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Ricky la observó e hizo un gesto de rehusaría.

– No le creo -soltó-. No voy a creer nada de lo que me diga.

Ni ahora ni nunca. También merodeó por mi casa con el mensaje en el Times un par de días después. Sé que era usted.

– ¿Por su casa? Qué extraño. ¿Cuándo fue eso?

– A las cinco de la mañana.

– Vaya. ¿Cómo puede estar tan seguro de que era yo?

– El repartidor describió sus zapatos a la perfección. Y el resto de su persona de forma aceptable.

Merlin sacudió la cabeza. Sonrió del modo felino que Ricky recordaba de su primer encuentro. El abogado confiaba en su habilidad de seguir mostrándose escurridizo para que no pudiera comprometerlo. Una aptitud importante para cualquier abogado.

– Bueno, supongo que me gusta pensar que mi ropa y mi aspecto son exclusivos, doctor Starks, pero imagino que la realidad es menos exigente. Mis zapatos, por bonitos que sean, pueden comprarse en muchas zapaterías y no son demasiado inusuales en el centro de Manhattan. Mis trajes son de confección, los típicos azul oscuro de raya diplomática que se llevan en la ciudad. Bonitos, pero que puede comprar cualquiera que tenga quinientos dólares en el bolsillo. Quizás en un futuro próximo me incorpore al grupo que viste ropa hecha a medida. Tengo aspiraciones en ese sentido. Pero de momento sigo estando en la franja del cuarto piso, moda de caballero, de la plebe. ¿Le describió ese repartidor mi cara? ¿Y mi calva incipiente? ¿No? Por su expresión adivino la respuesta. Así pues, yo dudaría que cualquier identificación que usted crea que hizo alguien resistiera un intenso examen profesional. Sin duda, una identificación que le ha convencido de un modo tan absoluto. Creo que esto es más bien consecuencia de su profesión, doctor. Valora demasiado lo que la gente le dice. Considera las palabras dichas como un medio de llegar a la verdad. Yo las considero un medio para ocultarla.

El abogado lo miró sonriendo y añadió:

– Parece estar bajo presión, doctor.

– Seguro que lo sabe bien, señor Merlin. Porque usted o su jefe son quienes han creado esta situación.

– Me ha contratado una mujer joven de quien usted abusó, como ya le dije antes, doctor. Eso es lo que me ha puesto en contacto con usted.

– Por supuesto. Pues bien, señor Merlin -soltó Ricky a medida que su rabia crecía-, vaya a sentarse a otra parte. Este sitio está ocupado. Por mi. No quiero seguir hablando con usted. No me gusta que me mientan tan descaradamente, y no pienso escucharlo más. Hay muchos asientos en este tren… -Ricky señaló el vagón casi vacío-. Siéntese por ahí y déjeme solo. O por lo menos deje de mentirme.

Merlin no se movió.

– Eso no sería sensato -aseguró.

– Puede que esté cansado de comportarme de modo sensato -dijo Ricky-. Tal vez debería actuar sin reflexionar. Déjeme solo.

Pero no esperaba que el abogado lo hiciera.

– ¿Es así como se ha comportado? ¿De modo sensato? ¿Se ha puesto en contacto con un abogado como le aconsejé? ¿Ha tomado medidas para protegerse y proteger sus posesiones de un juicio y del bochorno? ¿Ha sido racional e inteligente en sus acciones?

– He tomado medidas -contestó Ricky.

No estaba seguro de que eso fuera exacto.

Era evidente que el abogado no le creía.

– Bueno, me alegra oír eso -señaló-. Tal vez podríamos llegar a un acuerdo entonces. Usted, su abogado y yo.

– Ya sabe cuál es el acuerdo que yo quiero, señor Merlin, o comoquiera que se llame. Así que, por favor, ¿podría dejar la farsa que se obstina en representar y decirme el motivo de que esté en este tren y sentado a mi lado?

– Ah, doctor Starks, detecto cierta desesperación en su voz.

– Bueno, ¿cuánto tiempo cree que me queda, señor Merlin?

– ¿Tiempo, doctor Starks? ¿Tiempo? Todo el que necesite, hombre…

– Hágame un favor, señor Merlin: váyase o deje de mentir.

Sabe muy bien de qué hablo.

