Repasó con rapidez las páginas del periódico, con cierta esperanza de que la respuesta estuviera en su interior porque, después de todo, Merlin había oído la pregunta y seguramente la habría transmitido a su jefe. Pero no encontró ningún indicio de Rumplestiltskin en el periódico. No le sorprendió. No le parecía probable que usara la misma técnica dos veces, porque eso lo haría más vulnerable, tal vez más reconocible.
La idea de tener que esperar la respuesta veinticuatro horas le resultaba agobiante. Sabía que tenía que avanzar incluso sin ayuda. Lo único que le pareció viable fue intentar encontrar los historiales de las personas que atendió en la clínica donde había trabajado tan poco tiempo veinte años atrás. Era una posibilidad muy remota pero, por lo menos, le daría la impresión de que estaba haciendo algo más que esperar que venciera el plazo. Se vistió deprisa y se dirigió a la puerta de su piso. Pero una vez estuvo con la mano en el pomo, a punto de salir, se detuvo. Una oleada repentina de ansiedad le recorrió el cuerpo; el corazón se le aceleró y las sienes empezaron a palpitarle. Era como si un calor insoportable le hubiese traspasado hasta el centro de su cuerpo. Una parte de él le gritaba advirtiéndole que no saliera, que fuera de su casa no estaba seguro. Por un instante, le hizo caso y retrocedió.
Inspiró hondo para intentar controlar este pánico desmedido.
Reconoció lo que le estaba pasando. Había tratado a muchos pacientes con ataques de ansiedad parecidos. En el mercado había Xanax, Prozac y antidepresivos de toda clase, y a pesar de su renuencia a recetar, se había visto obligado a hacerlo en más de una ocasión.
Se mordió el labio inferior al comprender que una cosa es tratar algo y otra vivirlo. Se alejó otro paso de la puerta con la mirada puesta en la hoja mientras imaginaba lo que había al otro lado, tal vez en el rellano, sin duda en la calle, donde le esperaban todo tipo de terrores. Había demonios aguardándole en la acera, como una muchedumbre enfurecida. Un oscuro viento parecía envolverlo y pensó que, si salía, seguramente moriría.
En ese instante fue como si todos los músculos le gritaran que retrocediera, que se refugiara en la consulta y se escondiera.
Clínicamente, conocía la naturaleza de su pánico.
La realidad, sin embargo, era mucho más dura.
Combatió el impulso de retroceder y notó cómo sus músculos se tensaban y se quejaban, igual que cuando uno tiene que levantar algo muy pesado del suelo y se produce esa medición instantánea de la fuerza frente al peso, términos de una ecuación que da como resultado levantarlo y transportarlo o dejarlo en el suelo.
Éste era uno de esos momentos para Ricky, y necesitó hasta el último ápice de voluntad para superar la sensación de miedo total y absoluto.
Como un paracaidista que se lanza a la oscuridad sobre territorio enemigo, logró obligarse a abrir la puerta y salir. Dar ese paso le resultó casi doloroso.
18
Cuando llegó a la calle, estaba sudando y mareado por el esfuerzo. Debía de tener los ojos desorbitados, estar pálido e ir desaliñado, porque un joven que pasaba se volvió y lo miró antes de acelerar el paso y alejarse deprisa. Ricky avanzó casi tambaleante hacia la esquina, donde podía parar con más facilidad un taxi.
Llegó a la esquina, se paró para enjugarse el sudor de la cara y se acercó al bordillo con la mano en alto. En ese instante, un taxi amarillo se detuvo milagrosamente delante de él para que bajara un pasajero. Ricky sostuvo la puerta abierta para quien se apeaba y, de ese modo tan habitual en la ciudad, conseguir taxi.
Quien salió fue Virgil.
– Gracias, Ricky -dijo la mujer con ligereza. Se ajustó las gafas de sol que llevaba y sonrió ante la consternación que debió de reflejar el rostro de él-. Te he dejado el periódico para que lo leas -añadió.
Y sin más, se alejó deprisa por la calle. En unos segundos, había doblado la esquina y desaparecido.
– Oiga, ¿quiere que lo lleve o no? -le urgió con brusquedad el taxista. Ricky seguía sujetando la puerta, de pie en el bordillo.
Miró dentro y vio un ejemplar del Times de ese día doblado en el asiento, así que subió al coche-. ¿Adónde? -preguntó el hombre.
Ricky fue a contestar pero se detuvo.
– La mujer que acaba de bajar, ¿dónde la recogió? -preguntó a su vez.
