– Una botella de vino.
El hombre alargó la mano hacia un estante que tenía detrás y eligió una botella. No era como ninguno de los vinos que Ricky había bebido hasta entonces. Llevaba tapón de rosca y en la etiqueta ponía Silver Satin. Costaba dos dólares. Ricky asintió y entregó el billete de veinte. El hombre metió la botella en una bolsa de papel, abrió la caja y sacó un billete de diez y dos de un dólar. Se los dio a Ricky.
– ¡Oiga! -se quejó éste-. Falta cambio.
– Creo que el otro día le vendí a crédito -contestó el hombre con una sonrisa torcida y la mano en la culata del revólver-. Sólo me estoy cobrando la deuda, viejo.
– Eso es mentira -soltó Ricky, enfadado-. Nunca antes he estado aquí.
– ¿Cree que voy a discutir, escoria? -El dependiente hizo un amago de lanzarle un puñetazo. Ricky retrocedió y lo miró con dureza. El hombre se rió y añadió-: Ya le he dado algo de cambio. Y más del que se merece. Ahora lárguese. Márchese de aquí, si no quiere que lo eche. Y si me hace salir de detrás del mostrador, le quitaré la botella y el cambio de una buena patada en el culo. ¿Qué decide?
Ricky se dirigió despacio hacia la puerta. Se volvió mientras intentaba pensar en una réplica adecuada, pero sólo consiguió que el dependiente dijera:
– ¿Qué pasa? ¿Tiene algún problema?
Ricky salió oyendo la risa del dependiente a su espalda.
Fue hasta la tienda de ocasión, donde lo recibieron con la misma pregunta: «¿Tiene dinero?». Mostró el billete de diez dólares.
Dentro, compró un paquete de los cigarrillos más baratos que encontró, un par de chocolatinas, un par de magdalenas y una linterna pequeña. El dependiente de la tienda era un chico joven, que echó las cosas en una bolsa de plástico y dijo con sarcasmo:
– Buena cena.
Ricky regresó a la calle. La noche había invadido la zona. La tenue luz de las tiendas que seguían abiertas lanzaba cuadraditos de claridad a la penumbra. Ricky cruzó hacia la boca del callejón.
Se metió con el menor ruido posible, se apoyó contra la pared de ladrillo y se deslizó hacia abajo para sentarse y esperar, sin dejar de pensar que hasta esa noche no había sabido lo fácil que es ser odiado en este mundo.
Fue como si la oscuridad lo envolviera POCO a poco del mismo modo que el calor durante el día. Era una negrura densa que le traspasó el cuerpo. Ricky dejó pasar un par de horas. Estaba en un estado de semisueño, con la cabeza llena de imágenes de quién había sido, de la gente que había llegado a su vida para destruirla y del plan que había elaborado para recuperarla. Le habría reconfortado, al estar ahí apoyado contra la pared de un callejón sombrío de una parte de una ciudad que le era desconocida, haber recordado a su mujer, o quizás a un viejo amigo, o tal vez incluso algún momento feliz de su infancia: una mañana de Navidad, una graduación, el momento de lucir su primer esmoquin en el baile del instituto o el ensayo de la cena la víspera de su boda. Pero todos esos momentos parecían pertenecer a otra existencia y otra persona. Jamás había creído demasiado en la reencarnación, pero era casi como si hubiese vuelto al mundo como alguien distinto. Al percibir el hedor creciente de su abrigo de vagabundo levantó la mano en la oscuridad e imaginó que tendría las uñas llenas de tierra. Antes las tenía así los días felices, porque significaba que se había pasado horas en el jardín de su casa de Cape Cod. Se le hizo un nudo en el estómago y pudo oír el estrépito de la gasolina encendida al propagarse por la casa. Era un recuerdo auditivo que parecía proceder de otra época, recuperado de un pasado distante por un arqueólogo.
Ricky levantó la vista y vio a Virgil y Merlin sentados en el callejón frente a él. Distinguió sus rostros, cada matiz y expresión del corpulento abogado y de la escultural joven.
«Me dijo que seria mi guía hacia el infierno -pensó-. Tenía razón, quizá más de lo que se imaginaba.»
Sintió la presencia del tercer miembro del triunvirato, pero Rumplestiltskin seguía siendo una sombra que se fundía con la noche e inundaba el callejón como una marea que sube de forma constante.
