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Las dos historias contenían los mismos detalles: Joanne Riggins, una detective de treinta y cuatro años de la policía de Nueva York, había sido víctima de un atropello con fuga la noche anterior a menos de media manzana de su casa cuando cruzaba la calle. La mujer estaba en coma, conectada a sistemas de mantenimiento de vida, en el Brooklyn Medical Center después de una operación de urgencia. Pronóstico reservado. Los testigos contaron a ambos periódicos que habían visto huir del lugar del accidente un Pontiac Firebird rojo, un vehículo como el que poseía el ex marido de la detective. Aunque todavía no se había encontrado el automóvil, la policía estaba interrogando al ex marido. El Post informaba que el hombre afirmaba que le habían robado el coche la noche anterior al atropello. El News revelaba que la víctima había obtenido una orden de restricción contra él durante el divorcio y que otra mujer policía había obtenido una segunda, precisamente la misma mujer que había acudido en ayuda de la detective Riggins segundos después de ser embestida por el coche. El periódico informaba también que el ex marido había amenazado en público a su esposa durante el último año de su matrimonio.

Era una historia ideal para un periódico sensacionalista, llena de indicios de un sórdido triángulo sexual, de una infidelidad tempestuosa y de pasiones desatadas que al final habían desembocado en violencia.

Ricky sabía también que era básicamente falsa.

No la mayoría de la historia, por supuesto; sólo un pequeño aspecto: el conductor del coche no era el ex marido, aunque éste fuese el sospechoso más obvio. Ricky sabía que tardarían mucho tiempo en llegar a creer las declaraciones de inocencia del ex marido y todavía más en examinar cualquier coartada que arguyera.

Probablemente al hombre se lo podría acusar de pensar y desear que se produjera un hecho así, y sin duda quien había preparado el accidente también lo sabía.

Estrujó el News, furioso, casi como si retorciera el cuello de un animalito, y lo arrojó a un lado, esparciendo las hojas sobre el banco de madera. Pensó en llamar a los policías que investigaran el caso, incluso al jefe de Riggins en la comisaría. Intentó imaginar a uno de los compañeros de trabajo de Riggins escuchando su relato. Sacudió la cabeza con creciente desesperación. No había ninguna posibilidad de que alguien prestara atención a su historia.

Ni una palabra.

Levantó la cabeza despacio, una vez más con la sensación de que lo estaban observando. Inspeccionando. Sus reacciones eran medidas como si fuera objeto de algún siniestro estudio clínico. La sensación le dejó la piel fría y sudorosa. Se le puso carne de gallina en los brazos. Miró alrededor del amplio vestíbulo. En pocos segundos, decenas, centenares, quizás hasta millares de personas pasaron por su lado. Pero él se sentía completamente solo.

Se levantó y, como un hombre herido, se dirigió hacia el exterior de la estación, en dirección a la parada de taxis. Junto a la entrada había un indigente que pedía limosna, lo que sorprendió a Ricky; la policía solía desalojarlos de los lugares destacados. Se detuvo y echó toda la calderilla que tenía en el vaso de plástico vacío del hombre.

– Tenga -dijo Ricky-. No lo necesito.

– Gracias, señor, gracias -contestó el menesteroso-. Que Dios le bendiga.

Ricky lo observó un momento y vio llagas en sus manos y lesiones que le marcaban la cara medio ocultas por una barba raquítica. Suciedad, mugre, harapos. Con estragos debidos a las calles y a la enfermedad mental, el hombre podría tener cualquier edad entre cuarenta y sesenta años.

– ¿Se encuentra bien? -preguntó Ricky.

– Si, señor. Si, señor. Gracias. Que Dios le bendiga por su generosidad. Que Dios le bendiga. ¿Tiene calderilla? -El indigente había girado la cabeza hacia otra persona que salía de la estación-. ¿Tiene calderilla?

Repetía el estribillo sin prestar atención a Ricky, que seguía de pie frente a él.

– ¿De dónde es? -le preguntó Ricky.

El vagabundo lo observó con repentina desconfianza.

