al doctor Lewis. Corrió frenético por el andén casi vacío, sus zapatos resonando con fuerza, mientras el tren se detenía con el ruido agresivo de sus frenos hidráulicos. Como en el viaje de ida, sólo había unas pocas personas esperando para viajar a Nueva York entre semana y a media mañana. Un par de hombres de negocios que hablaban por sus móviles, tres mujeres que al parecer iban de compras y algunos adolescentes con ropa informal. El calor creciente del verano parecía exigir un ritmo lento que no era habitual en Ricky. Le pareció que la urgencia del día estaba fuera de lugar y que no volvería a la normalidad hasta que hubiese regresado a la ciudad.

El vagón estaba casi vacío, sólo había unas pocas personas repartidas por las hileras de asientos. Se dirigió a la parte posterior, se sentó en un rincón x’ apoyó la mejilla contra la ventanilla para i 8o contemplar el paisaje, sentado de nuevo en el lado donde podía ver el río Hudson.

Se sentía como una boya soltada de su amarre: antes, un indicador sólido y fundamental de bajíos y corrientes peligrosas; ahora, a la deriva y vulnerable. No sabía muy bien qué pensar de la visita al doctor Lewis. Tal vez había avanzado algo, pero no estaba seguro. No se sentía más próximo a lograr encontrar su relación con el hombre que le amenazaba que antes de haber viajado río arriba. Después, pensándolo mejor, se dio cuenta de que eso no era cierto. El problema era que tenía alguna clase de bloqueo entre él y el recuerdo adecuado. La paciente correcta, la relación correcta parecía estar fuera de su alcance, por mucho que alargara la mano hacia ella.

Había algo de lo que estaba seguro: todo lo que había logrado en la vida era irrelevante.

El error que había cometido, origen de la cólera de Rumplestiltskin, se situaba en sus inicios en el mundo de la psiquiatría y el psicoanálisis. Se situaba justo en el momento en que había abandonado el difícil y frustrante trabajo de tratar a los necesitados y se había dirigido hacia los más inteligentes y adinerados: los ricos neuróticos, como un colega suyo solía llamar a sus pacientes. Los hipocondríacos.

Admitirlo le enfureció. Los hombres jóvenes cometen errores, eso es inevitable en cualquier profesión. Ahora ya no era joven y no cometería el mismo error, fuera cual fuese. La idea de que le siguieran considerando responsable de algo que había hecho hacia más de veinte años y de una decisión similar a las que tomaban decenas de otros médicos en las mismas circunstancias le sacaba de quicio. Lo encontraba injusto y nada razonable. Si no hubiera estado tan afectado por todo lo ocurrido, podría haber visto que en esencia su profesión se basaba más o menos en el concepto de que el tiempo sólo agrava las heridas de la psique. Reconduce estas heridas, pero nunca las cura.

Al otro lado de la ventanilla el río fluía. No sabía cuál debería ser su siguiente paso, pero había algo de lo que estaba seguro: quería regresar a su casa, quería estar en un lugar seguro, aunque sólo fuera un rato.

Siguió mirando por la ventanilla todo el viaje, casi en trance.

En las distintas paradas, apenas alzó los ojos o se movió en su asiento. La última parada antes de la ciudad era Croton-on-Hudi8i son, a unos cincuenta minutos de la estación de Pennsylvania. El vagón seguía vacío en un noventa por ciento, con muchos asientos libres, así que a Ricky le sorprendió que otro pasajero se sentara a su lado, dejándose caer en el asiento con un ruido sordo.

Se volvió de golpe, asombrado.

– Hola, doctor -le saludó el abogado Merlin-. ¿Está libre este asiento?

Merlin parecía agitado y tenía la cara un poco sonrojada, como alguien que ha tenido que correr los últimos cincuenta metros para alcanzar el tren. El sudor le perlaba ligeramente la frente y se secó la cara con un pañuelo de hilo blanco.

– Casi pierdo el tren -explicó innecesariamente-. Tengo que hacer más ejercicio.

Ricky inspiró hondo antes de preguntar:

– ¿Por qué está aquí?

Aunque pensó que era una pregunta bastante estúpida, dadas las circunstancias.

El abogado terminó de secarse la cara, se extendió el pañuelo en el regazo y lo alisó antes de doblarlo y volvérselo a guardar en el bolsillo. Luego dejó un maletín de piel y una pequeña bolsa de viaje impermeable junto a sus pies.

– Para animarlo, doctor Starks -contestó tras aclararse la garganta-. Para animarlo.

La sorpresa inicial de Ricky había desaparecido. Cambió de postura para procurar ver mejor al hombre que tenía sentado a su lado.

– Me mintió. Fui a su nueva dirección.

– ¿Fue a las nuevas oficinas?

El abogado pareció algo aturdido.

– En cuanto acabamos la conversación. No habían oído hablar de usted, nadie del edificio. Y no habían alquilado ninguna oficina a alguien llamado Merlin. ¿Quién es usted, señor Merlin?

– Soy quien soy -afirmó-. Esto es insólito.

– Sí -coincidió Ricky-. Insólito.

– Y un poco desconcertante. ¿Por qué fue a mis nuevas oficinas después de hablar conmigo? ¿Cuál era el propósito de su visita, doctor Starks?

El tren ganó algo de velocidad y dio una sacudida que hizo que os hombros de ambos entrechocaran con una intimidad incómoda.

– Porque no creí que fuera quien dijo ser, ni tampoco nada de lo que me contó. Una sospecha que poco después confirmé, porque cuando llegué al lugar que indicaba su tarjeta de visita…

– ¿Le di una tarjeta?

Merlin meneó la cabeza y esbozó una sonrisa.

– Sí -aseguró Ricky, irritado-. Lo hizo. Estoy seguro de que lo recordará.

– ¿El día del traslado? Eso lo explica todo. Fue un día difícil.

Turbador. ¿Acaso no dicen que la muerte, un divorcio y una mudanza son las tres cosas más estresantes que existen? Afectan el corazón, y apuesto que también la mente.

– Eso me han dicho.

– Bueno, el primer lote de tarjetas de visita que ordené a la imprenta llegó con una dirección equivocada. Las nuevas oficinas están sólo a una manzana. El encargado de la tienda lo anotó mal y no nos dimos cuenta enseguida. Debí de haber entregado una docena antes de ver el error. Son cosas que pasan. Según tengo entendido, a ese pobre hombre lo despidieron porque la imprenta tuvo que comerse todo el pedido y hacer tarjetas nuevas. -Merlin se metió la mano en el interior de la chaqueta y sacó un tarjetero de piel-. Tenga. Ésta está bien.