World Report y la revista pornográfica Hustier a la vez.
Se sentó lo más cerca posible frente a los aseos de hombres y esperó. En unos veinte minutos se convenció de que los aseos estaban vacíos, en especial después de que un policía con su camisa azul manchada de sudor hubiera entrado y salido poco después quejándose en voz alta a su compañero, de lo más divertido, sobre el desagradable efecto de un perrito caliente ingerido hacia poco. Ricky entró deprisa en cuanto los dos policías se alejaron con un repiqueteo de tacones en el sucio suelo de la terminal.
Con movimientos rápidos, se encerró en un retrete y se quitó la ropa normal que llevaba para cambiarla por las prendas compradas al Ejército de Salvación. Arrugó la nariz ante la dura combinación de sudor y almizcle que le llegó al ponerse el abrigo. Metió la ropa en la mochila, junto con todo lo demás, incluido el dinero en efectivo, salvo cien dólares en billetes de veinte, que hundió dentro de un desgarro del abrigo, de modo que si bien no estaban del todo seguros, por lo menos estaban resguardados. Tenía un poco de calderilla, que se metió en el bolsillo de los pantalones. Al salir del retrete se miró en el espejo del lavabo. No se había afeitado en un par de días y eso ayudaba.
Un grupo de taquillas de metal azul cubría una pared de la terminal. Metió la mochila en una, aunque conservó la bolsa de papel que había usado para llevar las prendas viejas. Echó dos monedas de veinticinco y giró la llave. Cerrar los pocos objetos que tenía le hizo vacilar. Pensó un instante que ahora estaba más aislado que nunca. Ahora, salvo la llavecita de la consigna número 569 que llevaba en la mano, no había nada que lo vinculara a nada. No tenía identidad y ninguna relación con nadie.
Inspiró hondo y se metió la llave en el bolsillo.
Se marchó deprisa de la terminal y sólo se detuvo una vez, cuando creyó que nadie le observaba, para coger algo de tierra del suelo y restregársela por el cabello y la cara.
Para cuando había recorrido dos manzanas, las axilas y la frente habían empezado a sudarle, y se los secó con la manga del abrigo.
Antes de haber llegado a la tercera manzana, pensó: «Ahora parezco lo que soy. Un sin techo”.
22
Durante dos días Ricky caminó por las calles, invisible para todo el mundo.
Su aspecto era el de un indigente, un alcohólico trastornado por las drogas o esquizofrénico, o incluso las tres cosas, aunque si alguien le hubiera mirado con atención a los ojos, habría visto un propósito claro, lo que no es habitual en un vagabundo. Ricky se encontró observando a la gente de la calle, imaginando quién era y lo que hacia, casi envidioso del sencillo placer que la identidad proporciona a una persona. Una mujer de cabello plateado que avanzaba con prisas cargada con paquetes de compra de las tiendas de Newbury Street le sugirió una historia, mientras que el adolescente que llevaba unos vaqueros cortados, una mochila y una gorra de los Red Sox ladeada le apuntó otra. Vio empresarios y taxistas, repartidores de electrodomésticos e informáticos. Había corredores de bolsa, médicos, técnicos y un hombre que pregonaba periódicos en un quiosco de una esquina. Todos, desde la loca más indigente que murmuraba y oía voces hasta el ejecutivo con traje de Armani que se subía a una limusina, tenían una identidad definida por lo que eran. Él no tenía ninguna.
En lo que él se había convertido asustaba y era un lujo a la vez.
No pertenecer a ninguna parte era como ser invisible. A pesar del alivio que sentía de momento por estar a salvo del hombre que había destruido su vida anterior, sabía que eso era algo fugaz. Su existencia estaba inextricablemente unida al hombre que sólo conocía como Rumplestiltskin pero que había sido el hijo de una mujer llamada Claire Tyson, a quien él había fallado cuando lo necesitaba. Y ahora estaba solo debido a ese fallo.
