Tomó otro expediente y se preguntó cómo había logrado durar seis meses en la clínica. Pensó que todo ese tiempo se había sentido impotente, y que la impotencia que ahora sentía ante Rumplestiltskin no era distinta.
Con ese pensamiento impulsando sus emociones, se dedicó a la lectura de los doscientos setenta y nueve expedientes de las personas que había tratado tantos años atrás.
Dos terceras partes de esas personas eran mujeres. Como muchas de las casadas con la pobreza, exhibían los harapos de la enfermedad mental de modo tan evidente como los cortes y cardenales de los malos tratos que recibían a diario. Lo había visto todo, desde la adicción hasta la esquizofrenia. Cuán impotente se había sentido. Había huido de vuelta a la clase media alta de donde procedía, donde la baja autoestima y los problemas que la acompañaban podían hablarse para lograr si no su curación, si su aceptación. Se había sentido estúpido al intentar hablar con algunos de los pacientes de la clínica, como si el diálogo pudiera resolver su angustia mental, cuando lo más probable era que un revólver y unas buenas agallas les hubieran sido más útiles, elección que, según recordaba, unos cuantos habían hecho después de darse cuenta de que una cárcel era preferible a la otra.
Abrió otro expediente y vio sus notas escritas a mano. Las sacó y procuró relacionar el nombre del paciente con las palabras que había garabateado. Pero las caras parecían etéreas, ondulantes, como el calor distante sobre una carretera un día de verano.
«¿Quién eres? -preguntó en silencio, y añadió-: ¿Qué ha sido de ti?»
A unos pasos de distancia, al empleado de los archivos se le cayó un lápiz al suelo y, soltando un juramento, se agachó a recogerlo.
Ricky lo observó incorporarse de nuevo ante la pantalla de su ordenador. Y en ese instante vio algo. Fue como si el modo en que la espalda del hombre se encorvaba, el tic nervioso que le llevaba a repiquetear la mesa con el lápiz y la forma como se inclinaba hablaran un lenguaje que Ricky debería haber entendido desde el primer momento, a partir del modo como el hombre había cogido el dinero. Pero Ricky era sólo un principiante en estos menesteres y pensó que eso explicaba por qué había tardado tanto en comprender. Se levantó de la mesa y se situó detrás del hombre.
– ¿Dónde está? -preguntó en voz baja, y sujetó con fuerza la nuca del hombre.
– ¡Oiga! ¿Qué…? -Lo había pillado por sorpresa. Intentó cambiar de posición, pero la presa de Ricky le limitaba los movimientos-. ¡Ay! ¿Qué demonios hace?
– ¿Dónde está? -repitió Ricky con fiereza.
– ¿De qué habla? ¡Joder! ¡Suélteme!
– No hasta que me diga dónde está -dijo Ricky, y con la otra mano empezó a apretar el cuello del hombre-. ¿No le dijeron que yo era un desesperado? ¿No le dijeron la presión a la que estoy sometido? ¿No le dijeron que puedo ser inestable, que podría hacer cualquier cosa?
– ¡No! ¡Por favor! ¡Ay! ¡No, mierda, no lo dijeron! ¡Suélteme!
– ¿Dónde está?
– ¡Se lo llevaron!
– No le creo.
– ¡De verdad!
– De acuerdo. ¿Quién se lo llevó?
– Un hombre y una mujer. Hace dos semanas. Vinieron aquí.
– ¿El hombre iba bien vestido, era barrigón y se presentó como abogado? ¿La mujer era muy atractiva?
– ¡Sí! Los mismos. ¿De qué mierda va todo esto?
Ricky soltó al hombre, que al instante se apartó de él.
– Dios mío -exclamó mientras se frotaba la clavícula-. ¿A qué viene tanto follón?
– ¿Cuánto le pagaron?
– Más que usted. Mucho más. No pensé que fuese tan importante, ¿sabe? Sólo era un viejo expediente que nadie había mirado en dos décadas. ¿Qué problema hay?
