Выбрать главу

Era el concepto más aterrador de justicia que Ricky había imaginado nunca. Asesinatos tanto del cuerpo como del alma. Desde que Rumplestiltskin había aparecido en su vida, había tenido miedo a menudo. Antes era un hombre de rutina y percepción. Ahora, nada era sólido y todo inestable. El miedo que sentía ahora era distinto. Algo que le costaba catalogar, pero le dejaba la boca seca y un regusto amargo. Como analista, había vivido las ansiedades intrincadas y frustraciones debilitantes de sus pacientes adinerados, pero éstos resultaban ahora uniformemente insignificantes y patéticamente autocompasivos.

El alcance de la furia de Rumplestiltskin lo dejaba estupefacto. Y, a la vez, tenía todo el sentido del mundo.

El psicoanálisis enseña una cosa: nada de lo que ocurre está aislado. Un solo acto malo puede tener toda clase de repercusiones. Se acordó de los chismes de movimiento continuo que algunos de sus colegas tenían en su escritorio. Una serie de cojinetes de bola colgaban en fila, de modo que si movías uno haciéndolo chocar contra el siguiente, la fuerza provocaba que sólo el último de la línea se desplazara como un péndulo, dando inicio a un movimiento de vaivén perpetuo en los cojinetes de los extremos que sólo se detenía si ponías la mano en medio. La venganza de Rumplestiltskin, de la que él sólo había sido una parte, era como esos chismes.

Había otros muertos. Otros destruidos. Sólo él, con toda probabilidad, veía la totalidad de lo ocurrido. Movimiento continuo.

Ricky sintió un gélido escalofrío.

Todos esos crímenes se situaban en un nivel definido por la impunidad. ¿Qué detective, qué autoridad policial podría vincularlos nunca entre si? Lo único que las víctimas tenían en común era una relación con una mujer que llevaba muerta veinte años.

Pensó que eran crímenes en serie, con un hilo tan invisible que desafiaba toda lógica. Como el policía que le había explicado alegremente lo de la R grabada en el pecho de Rafael Johnson, siempre había alguien con más probabilidades de cargar con la culpa que el etéreo señor R. Las razones de su propia muerte eran de lo más evidentes: una carrera destrozada, una casa destruida, una mujer fallecida, unas finanzas arruinadas, relativamente sin amigos e introspectivo. ¿Por qué no iba a suicidarse?

Y había otra cosa que le resultaba muy clara: si Rumplestiltskin averiguaba que se había escapado, si tan sólo sospechaba que seguía respirando el aire de este planeta, le seguiría la pista con renovada furia. Ricky no creía que fuera a tener la oportunidad de participar en ningún otro juego. También sabía lo fácil que seria cargarse a su nueva identidad: Richard Lively era una persona insignificante. Su mismo anonimato convertía su probable muerte rápida y brutal en algo muy fácil. Richard Lively podía ser ejecutado a plena luz del día, y ningún policía de ninguna parte podría establecer las conexiones necesarias que le condujeran hasta Ricky Starks y hasta alguien apodado Rumplestiltskin. Lo que averiguarían seria que Richard Lively no era Richard Lively y, acto seguido, pasaría a ser un individuo no identificado, enterrado sin demasiadas ceremonias y sin lápida. Quizás algún inspector se preguntaría por un momento quién sería en realidad pero, agobiado de trabajo, olvidaría pronto la muerte de Richard Lively. Para siempre.

Lo que tanta seguridad daba a Ricky lo volvía asimismo del todo vulnerable.

