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– ¿Y bien? -soltó Ricky, tajante-. ¿Necesitas más pruebas?

El hombre cambió de posición.

– No puedo pensar -gimió-. Me duele la cabeza.

Ricky estuvo tentado de agacharse y agarrar lo que necesitaba. Las manos le temblaron con la seducción de la violencia. Estaba solo en un callejón desierto con aquel vagabundo y se le ocurrió que las personas que lo habían puesto en esa situación no habrían dudado en utilizar la violencia. Para vencer el impulso tuvo que controlarse al máximo. Sabía lo que necesitaba, pero quería que el hombre se lo diera.

– ¡Dime quién eres! -exclamó Ricky en un susurro.

– Quiero estar solo -suplicó el hombre-. No he hecho nada. Ya no quiero estar aquí.

– No eres el que busco -soltó Ricky-. Podría jurarlo. Pero necesito estar seguro. Dime tu nombre.

– ¿Qué quieres? -gimoteó el hombre.

– Tu nombre. Quiero tu nombre.

Ricky podía oír las lágrimas que se formaban con cada palabra que decía el hombre.

– No lo diré -contestó-. Tengo miedo. ¿Vas a matarme?

– No -respondió Ricky-. No te haré daño si me demuestras quién eres.

El hombre vaciló.

– Tengo una cartera -afirmó despacio.

– ¡Dámela! -ordenó Ricky con brusquedad-. ¡Es el único modo de estar seguro!

El hombre se levantó como pudo y se metió la mano en el abrigo. Con los ojos a duras penas adaptados a la oscuridad, Ricky pudo ver que le tendía algo. Lo agarró y se lo metió en el bolsillo.

El hombre empezó a sollozar. Ricky suavizó la voz.

– Ya puedes dejar de preocuparte -dijo-. Ahora me iré.

– Por favor -suplicó el hombre-. Vete.

Ricky se agachó y sacó la botella de vino que había comprado. También tomó un billete de veinte dólares del forro del abrigo. Se los dio al hombre.

– Toma -dijo-. Te lo doy porque no eres el hombre que busco, pero no es culpa tuya, y él quiere que te compense por haberte molestado. ¿Te parece bien?

El hombre agarró la botella, sin contestar, pero luego pareció asentir.

– ¿Quién eres? -preguntó otra vez con una mezcla de temor y confusión.

Ricky sonrió para si y pensó que tener una formación clásica tenía sus ventajas.

– Me llamo Nadie -anunció.

– Nadia es nombre de mujer.

– No. Nadie. Así que, si alguien te pregunta quién te visitó esta noche, puedes decir que fue Nadie. -Ricky suponía que el policía de ronda tendría la misma paciencia para esa historia que los hermanos cíclopes de Polifemo para la ficción que había creado siglos antes otro hombre perdido en un mundo desconocido y peligroso-. Bebe un poco y duerme. Cuando te despiertes, todo seguirá igual.

El hombre gimoteó. Pero acto seguido bebió un largo sorbo de vino.

Ricky se levantó y avanzó con cuidado por el callejón, pensando que no había robado lo que buscaba y tampoco lo había comprado. Se dijo que había hecho lo necesario y que se ajustaba a las reglas del juego. Por supuesto, Rumplestiltskin no sabía que seguía jugando. Pero pronto lo sabría. Se dirigió sin detenerse por la penumbra hacia la luz de la calle que veía delante.

23

Ricky no abrió la cartera del hombre hasta después de haber llegado a la terminal de autobuses siguiendo una ruta que le obligó a cambiar dos veces de metro y después de haber recuperado la ropa de la taquilla. En los aseos, logró limpiarse un poco la suciedad de cara y manos y frotarse los sobacos y el cuello con toallas de papel mojadas con agua templada y jabón muy perfumado. No podía hacer gran cosa respecto a la grasa que le cubría el cabello o al olor corporal que sólo una ducha lograría eliminar. Tiró las ropas sucias de vagabundo a la papelera y se puso los pantalones caqui y la camisa que llevaba en la mochila. Contempló su aspecto en el espejo y pensó que había cruzado una línea invisible de regreso hacia donde otra vez parecía un participante en la vida más que un habitante del infierno. Un peine barato de plástico contribuyó a su imagen, pero pensó que seguía situado en un extremo, o cerca de él, y muy alejado del hombre que era antes.