– ¿Para qué le dijeron que era?
– El hombre explicó que tenía relación con un asunto legal referente a una herencia. No lo vi claro, ¿sabe? La gente que viene a esta clínica no suele recibir gran cosa en herencia. Pero el hombre me dio su tarjeta y me dijo que devolvería el expediente cuando ya no lo necesitase. No vi ningún problema en ello.
– Sobre todo cuando le dio dinero.
El hombre parecía renuente, pero se encogió de hombros.
– Mil quinientos. En billetes nuevos de cien. Los sacó de un fajo, como un gángster antiguo. Tengo que trabajar dos semanas para ganar ese dinero, ¿sabe?
La coincidencia de la cantidad no pasó desapercibida a Ricky.
El valor en centenares de quince días. Echó un vistazo al montón de expedientes y se desesperó al pensar en las horas desperdiciadas. Miró otra vez al empleado.
– ¿Así que el archivo ya no está?
– Lo siento, doctor. No pensé que fuera tan importante. ¿Quiere la tarjeta de ese abogado?
– Ya tengo una. -Siguió mirándolo fijamente-. Tomaron el expediente y le pagaron, pero usted no es tan estúpido, ¿verdad?
– ¿Qué quiere decir?
El hombre se movió con nerviosismo.
– Quiero decir que no es tan estúpido. Y no ha trabajado en un archivo de historiales todos estos años sin aprender algo sobre guardarse las espaldas, ¿no? Por lo tanto, en estos montones falta un expediente, pero usted hizo algo.
– ¿De qué está hablando?
– No entregó ese expediente sin fotocopiarlo antes, ¿verdad?
No importa cuánto le pagara ese hombre, pensó que tal vez alguien más interesado podría tener más dinero que el abogado y la mujer. De hecho, puede que incluso ellos le dijeran que alguien podría venir a buscarlo, ¿me equivoco?
– Puede que lo dijeran.
– Y tal vez usted pensó que podría sacar otros mil quinientos o incluso más silo fotocopiaba, ¿correcto?
– ¿Va a pagarme también? -repuso el hombre.
– Considere como pago que no llame a su jefe -dijo Ricky.
El hombre suspiró a la vez que calibraba esta afirmación, pero vio suficiente cólera y estrés en la cara de Ricky para creérsela.
– No había gran cosa en el expediente -indicó despacio-. Un formulario de ingreso y un par de hojas con notas e instrucciones unidas a un formulario de diagnóstico. Es lo que fotocopié.
– Deme esos papeles -exigió Ricky.
El hombre vaciló.
– No quiero más problemas -soltó-. Suponga que viene alguien más buscando este material.
– Yo soy la única persona que podría venir -aseguró Ricky.
El hombre se agachó y abrió un cajón, de donde sacó un sobre que entregó a Ricky.
– Tenga -dijo-. Y ahora déjeme en paz.
Contenía los documentos necesarios. Ricky resistió el impulso de estudiarlos ahí mismo, diciéndose que tenía que estar solo cuando investigara su pasado. Se guardó el sobre en la chaqueta.
– ¿Eso es todo? -preguntó.
El hombre vaciló, volvió a agacharse y sacó otro sobre, éste más pequeño, del cajón de la mesa.
– Tenga -dijo-. Esto también va. Estaba sujeto al exterior del expediente, con un clip. No se lo di al hombre. No sé por qué.
Imaginé que ya lo tenía, porque parecía saberlo todo sobre el caso.
– ¿Qué es?
– Un informe policial y un certificado de defunción.
Ricky inspiró hondo y se llenó los pulmones con el aire viciado del sótano del hospital.
– ¿Qué es tan importante sobre una pobre mujer que vino al hospital hace veinte años? -preguntó el empleado.
– Alguien cometió un error -contestó Ricky.
– Y ahora alguien tiene que pagar, ¿eh? -comentó el hombre, que pareció aceptar esa explicación.