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Así que no sería razonable pedirles que ahora derramaran lágrimas por él.

La única persona que experimentaría verdadera emoción en el banco de la iglesia seria el hombre que le había causado la muerte.

«Estoy completamente solo», pensó Ricky.

¿De qué serviría rodear con un circulo el nombre «R. 5. 5km» de la carta y dejarlo para algún inspector con la nota: «Éste es el hombre que me obligó a suicidarme»?

Ese hombre no existía. Por lo menos, a un nivel en el que fuera capaz de encontrarlo un policía local de Wellfleet, Massachusetts, en plena temporada veraniega, cuando los delitos consistían básicamente en hombres de mediana edad que conducían a casa borrachos después de una fiesta, en riñas domésticas entre los ricos y en adolescentes escandalosos que querían comprar sustancias ilegales.

Y peor aún: ¿quién lo creería? En lugar de eso, lo que cualquiera que investigara su vida descubriría casi de inmediato sería que su mujer había muerto, que su carrera estaba destrozada debido a una acusación por abusos sexuales, que sus finanzas eran un caos y que un accidente había destruido su casa. Una base fértil para una depresión suicida.

Su suicidio tendría sentido para cualquiera que lo examinara.

Incluidos todos sus colegas de Manhattan. En apariencia, que se hubiera quitado la vida seria un caso típico de manual. Nadie vería en ello nada raro.

Por un instante, sintió un arrebato de cólera contra sí mismo:

«Te has convertido en un blanco muy fácil». Cerró los puños y golpeó con fuerza el tablero de la mesa.

– ¿Quieres vivir? -dijo en voz alta tras inspirar hondo.

La habitación permaneció en silencio. Escuchó, como si esperara alguna respuesta fantasmagórica.

– ¿Qué hay en tu vida que haga que valga la pena vivirla? -pregunto.

De nuevo, la única respuesta fue el rumor distante de la noche veraniega.

– ¿Podrás vivir si eso le cuesta la vida a otra persona?

Inspiró otra vez y se respondió sacudiendo la cabeza.

– ¿Tienes elección?

El silencio le respondió.

Ricky comprendió algo con una claridad meridiana: en veinticuatro horas, el doctor Frederick Starks tenía que morir.

20

Pasó el último día de su vida efectuando preparaciones febriles. En la tienda de suministros del puerto deportivo compró dos depósitos de veinte litros para combustible de motores fuera borda, del tipo pintado en rojo que va al fondo de un esquife, conectado con el motor. Eligió el par más barato, después de pedir ayuda a un adolescente que trabajaba en la tienda. El muchacho intentó convencerlo de que se llevara unos depósitos un poco más caros que iban provistos de indicador de combustible y de válvula de seguridad, pero Ricky los rechazó con fingido desdén. El chico le preguntó para qué necesitaba dos y Ricky le indicó que uno solo no le bastaba para lo que tenía en mente. Simuló cólera e insistencia, y fue todo lo prepotente y desagradable que pudo hasta el momento en que pagó en efectivo.

Entonces aparentó recordar algo y pidió con brusquedad al adolescente que le mostrara pistolas de bengalas. El muchacho le enseñó media docena y Ricky eligió también la más barata, aunque el dependiente le advirtió que era de muy poco alcance, y tal vez no más de quince metros de altura. Sugirió otros modelos, un poco más caros, de mayor potencia y que proporcionaban más seguridad. Pero Ricky siguió desdeñoso y comentó que sólo esperaba usar la bengala una vez. Luego pagó en efectivo, tras quejarse del precio total.

Ricky imaginó que el adolescente estaría encantado de verlo marchar.

Su siguiente parada fue en una farmacia, donde pidió ver al farmacéutico encargado. El hombre, con una chaqueta blanca y un aire algo oficioso, salió de la trastienda. Ricky se presentó.

– Necesito que me suministre una receta -dijo, y le dio su número de colegiado-. Elavil. Una dosis de pastillas de treinta miligramos para treinta días. Nueve mil miligramos en total.

El hombre sacudió la cabeza, sorprendido.

– No he suministrado una cantidad así en mucho tiempo, doctor. Y en el mercado hay algunos fármacos nuevos que son mucho más efectivos, con menos efectos secundarios y no tan peligrosos como el Elavil. Es casi una antigualla. Hoy en día apenas se usa.