Salió de los aseos y compró un billete de autobús a Durham.

Tenía que esperar casi una hora, así que se compró un bocadillo y un refresco y se dirigió a un rincón vacío del vestíbulo. Echó un vistazo alrededor para asegurarse de que nadie lo observaba y desenvolvió el bocadillo en el regazo. Después abrió la cartera, que tapó con la comida.

Lo primero que vio le iluminó la cara y lo llenó de alivio: una tarjeta destrozada y descolorida, pero legible, de la Seguridad Social.

El nombre estaba mecanografiado: Richard S. Lively.

A Ricky le gustó. Lively significa «animado» en inglés y, por primera vez en semanas, era así como se sentía. Vio que había tenido una buena suerte adicionaclass="underline" no tendría que aprender a usar un nombre nuevo; la abreviatura corriente de Richard y de Frederick, el suyo, era la misma.

Echó la cabeza atrás y contempló los fluorescentes del techo.

Pensó que había renacido en una terminal de autobuses. Supuso que había lugares mucho peores para reintegrarse al mundo.

La cartera olía a sudor seco, y Ricky repasó con rapidez su contenido. No había gran cosa, pero lo que contenía era una especie de mina de oro. Además de la tarjeta de la Seguridad Social había un carné de conducir de Illinois caducado, un carné de biblioteca de un sistema suburbano de las afueras de San Luis, Misouri, y una tarjeta de la cadena de estaciones de servicio Triple A del mismo estado. Ninguna de esas identificaciones requería foto, salvo el carné de conducir, que aportaba detalles como el color del cabello y los ojos, la estatura y el peso, junto a una fotografía algo desenfocada de Richard Lively. También había una tarjeta de identificación de un hospital de Chicago señalada con un asterisco rojo en una esquina.

«Sida -pensó Ricky-. Seropositivo.»

Había tenido razón sobre las llagas en la cara del hombre. Todos los documentos identificativos incluían direcciones distintas.

Ricky se los metió en el bolsillo. Había también dos recortes de periódico ajados y amarillentos, que desdobló con cuidado y leyó.

El primero correspondía a la necrológica de una mujer de setenta y tres años. El otro era un articulo sobre reducciones de personal de una fábrica de recambios de automóvil. Ricky supuso que la primera era la madre de Richard Lively y el segundo, el empleo que el hombre había tenido antes de hundirse en el mundo del alcohol que lo había conducido a las calles. No tenía idea de qué le habría impulsado a viajar del centro del país a la Costa Este, pero ese cambio le era propicio. Las probabilidades de que alguien le relacionara con ese hombre se reducían mucho.

Leyó deprisa los dos recortes y memorizó los detalles. Observó que sólo se mencionaba un miembro de la familia de la mujer, al parecer un ama de casa de Albuquerque, Nuevo México. Supuso que sería una hermana que se habría olvidado de su hermano hacia muchos años. La madre había sido bibliotecaria del condado y antigua directora de colegio, lo que constituía la pequeña aportación al mundo que había propiciado la necrológica. Se decía que su marido había fallecido unos años antes. La fábrica donde había trabajado Richard Lively producía pastillas de freno y había sido víctima de la decisión empresarial de trasladarse a un lugar de Guatemala donde se fabricaría la misma pieza con costes más reducidos. Ricky pensó que eso provocaba amargura, y era una razón más que suficiente para dejar que la bebida dominara la vida de uno. No tenía modo de saber cómo el hombre había contraído la enfermedad. Probablemente a través de alguna aguja. Devolvió los recortes a la cartera y echó ésta a una papelera.

Pensó en la tarjeta de identificación del hospital con su delatora señal roja y se la sacó del bolsillo. La dobló hasta partirla por la mitad, la envolvió con el papel del bocadillo y la dejó en el fondo de la papelera.