– Es posible -susurró a la vez que alzaba los ojos hacia Merlín.
– Es importante que entienda que todo es posible: simular un accidente automovilístico, presentar una denuncia por acoso sexual ante el organismo rector de su profesión, invadir sus cuentas bancarias, matar a sus familiares, sus amigos o incluso sus conocidos. Tiene que actuar, Ricky. ¡Actúe!
– ¿Es que no tenéis límite? -preguntó Ricky con un ligero temblor en la voz.
– Ninguno. -Merlin sacudió la cabeza-. Eso es lo que hace que todo sea tan fascinante para nosotros, los participantes. En las reglas de juego que estableció mi jefe todo puede formar parte de la actividad. Lo mismo es válido para su profesión, imagino. ¿No es así, doctor Starks?
– Supongo -repuso Ricky en voz ronca, mientras se movía inquieto en su asiento-. Tendría que largarme ahora mismo. Dejarlo aquí sentado con lo que contenga esa bolsa.
Merlín sonrió de nuevo. Se agachó y dobló un poco la parte superior de la bolsa para dejar al descubierto las letras F.A.S. grabadas en ella. Ricky observó las iniciales.
– ¿Cree que no hay nada en esta bolsa con una cabeza que le relacione a usted, Ricky? ¿No cree que la bolsa fue comprada con una de sus tarjetas de crédito antes de que fueran canceladas?
¿Y no cree que el taxista que le recogió esta mañana y le llevó a la estación recordará que lo único que llevaba era una bolsa de viaje azul de tamaño mediano? ¿Y que lo dirá a cualquier policía que se moleste en preguntárselo?
Ricky intentó humedecerse los labios para encontrar algo de humedad en este mundo.
– Por supuesto -prosiguió Merlin-, yo podría llevarme la bolsa. Y usted podría actuar como si no la hubiera visto nunca.
– ¿Cómo…?
– Haga su segunda pregunta, Ricky. Llame ahora al Times.
– No creo que…
– Ahora, Ricky. Estamos llegando a la estación de Pennsylvania y, cuando estemos en un túnel subterráneo, el teléfono no tendrá cobertura y esta conversación terminará. Decídase de una vez.
– Para subrayar sus palabras, empezó a marcar un número en el móvil-. Tenga -dijo-. He marcado el departamento de clasificados del Times. Haga la pregunta, Ricky.
Ricky tomó el teléfono y pulsó el OK. Oyó la misma voz de mujer que había atendido su llamada la semana anterior.
– Soy el doctor Starks -dijo despacio-. Me gustaría poner otro anuncio clasificado en la portada.
Mientras hablaba buscaba desesperadamente las palabras.
– Por supuesto, doctor. ¿Cómo va la gincana? -quiso saber la mujer.
– Voy perdiendo -contestó Ricky, y añadió-: El anuncio tendría que decir lo siguiente… -Se detuvo, inspiró profundamente y dijo:
Hace veinte años, como profesional, traté a gente pobre en un hospital.
Me marché para mejorar de posición.
¿Fue eso lo que motivó esta situación?
¿Que, al irme, en el olvido la dejara provocó que esa mujer se suicidara?
La mujer repitió las palabras de Ricky.
– Es una pista muy extraña para una gincana -concluyó.
– Es un juego extraño -respondió Ricky.
Le dio de nuevo la dirección para que mandara la factura y colgó.
– Muy bien, muy bien -dijo Merlin asintiendo con la cabeza-.
Muy inteligente, teniendo en cuenta el estrés al que está sometido.
Es usted muy hábil, doctor Starks. Quizá mucho más de lo que se Imagina.
– ¿Por qué no llama a su jefe y le informa? -replicó Ricky.
Pero Merlin sacudió la cabeza.
– ¿No le parece que nosotros estamos tan aislados de él como usted? ¿No le parece que un hombre con sus capacidades habrá interpuesto suficientes barreras entre él y la gente que ejecuta sus órdenes?
Ricky pensó que probablemente fuera cierto.
El tren reducía la velocidad y se metió de repente en un túnel dejando atrás la luz del mediodía mientras avanzaba hacia la estación. Las luces del vagón se encendieron y confirieron a todo y a todos un aspecto pálido, amarillento. Al otro lado de la ventanilla se veía pasar la forma oscura de vías, trenes y columnas de hormigón. A Ricky le produjo una sensación parecida a la de ser enterrado.