– Era muy rara -contestó el taxista-. ¿La conoce?
– Si. Más o menos.
– Bueno, me para a dos manzanas de aquí, me dice que siga allí mismo con el taxímetro en marcha todo el rato mientras ella está ahí sentada sin hacer nada excepto mirar por la ventanilla y tener el móvil pegado a la oreja, pero sin hablar con nadie, sólo escuchando. De repente me dice «¡Vamos allí!» y me señala donde está usted. Me pasa un billete de veinte por el cristal y me dice: «Ese hombre es su próximo cliente. ¿Lo entiende?». Le contesto: «Lo que usted diga, señora», y hago lo que me ha pedido. Y aquí está usted. Era muy atractiva, la señora. ¿Adónde vamos?
– ¿No se lo dijo ella? -preguntó Ricky tras una pausa.
– Ya lo creo, joder -sonrió el taxista-. Pero me dijo que tenía que preguntárselo de todos modos, para ver si lo adivinaba.
– Al hospital Columbia Presbyterian -asintió Ricky-. La clínica para pacientes externos de la Ciento cincuenta y dos con West End.
– ¡Bingo! -exclamó el conductor, que puso en marcha el taxímetro y aceleró para unirse al tráfico de media mañana.
Ricky tomó el periódico que yacía en el asiento. Al hacerlo, se le ocurrió una pregunta y se inclinó hacia la mampara de plástico entre conductor y pasajero.
– Oiga -dijo-. ¿Esa mujer le dijo qué hacer si yo le daba otra dirección? ¿Un sitio distinto del hospital?
El taxista sonrió.
– ¿Qué es esto, alguna clase de juego?
– Podría decirse así -contestó Ricky-. Pero no creo que le gustara jugarlo.
– No me importaría jugar a una o dos cosas con ella, ya me entiende.
– Si le importaría -le contradijo Ricky-. Puede pensar que no, pero yo le aseguro que sí.
– Ya -asintió el hombre-. Algunas mujeres con el aspecto de esa causan más problemas de lo que valen. Podría decirse que no valen lo que cuesta la entrada.
– Exactamente -aseguró Ricky.
– En cualquier caso, tenía que llevarle al hospital dijera lo que dijera. Me explicó que usted lo entendería cuando llegáramos. Me dio cincuenta dólares para que lo llevara.
– Tiene dinero -dijo Ricky, y se reclinó en el asiento.
Respiraba con dificultad y el sudor le seguía nublando los ojos y manchándole la camisa. Abrió el periódico.
Encontró lo que buscaba en la página 113, escrito con el mismo bolígrafo rojo y en mayúsculas sobre un anuncio de lencería de los almacenes Lord amp; Taylor, de modo que las palabras cubrían la figura esbelta de la modelo y tapaban la ropa interior que lucía.
Ricky se acerca cada vez más, en su búsqueda hacia atrás.
La ambición la mente le nubló, y lo que decía la mujer ignoró.
La dejó confusa, a la deriva, tan perdida que le costó la vida.
El hijo, que vio la equivocación, quiere vengarse sin dilación.
Antes era pobre y rico ahora; cumplirá su deseo sin demora.
¿Visitar los archivos del hospital bastará para lograr el triunfo final?
Hay algo que Ricky no puede olvidar:
tiene setenta y dos horas para jugar.
Los versos parecían burlones y cínicos a pesar de su estructura infantil. Le recordó un poco la infinita tortura del patio de un jardín de infancia, con burlas e insultos cantarines. Sin embargo, los resultados que Rumplestiltskin tenía en mente no eran infantiles. Ricky arrancó la página, la dobló y se la metió en un bolsillo.
Arrojó el resto del Times al suelo del taxi. El conductor maldecía entre dientes al tráfico, manteniendo una conversación constante con todos los camiones, coches y algún que otro ciclista o peatón que le obstruían el paso. Lo más interesante de su conversación era que nadie podía oírla. No bajaba la ventanilla y gritaba palabrotas, ni tocaba el claxon como hacen algunos taxistas en una reacción nerviosa al tráfico que los rodea. En lugar de eso, ese hombre se limitaba a hablar, daba instrucciones, lanzaba desafíos e indicaba maniobras mientras conducía, con lo que, en cierto modo extraño, debía sentirse relacionado, o por lo menos como si interactuara con todo lo que se situaba en su campo visual. O en su punto de mira, según como se viera. Ricky pensó que era algo insólito pasarse todos los días de la vida teniendo conversaciones que nadie oía. Pero después se preguntó si no hacemos todos lo mismo.