Pasó la noche solo bajo un puente sobre el río Charles. Se envolvió con el abrigo, sudando aún debido al calor residual del día, y se apoyó contra un muro para intentar robarle unas horas a la noche. Un calambre en el cuello lo despertó poco después del alba, y todos los músculos de la espalda y las piernas se quejaron indignados. Se levantó y se desperezó lentamente, intentando recordar la última vez que había dormido al aire libre y pensando que no lo hacía desde la infancia. La rigidez de las articulaciones le indicó que no era muy recomendable. Imaginó su aspecto y pensó que ni siquiera el más dedicado actor de método lo habría hecho así.
Una niebla se elevaba del río Charles con masas grises y vaporosas suspendidas sobre las orillas. Ricky salió del paso inferior y avanzó hacia el carril de bicicletas que seguía la margen del río.
De pie, pensó que el agua tenía el aspecto sedoso de una anticuada cinta negra de máquina de escribir, en su serpenteo a través de la ciudad. Lo contempló y se dijo que el sol tendría que elevarse mucho más antes de que el agua se volviera azul y reflejara los edificios majestuosos de la ribera. A esa primera hora de la mañana, el río ejercía un efecto casi hipnótico en él, y por unos instantes se quedó inmóvil contemplando la vista que tenía delante.
Su ensueño se vio interrumpido por el sonido de pasos presurosos en el carril de bicicletas. Se volvió y vio a dos hombres que corrían juntos y se acercaban a él deprisa. Llevaban unos relucientes pantalones cortos y modernas zapatillas de deporte. Supuso que ambos tenían una edad parecida a la suya.
Uno de los hombres gesticuló con el brazo en dirección a Ricky.
– ¡Apártate! -le gritó.
Ricky dio un paso atrás con brusquedad y los dos hombres pasaron por delante.
– ¡Quítate de en medio, tío! -exclamó uno de los dos mientras se ladeaba para no rozar a Ricky.
– ¡Muévete! -soltó el otro hombre-. ¡Joder!
Mientras se alejaban, uno de ellos gritó:
– ¡Vagabundo de mierda! ¡Búscate un trabajo!
Su compañero rió y comentó algo, pero Ricky no distinguió las palabras. Dio un par de pasos tras los hombres, lleno de una cólera repentina.
– ¡Oigan! -gritó-. ¡Alto!
No le hicieron caso. Uno de ellos se volvió para mirarlo por encima del hombro antes de acelerar. Ricky los siguió unos metros más.
– No soy… -empezó-. No soy lo que creen.
Pero entonces se dio cuenta de que podría muy bien serlo.
Regresó hacia el río. En ese instante comprendió que estaba más cerca de ser lo que parecía que de lo que había sido. Inspiró hondo y admitió que se encontraba en la más precaria de las situaciones psicológicas. Había matado a quien había sido para poder huir de un hombre dispuesto a arruinarlo. Si pasaba mucho más tiempo sin ser alguien, ese anonimato terminaría por engullirlo.
Con la idea de que estaba tan en peligro en ese momento como cuando sentía el aliento de Rumplestiltskin en la nuca, avanzó decidido a poner en práctica la primera y fundamental medida.
Se pasó el día yendo de un albergue a otro por toda la ciudad, buscando.
Fue un viaje por el mundo de los necesitados. Un desayuno temprano con huevos mal cocidos y tostadas frías servido en la cocina de una iglesia católica de Dorchester. Luego una hora delante de una agencia de trabajo temporal, donde se reunió con hombres que buscaban trabajo para un día rastrillando hojas o vaciando papeleras. De ahí se dirigió a un albergue estatal en Charlestown, donde el hombre de recepción le dijo que no podía entrar sin algún documento oficial, lo que a Ricky le pareció una exigencia tan demencial como los delirios que sufrían los propios enfermos mentales. Salió enfadado a la calle, donde un par de prostitutas que buscaban clientes durante la hora del almuerzo se rieron de él cuando les preguntó por una dirección. Avanzó por la acera, pasando por delante de callejones y edificios abandonados.