Se le habían entumecido las piernas. No sabía cuántos kilómetros habría caminado desde su llegada a Boston. Tenía el estómago vacío, así que abrió el paquete de magdalenas y se las comió de dos o tres mordiscos. El chocolate le sentó como una vulgar anfetamina y le proporcionó cierta energía. Se puso de pie y se volvió hacia el fondo del callejón.
Oyó un leve sonido y miró en esa dirección antes de reconocer lo que era: alguien cantando en voz baja y desentonada.
Avanzó con cuidado hacia la voz. A su lado oyó algún animal, supuso que una rata que se escabullía con un sonido de arañazos.
Sujetó la linterna con la mano, pero intentó dejar que los ojos se le adaptaran a la oscuridad del callejón. Eso era difícil, y tropezó una o dos veces cuando los pies se le enredaron con desperdicios indefinidos. Estuvo a punto de caerse en una ocasión, pero conservó el equilibrio y siguió adelante.
Cuando estaba casi sobre el hombre, éste dejó de cantar.
Hubo un silencio tenso durante un par de segundos.
– ¿Quién anda ahí? -oyó preguntar.
– Soy yo -contestó Ricky.
– No se acerque más -dijo la voz-. Le haré daño. Puede que le mate. Tengo un cuchillo.
Arrastraba las palabras con la imprecisión que confiere la bebida. Ricky había esperado que el vagabundo hubiese perdido el conocimiento pero, en cambio, seguía bastante alerta, aunque no demasiado ágil porque no oyó que se apartara de su camino o procurara esconderse. No creía que tuviera ningún arma, pero no estaba seguro del todo. Permaneció inmóvil.
– Este callejón es mío -advirtió el hombre-. Váyase.
– Ahora también es mío -replicó Ricky.
Inspiró hondo y se concentró en encontrar una manera de comunicarse con el hombre. Era como sumergirse en un lago de agua oscura, sin saber lo que hay bajo la superficie.
«Acepta la locura -se dijo mientras intentaba evocar todos los conocimientos que había adquirido en su anterior vida y existencia-. Crea el delirio. Establece la duda. Alimenta la paranoia.»
– Me dijo que teníamos que hablar -aventuró-. Eso me dijo:
«Encuentra al hombre del callejón y pregúntale cómo se llama».
– ¿Quién se lo dijo? -preguntó el hombre en tono vacilante.
– ¿Quién crees? Él. Me habla y me dice a quién buscar, y tengo que hacerlo porque él me lo dice, y por eso estoy aquí -contestó con rapidez.
– ¿Quién te habla?
Sus preguntas llegaban en medio de la oscuridad con un torpor que luchaba contra la bebida que le nublaba una mente ya de por sí entrecruzada.
– No estoy autorizado a decir su nombre, por lo menos no en voz alta o donde alguien pueda oírme. ¡Chitón! Pero dice que sabrás por qué he venido si eres quien debes ser, y que no tendré que explicar nada mas.
El hombre pareció dudar mientras procuraba comprender este galimatías.
– ¿A mi? -preguntó.
– Si eres quien debes ser. -Ricky asintió en la oscuridad-. ¿Lo eres?
– No lo sé -contestó y, tras una pausa, añadió-: Eso creía.
Ricky siguió deprisa para reforzar el delirio.
– Él me da los nombres, ¿sabes? Y yo tengo que buscarlos y hacerles las preguntas porque tengo que encontrar al que es. Es lo que hago, una y otra vez, y eso es lo que tengo que hacer. ¿Eres tú? Tengo que saberlo, ¿comprendes? Si no, he perdido el tiempo.
El hombre parecía intentar asimilar todo eso.
– ¿Cómo sé que puedo fiarme de ti? -dijo el hombre con lengua estropajosa.
Ricky se puso la linterna bajo el mentón, del modo que haría un niño que quisiera asustar a sus amigos. La encendió para iluminarse la cara y luego la dirigió hacia el hombre, dedicando unos segundos a examinar lo que los rodeaba. El vagabundo estaba sentado, apoyado contra la pared de ladrillos, con la botella de vino en la mano. Había desperdicios, y una caja de cartón a su lado, que Ricky supuso sería su casa. Apagó la linterna.