Después se situó frente a las ventanas del salón. El olor a gasolina que rezumaba la casa se mezclaba con el que tenía en las manos y la ropa. Pensó en lo incongruentes que resultaban esos olores fuertes, en contraste con el calor del verano, la madreselva y las flores silvestres más un ligerísimo toque salobre del mar que impregnaban la brisa que se deslizaba inocentemente entre los árboles. Inspiró hondo una sola vez, procuró no pensar en lo que estaba haciendo, apuntó con la pistola, la amartilló y disparó a la ventana central. La bengala formó un arco en medio de la noche y dejó una estela de luz blanca en la oscuridad entre su posición y la casa para atravesar la ventana con un tintineo de cristales rotos. Esperaba una explosión, pero en su lugar oyó un ruido sordo y apagado, seguido de un brillante chisporroteo. En unos segundos vio las primeras llamas danzando por el suelo y propagándose por el salón.
Corrió hacia el Honda. Para cuando había subido al coche, toda la planta baja estaba en llamas. Mientras bajaba por el sendero de entrada, oyó la explosión cuando el fuego alcanzó el gas de la cocina.
Decidió no mirar atrás y aceleró hacia la noche cada vez más oscura.
Condujo con cuidado y sin pausa hasta un lugar que conocía desde hacia años, Hawthorne Beach. Estaba a unos cuantos kilómetros por un angosto y solitario camino asfaltado, alejado de toda urbanización, aparte de un par de casas viejas parecidas a la suya.
Al pasar frente a cualquier casa que pudiera estar habitada, apagaba las luces. En la zona de Wellfleet había varias playas que habrían servido para su propósito, pero ésta era la más aislada y en la que tenía menos probabilidades de encontrar algún grupo de adolescentes de juerga. Había un pequeño estacionamiento a la entrada de la playa, donde solía operar el Trustees of Reservations, la asociación ecológica de Massachusetts dedicada a proteger los lugares naturales del estado. El aparcamiento tenía capacidad para unos veinte coches y a las nueve y media de la mañana solía estar lleno porque la playa era espectacular: una amplia extensión de arena a los pies de un acantilado de unos quince metros recubierto de matas de costera verde, con algunas de las olas más fuertes del cabo. La combinación gustaba tanto a las familias que disfrutaban del paisaje como a los surfistas que gozaban con las olas y la fuerza de la marea, de modo que su deporte incluía siempre algo de riesgo. Al final del estacionamiento había un cartel de advertencia: CORRIENTES FUERTES Y RESACA PELIGROSA.
NO NADAR SIN LA PRESENCIA DEL SALVAVIDAS. ATENCIÓN A LAS CONDICIONES AMENAZADORAS.
Ricky aparcó junto al cartel. Dejó las llaves puestas. Colocó los sobres con los donativos en el salpicadero y dejó el sobre con la carta dirigida a la policía de Wellfleet en el asiento del conductor.
Tomó las muletas, la mochila, las zapatillas de deporte y la muda, y se alejó del coche. Puso esas cosas en lo alto del acantilado, a unos metros de la valla de madera que señalaba el angosto sendero que bajaba a la playa, después de sacar la fotografía de su mujer del bolsillo exterior de la mochila y ponérsela en el bolsillo de los pantalones. Oía el batir de las olas y notó una leve brisa del sureste. Eso le alegró, porque le indicaba que el oleaje había aumentado en las horas posteriores al atardecer y golpeaba la costa como un luchador frustrado.
Había luna llena y su resplandor se extendía por la playa. Eso facilitó su recorrido lleno de resbalones y tropezones desde el acantilado hasta la orilla.
Como había previsto, el oleaje rugía como un hombre enloquecido y rompía lanzando una lluvia de espuma blanca a la arena.
Un ligero frío, llegado con un soplo de viento, le golpeó el pecho y le hizo vacilar e inspirar hondo.
Después se desnudó, dobló la ropa y la dejó en un montón ordenado, que situó con cuidado en la arena lejos de la marca que la marea alta de la tarde había dejado, donde lo vería la primera persona que se asomara en lo alto del acantilado por la mañana.