– De aquí -afirmó con cautela señalando su lado de la acera-.

De allá -añadió, señalando el otro lado de la calle-. De todas partes -concluyó haciendo un círculo con los brazos alrededor de la cabeza.

– ¿Dónde está su hogar?

El hombre se señaló la frente. Eso tenía sentido para Ricky.

– Bueno, pues, que le vaya bien -dijo Ricky.

– Sí, señor. Sí, señor. Que Dios le bendiga. -Y retomó su letanía el hombre-: ¿Tiene calderilla?

Ricky se alejó y, de repente, se preguntó si habría condenado a ese indigente por el mero hecho de hablar con él. Se dirigió hacia la parada de taxis. ¿Acaso todas las personas con las que se relacionase se convertirían en un blanco? Le había sucedido a la detective, podía haberle ocurrido a Lewis. Y Zimmerman. Un herido, un desaparecido, un muerto.

«Si tuviera un amigo, no podría llamarlo -pensó-. Si tuviera una amante, no podría ir a verla. Si tuviera un abogado, no podría pedirle hora. Si tuviera dolor de muelas, ni siquiera podría ir a que me pusieran un empaste sin poner en peligro al dentista. Las personas a quienes toco se convierten en vulnerables.»

Ricky se detuvo en la acera y se observó las manos.

«Veneno -pensó-. Me he convertido en veneno.»

Abatido por esa idea, pasó de largo la fila de taxis que esperaban. Siguió por la ciudad en dirección a Park Avenue. Los ruidos y el ajetreo de la ciudad, un movimiento y un sonido incesantes, no lo alcanzaban, de modo que avanzaba en lo que le parecía un silencio absoluto, ajeno al mundo que lo rodeaba, mientras era como sí su propio mundo se redujera con cada paso que daba. Estaba a unas sesenta manzanas de su casa y las recorrió todas apenas consciente de haber respirado siquiera durante el trayecto.

Se encerró en su casa y se desplomó en la butaca de su consulta.

Ahí pasó el resto del día y toda la noche, temeroso de salir, temeroso de estarse quieto, temeroso de recordar, temeroso de dejar la mente en blanco, temeroso de estar despierto, temeroso de dormir.

Debió de haber echado una cabezada en algún momento hacia la madrugada porque, cuando se despertó, el día ya brillaba en las ventanas. Tenía el cuello rígido y todas las articulaciones le crujieron irritadas por haber pasado la noche sentado. Se levantó con cuidado y fue al cuarto de baño, donde se cepilló los dientes y se mojó la cara. Se miró un momento en el espejo y observó que la tensión parecía haber dejado huella en todas sus líneas y ángulos. Pensó que desde los últimos días de su mujer no había tenido un aspecto tan cercano a la desesperación, sentimiento que, según admitió compungido, era el más parecido emocionalmente a la muerte.

El calendario con la equis en la mesa ya tenía más de dos terceras partes llenas.

Marcó otra vez el número del doctor Lewis en Rhinebeck, en vano. Llamó a información de esa zona, pensando que tal vez tuviera un nuevo teléfono, pero no logró nada. Pensó en llamar al hospital o al depósito de cadáveres para averiguar qué era cierto y qué era falso, pero se abstuvo. No estaba seguro de querer saber la respuesta.

Lo único a lo que podía aferrarse era un comentario que había hecho Lewis durante su conversación. Todo lo que Rumplestiltskin estaba haciendo era, al parecer, para acercar más a Ricky hacia él.

Pero Ricky no podía imaginar con qué fin, aparte de la muerte.

El Times estaba frente a su puerta, lo recogió y vio su pregunta en la parte inferior de la portada, junto a un anuncio que pedía hombres para un experimento sobre la impotencia. El rellano de su casa estaba silencioso y vacío. Era un espacio poco iluminado, polvoriento. El único ascensor pasó de largo con un crujido. Las demás puertas, pintadas todas de negro con un número dorado en el centro, estaban cerradas. Supuso que la mayoría de los inquilinos estaría de vacaciones.