Así que, a su vuelta a New Hampshire, reanudó las simples rutinas de su vida en Durham con un entusiasmo febril. Era como si quisiera abandonarse por entero a la monótona regularidad de levantarse cada mañana e ir a trabajar con el resto de los empleados de mantenimiento de la universidad, de fregar suelos, limpiar lavabos, abrillantar pasillos y cambiar bombillas, intercambiar bromas con los compañeros de trabajo y especular sobre las posibilidades de los Red Sox la temporada siguiente. Se movía en un mundo normal y anodino que parecía pedir a gritos que lo pintaran con los azules pálidos y los verdes claros institucionales. Una vez, mientras aplicaba una limpiadora de vapor a la moqueta de la facultad, descubrió que la sensación de la máquina que zumbaba y vibraba en sus manos y de la franja de alfombra limpia que creaba le resultaba casi hipnóticamente agradable. Era como si, en la nueva simplicidad de este mundo, pudiera dejar atrás quién había sido. Era una situación extrañamente satisfactoria: soledad, un trabajo que rezumaba rutina y regularidad, y las noches que atendía la centralita del Teléfono de la Esperanza, donde recordaba sus técnicas de terapeuta para dar consejo y tender la mano de una forma modesta y sencilla. Descubrió que no echaba demasiado de menos la dosis diaria de angustia, frustración y cólera que caracterizaba su vida de analista. Se preguntó si la gente que había conocido, o incluso su mujer, lo reconocería. De modo extraño, Ricky creía que Richard Lively estaba más cerca de la persona que quería ser, más cerca de la persona que se encontraba a sí misma durante los veranos en Cape Cod, de lo que había estado nunca el doctor Starks al tratar a los ricos, poderosos y neuróticos.

«El anonimato es atractivo», penso.

Pero escurridizo. Cada segundo que se obligaba a sentirse cómodo siendo Richard Lively, el personaje vengativo de Frederick Lazarus gritaba órdenes contradictorias. Reanudó los ejercicios físicos y pasó las horas libres perfeccionando su puntería en el local de tiro. A medida que el tiempo seguía mejorando, con el consiguiente calor y estallido de colores, decidió que necesitaba añadir técnicas de prácticas al aire libre a su repertorio, así que se ¡inscribió con el nombre de Frederick Lazarus a un curso de orientación que daba una compañía de excursionismo y cámping.

En cierto sentido se había triangulado a si mismo, del mismo modo en que uno conoce su situación cuando se pierde en el bosque. Tres columnas: la persona que era antes, la persona en que se había convertido y la persona que necesitaba ser.

Por la noche, sentado solo en la penumbra de su habitación alquilada mientras una única lámpara de mesa apenas recortaba las sombras, se preguntó si podría dejar todo atrás. Abandonar cualquier conexión emocional con el pasado y lo que le había ocurrido, y convertirse en un hombre de sencillez absoluta. Vivir de sueldo en sueldo. Obtener placer de la rutina básica. Redefinirse. Dedicarse a pescar o cazar, incluso sólo a leer. Relacionarse con la menor gente posible. Vivir de modo monacal y en una soledad de ermitaño.

Dejar atrás cincuenta y tres años de vida y convencerse de que todo se había reiniciado de cero el día en que había prendido fuego a su casa de Cape Cod. Era algo parecido al zen, y tentador. Podía evaporarse del mundo como un charco de agua un día soleado y caluroso, y elevarse hacia la atmósfera.

Esta posibilidad era casi tan aterradora como su alternativa.

Le pareció que había llegado el momento en que tenía que tomar una decisión. Como para Ulises, su nombre informático, su camino estaba entre Escila y Caribdis. Cada opción tenía costes y riesgos.

Por la noche, en su modesta habitación alquilada de New Hampshire, extendió sobre la cama todas las notas que tenía sobre el hombre que le había obligado a abandonar su vida. Retazos de información, pistas y direcciones que podía seguir. O no.

O bien iba a perseguir al hombre que le había hecho eso, con lo que se arriesgaba a ponerse al descubierto, o bien iba a olvidarse de todo y a llevar la vida que pudiera con lo que ya había establecido. Se sintió un poco como un explorador español del siglo XV contemplando vacilante en la cubierta de una carabela la enorme extensión del océano y acaso un nuevo e incierto mundo más allá del horizonte.

Entre el material diseminado estaban los documentos que se había llevado del lecho de muerte del viejo Tyson en el hospital.