Tomó el frasco de pastillas, se lo vació en la mano y dejó el recipiente de plástico con la ropa.
“Nueve mil miligramos de Elavil -pensó-. Tomados de golpe, dejarían a una persona inconsciente en cuatro o cinco minutos.”
Lo último que hizo fue colocar la fotografía de su mujer en lo alto del montón, sujeto por la punta de un zapato.
«Hiciste mucho por mí cuando estabas viva -pensó-. Hazme este último favor.»
Levantó la cabeza y observó el inmenso océano negro frente a él. Las estrellas salpicaban el cielo, como si estuviesen encargadas de señalar la línea de demarcación entre el oleaje y el firmamento.
«Una noche bastante bonita para morir», se dijo.
Y entonces, desnudo como el amanecer que estaba sólo a unas horas, caminó despacio hacia el agua embravecida.
SEGUNDA PARTE. EL HOMBRE QUE NUNCA EXISTIO
21
Dos semanas después de la noche en que murió, Ricky estaba en una habitación de motel, sentado a los pies de una cama llena de bultos que crujía cada vez que cambiaba de postura, escuchando el ruido del tráfico distante que se mezclaba con el sonido del televisor de una habitación contigua. Estaban viendo un partido de béisbol con el volumen alto. Se concentró un momento en el sonido y supuso que los Red Sox jugaban en Fenway y la temporada estaba acabando, lo que significaba que estaban cerca del primer puesto pero no lo bastante. Se planteó encender el televisor de su habitación, pero decidió no hacerlo. Se dijo que perderían y no quería experimentar ninguna pérdida, ni siquiera la pasajera que le proporcionaría el siempre frustrado equipo de béisbol. En lugar de eso, se volvió hacia la ventana y contempló la noche. No había cerrado las persianas y veía cómo las luces bajaban por la cercana carretera interestatal. Junto al camino de entrada del motel había un cartel de neón rojo que informaba sobre las tarifas diarias, semanales y mensuales, además de ofrecer habitaciones con cocina como la que él ocupaba, aunque Ricky no concebía que nadie quisiera permanecer en ese sitio más de una noche.
«Nadie excepto yo», pensó con tristeza.
Se dirigió al pequeño cuarto de baño. Examinó su aspecto en el espejo del lavabo. El tinte negro desaparecía deprisa del cabello, que empezaba a recuperar su gris habitual. Pensó que era algo irónico, porque si alguna vez volviera a parecerse al hombre que era antes, jamás sería en realidad esa persona.
Durante dos semanas apenas había salido de la habitación del motel. Al principio se había sumido en una especie de shock autoprovocado, como un yonqui viviendo una abstinencia obligada, temblando, sudando y retorciéndose de dolor. Luego, esta fase inicial fue sustituida por una indignación abrumadora, una furia atroz, candente, que le hizo pasearse enfurecido por la reducida habitación con los dientes apretados y el cuerpo casi contorsionado de rabia. Más de una vez había dado, frustrado, un puñetazo a la pared. En una ocasión, había sujetado un vaso del cuarto de baño con tanta fuerza que lo rompió y se cortó. Se había inclinado sobre el retrete y visto cómo la sangre goteaba en el agua de la taza mientras deseaba vaciarse hasta de la última gota que tuviera en su interior. Pero el dolor que sentía en la mano lastimada le recordó que seguía vivo y acabó conduciéndole a otra fase en que el temor y la rabia por fin remitieron, como el viento después de una tormenta. Esta nueva fase le parecía fría, como el tacto del metal pulido una mañana de invierno.
En esta fase empezó a urdir planes.
La habitación del motel era un lugar destartalado, decrépito, que hospedaba a camioneros, viajantes y adolescentes del lugar que necesitaban unas horas de intimidad lejos de las miradas indiscretas de los adultos. Estaba situado en las afueras de Durham, New Hampshire, un sitio que Ricky había elegido al azar porque era una ciudad universitaria y, por ello, albergaba a una población díscola.
Había creído que el ambiente académico le garantizaría el acceso a los periódicos nacionales que necesitara y le proporcionaría un entorno transitorio que le permitiría esconderse. Esto había resultado cierto hasta el momento.