Merlin se levantó cuando el tren se detuvo.
– ¿Lee alguna vez el New York Daily News, Ricky? No, supongo que no le va la prensa sensacionalista. El mundo de la refinada clase alta del Times es más su estilo. Mis orígenes son mucho más humildes. Me gustan el Post y el Daily News. A veces cuentan historias que el Times no publicaría. Ya sabe, el Times cubre cosas sobre el Kurdistán y el News y el Post sobre el Bronx. Pero me parece que hoy a su mundo le iría bien leer esos periódicos en lugar del Times. ¿He hablado suficientemente claro, Ricky? Lea el Post y el News hoy porque incluyen una noticia que puede importarle.
Yo diría que le resultará fundamental.
Merlin hizo un ligero movimiento con la mano.
– Ha sido un viaje muy interesante, ¿no le parece, doctor?
– prosiguió-. Los kilómetros han pasado volando. -Señaló la bolsa de viaje-. Es para usted, doctor. Un regalo. Para animarlo, como dije.
Acto seguido Merlin se alejó, dejando a Ricky solo en el vagón.
– ¡Espere! -gritó Ricky-. ¡Alto!
Merlin siguió andando. Unas cuantas cabezas se volvieron hacia Ricky. Otro grito iba a salir de sus labios, pero lo contuvo. No quería que se fijaran en él. No quería llamar la atención de nadie.
Quería sumergirse en la penumbra de la estación y unirse al anonimato general. La bolsa de viaje con sus iniciales le bloqueaba la salida al pasillo, como un iceberg inmenso en su camino.
No podía dejar la bolsa, y tampoco llevársela.
El ánimo y las manos de Ricky temblaban. Se inclinó y la levantó del suelo. Algo cambió de posición en su interior y Ricky sintió náuseas. Levantó los ojos en busca de algo en el mundo a lo que aferrarse, algo normal, rutinario, corriente, que le recordara alguna clase de realidad y lo anclara a ella.
No lo encontró.
Así que sujetó la cremallera de la bolsa, vaciló, inspiró hondo y la abrió despacio. Contempló el interior.
La bolsa contenía un melón. Del tamaño de una cabeza y redondo.
Ricky soltó una risotada. El alivio lo invadió en un estallido de carcajadas y risitas. El sudor y el nerviosismo se disiparon. El mundo que había girado fuera de control a su alrededor se detuvo y pareció volver a ordenarse.
Cerró la cremallera y se puso de pie. El vagón estaba vacío, lo mismo que el andén, salvo por un par de mozos y dos revisores de chaqueta azul.
Ricky se echó la bolsa al hombro y recorrió el andén. Empezó a planear su siguiente paso. Estaba seguro de que Rumplestiltskin iba a ofrecerle datos sobre el tratamiento de su madre. Se permitió la ferviente esperanza de que la clínica hubiera conservado los historiales de los pacientes de hacia dos décadas. El nombre que su memoria había encontrado tan escurridizo podría figurar en una lista en el hospital.
Siguió adelante y sus zapatos resonaron en el andén en penumbras. El vestíbulo central de la estación de Pennsylvania estaba más adelante y avanzó a un ritmo constante y rápido hacia el brillo de las luces. Mientras caminaba con determinación militar hacia el iluminado vestíbulo, divisó a uno de los mozos, sentado en una carretilla y enfrascado en la lectura del Daily News mientras esperaba la llegada del siguiente tren. En ese mismo instante, el hombre abrió el periódico de modo que Ricky pudo ver el gran titular de portada, impreso en esas mayúsculas inconfundibles que buscan llamar la atención:
UNA AGENTE DE POLICÍA EN COMA TRAS UN ATROPELLO CON FUGA
Y debajo el subtítulo:
SE SOSPECHA DEL VIOLENTO MARIDO
17
Ricky se sentó en un banco de madera en medio de la estación con un ejemplar del News y otro del Post en el regazo, ajeno al flujo de gente que lo rodeaba, encorvado como un árbol solitario que se inclina bajo la fuerza de un vendaval. Cada palabra que leía parecía acelerarse, deslizándose por su imaginación como un coche fuera de control, con los frenos bloqueados y un chirrido de impotencia, incapaz de detenerse en su trayectoria hacia un choque inevitable.