Merlin lo miró con atención, con la misma sonrisita de gato de Cheshire en los labios. Pero a pesar de ese aire de autosuficiencia, había abandonado parte de su afectación.

– Bueno, doctor. Tictac, tictac. La respuesta a su última pregunta es: diría que le queda menos de una semana.

– Por fin una afirmación veraz. -Ricky inspiró con fuerza-.

Y ahora dígame quién es usted.

– Eso no importa. Un jugador más. Alguien contratado para hacer un trabajo. Y no soy la clase de persona que usted cree, ni mucho menos.

– Entonces, ¿por qué está aquí?

– Ya se lo dije: para animarlo.

– Muy bien -dijo Ricky con firmeza-. Anímeme.

Merlin pareció pensar por un instante y, acto seguido, le contestó:

– Creo que la frase inicial de Cuidados del bebé y del niño, del doctor Spock, seria adecuada en este momento.

– No he tenido ocasión de leer ese libro -comentó Ricky con amargura.

– La frase es: «Sabe más de lo que piensa».

Ricky reflexionó un momento antes de contestar con sarcasmo:

– Espléndido. Genial. Intentaré recordarlo.

– Valdría la pena que lo hiciera.

Ricky no respondió.

– ¿Por qué no me da su mensaje? -dijo en cambio-. Después de todo, es eso, ¿no? Un mensajero. Así que, adelante. ¿Qué quiere decirme?

– Urgencia, doctor. Ritmo. Velocidad.

– ¿Cómo?

– Acelere -soltó Merlin, sonriente, con un acento desconocido-. Tiene que hacer su segunda pregunta en el periódico de mañana. Tiene que avanzar, doctor. Si no desperdiciando el tiempo, por lo menos está dejándolo escapar.

– Todavía no he elaborado la segunda pregunta.

El abogado hizo una ligera mueca, como si estuviera incómodo en el asiento o notara los primeros indicios de un dolor de muelas.

– Eso se temían en ciertos círculos -indicó-. De ahí la decisión de darle un empujoncito.

Merlin levantó el maletín de piel que tenía entre los pies y se lo puso en el regazo. Cuando lo abrió, Ricky vio que contenía un ordenador portátil, varias carpetas y un teléfono móvil. También había una pistola semiautomática azul acero en una funda de piel. El abogado apartó el arma y sonrió al ver que Ricky la observaba. Cogió el teléfono y lo abrió, haciendo brillar ese exclusivo verde electrónico tan habitual en el mundo moderno. Se volvió hacia Ricky.

– ¿No le queda ninguna pregunta por hacer sobre esta mañana?

Ricky siguió mirando la pistola antes de responder:

– ¿A qué se refiere?

– ¿Qué vio esta mañana, de camino a la estación?

Ricky vaciló. No sabía que Merlin, Virgil o Rumplestiltskin supieran lo de su visita al doctor Lewis, pero entonces, de repente, comprendió que debían de saberlo si habían enviado a Merlin a reunirse con él en el tren.

– ¿Qué vio? -insistió Merlin.

– Un accidente -contestó con voz dura.

El abogado asintió.

– ¿Tiene la certeza de eso, doctor?

– Sí.

– La certeza es una presunción maravillosa -comentó Merlin-.

La ventaja de ser abogado en lugar de, pongamos por caso, psicoanalista es que los abogados trabajan en un mundo desprovisto de certeza. Vivimos en el mundo de la persuasión. Pero ahora que lo pienso, quizá no sea demasiado distinto para usted, doctor. Después de todo, ¿no lo persuaden de cosas?

– Vaya al grano.

– Apuesto a que nunca usó esta frase con un paciente. -El abogado sonrió de nuevo.

– Usted no es paciente mío.

– Cierto. Así que cree que vio un accidente. ¿De quién?

Ricky no estaba seguro de cuánto sabía Merlin sobre el doctor Lewis. Era posible que lo supiera todo. O que no supiera nada.

Guardó silencio.

El abogado contestó por fin a su propia pregunta.

– De alguien que conocía y en quien confiaba, y a quien fue a visitar con la esperanza de que pudiera ayudarle en su situación actual. Tenga… -Pulsó una serie de números del móvil y se lo pasó a Ricky-. Haga su pregunta. Pulse OK para conectar la llamada.