Verá, tengo algo almacenado que todavía no ha caducado, pero ¿está seguro de que lo quiere?

– Por completo -contestó Ricky.

El farmacéutico se encogió de hombros, sugiriendo que había hecho todo lo posible por convencerlo de que se llevara un antidepresivo más eficaz.

– ¿Qué nombre debo poner en la etiqueta? -preguntó.

– El mío -indicó Ricky.

Al salir, Ricky se dirigió a una pequeña papelería. Sin prestar atención a las hileras de tarjetas de felicitación para desear una pronta recuperación, dar el pésame, felicitar por el nacimiento de un bebé, por un cumpleaños o por un aniversario que abarrotaban los pasillos, tomó un bloc barato de papel de carta pautado, doce sobres gruesos y dos bolígrafos. En el mostrador, donde pagó, también consiguió sellos para los sobres. Necesitaba once. La joven cajera ni siquiera le miró a los ojos mientras marcaba los precios.

Lanzó todo al asiento trasero del viejo Honda y condujo deprisa por la carretera 6 hacia Provincetown. Esta población, al final del cabo, tenía una relación curiosa con los demás centros vacacionales cercanos. Recibía visitantes mucho más jóvenes y modernos, a menudo gays o lesbianas, que parecían el polo opuesto de los médicos, abogados, escritores y académicos que atraían Wellfleet y Truro. Estas dos poblaciones eran para relajarse, tomar cócteles y hablar de libros y de política, y de quién se divorciaba y quién tenía alguna aventura amorosa y, por lo tanto, estaban rodeadas de una especie de pesadez y monotonía casi constantes. En verano, Provincetown poseía ritmo musical y energía sexual. No se trataba de relajarse y recuperar biorritmos, sino de divertirse y relacionarse. Era un lugar donde las exigencias de la juventud y la energía eran primordiales. Había pocas oportunidades de que allí lo viera algún conocido. Por consiguiente, era el lugar ideal para su siguiente compra.

En una tienda de deportes se proveyó de una mochila negra como las que usan los estudiantes para llevar los libros. También de la billetera más barata y de un par de zapatillas de deporte normales. Al hacer estas compras, habló lo menos posible con el dependiente y evitó el contacto visual aunque no actuó de modo furtivo, lo que podría haber atraído su atención, sino que tomó las decisiones con presteza para que su presencia en la tienda pasara inadvertida.

Luego se dirigió a otra farmacia, donde compró tinte negro para el pelo, unas gafas de sol baratas y unas muletas ajustables de aluminio, no del tipo que llega hasta la axila y que prefieren los atletas lesionados, sino de la clase que utilizan las personas incapacitadas por alguna que otra enfermedad, con un asidero y un soporte semicircular para la mano y el antebrazo.

Hizo otra parada en Provincetown, en la terminal de autobuses Bonanza, una pequeña oficina junto a la carretera con un solo mostrador, tres sillas para esperar y un estacionamiento asfaltado con capacidad para varios autobuses. Esperó fuera con las gafas de sol puestas hasta que llegó un autobús del que bajó un grupo de visitantes de fin de semana y entró a efectuar su compra con rapidez.

En el Honda, de regreso a casa, pensó que apenas le quedaba tiempo suficiente ese día. La luz del sol daba en el parabrisas y el calor circulaba por las ventanillas abiertas. Era ese momento de la tarde veraniega en que las personas se reúnen en la orilla del mar, llaman a los niños para que salgan del agua, recogen las toallas, las neveras portátiles, los cubos y las palas de plástico y emprenden el camino algo incómodo hacia sus vehículos: un momento de transición antes de sumergirse en la rutina nocturna de la cena y una película, una fiesta o un rato tranquilo leyendo una vieja novela en rústica. Era el momento en que Ricky, los años anteriores, habría disfrutado de una ducha caliente y luego habría charlado con su mujer sobre cosas corrientes de su vida: alguna fase especialmente difícil de un paciente en su caso, un cliente que no podía salir de un aprieto en el de ella. Pequeños momentos que llenaban días, sencillos pero fascinantes, en el esquema de su apacible vida conyugal.