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Luego le pidió que repitiera el texto entero dos veces para asegurarse de que lo había anotado bien.

Cuando terminó de leer, el empleado guardó silencio un segundo.

– Vale -dijo-. Es distinto. Muy distinto. Seguramente los hará salir de todas partes. A los curiosos, como mínimo. Y quizás a unos cuantos chiflados. ¿Querrá tener un buzón de respuestas? Le damos un número de buzón y puede acceder a las respuestas por teléfono. Tal como funciona, mientras lo pague, sólo usted podrá escuchar las respuestas.

– Sí, gracias -dijo Ricky.

El empleado tecleó en un ordenador.

– Muy bien -indicó al terminar-. Su buzón es el 1313. Espero que no sea supersticioso.

– En absoluto -aseguró Ricky.

Anotó en la servilleta el número de acceso a las respuestas y colgó.

Se planteó un instante llamar al número que le había dejado Virgil. Pero resistió la tentación. Antes tenía que preparar unas cosas más.

En El arte de la guerra Sun-Tzu comenta la importancia de la elección del campo de batalla. Obtener un emplazamiento protegido y valerse de esa ventaja. Ocupar el terreno elevado. Ser capaz de esconder la propia fortaleza. Obtener ventaja a partir del conocimiento topográfico. Ricky pensó que estas lecciones también se le podían aplicar. El poema en el Village Voice era como un disparo que cruzara las defensas de su adversario, una salva inicial destinada a captar su atención.

Comprendió que no pasaría demasiado tiempo antes de que alguien fuera a Durham a buscarlo. La matrícula que el propietario de la perrera había observado lo garantizaba. No creía que resultara demasiado difícil averiguar que la matrícula pertenecía a un Rent-A-Wreck, y muy pronto aparecería alguien preguntando el nombre de quien había alquilado ese coche. Se enfrentaba a una cuestión compleja pero que se podía resumir en una pregunta sencilla: ¿dónde quería librar la próxima batalla? Tenía que elegir el terreno.

Devolvió el coche de alquiler, pasó un momento por su habitación y luego se dirigió a su trabajo nocturno en la línea directa, aturdido por estas preguntas, pensando que no sabía cuánto tiempo había ganado con los anuncios del Times y el Voice, pero seguro que un poco. El Times lo publicaría a la mañana siguiente; el Voice, a finales de semana. Era razonable suponer que Rumplestiltskin no actuaría hasta haber leído ambos. De momento sólo sabía que un detective privado gordo y con una cicatriz había ido a un criadero de perros de Nueva Jersey a hacer preguntas inconexas sobre la pareja que, según los informes, lo había adoptado a él y a sus hermanos hacia años. Un hombre persiguiendo una mentira. No se engañaba pensando que Rumplestiltskin no vería las relaciones ni encontraría con rapidez otros signos de su existencia. Frederick Lazarus, sacerdote, aparecería investigando en Florida. Frederick Lazarus, detective privado, había llegado a Nueva Jersey. Su ventaja era que no había ningún vínculo evidente entre Frederick Lazarus y el doctor Frederick Starks o Richard Lively. Uno había sido dado por muerto. El otro seguía aferrado al anonimato. Al sentarse a una mesa en la oscura oficina de la centralita telefónica, se alegró de que el semestre universitario estuviera acabando. Esperaba que las llamadas obedecieran al estrés habitual, a la desesperación de los exámenes finales, algo que le resultaba cómodo. No pensó que alguien fuera a suicidarse por un examen final de química, aunque había oído cosas mas tontas. Y, a altas horas de la noche, resultó que podía concentrarse con claridad.

«¿Qué quiero conseguir?», se pregunto.

¿Quería asesinar al hombre que lo había obligado a simular su propia muerte? ¿Que había amenazado a sus familiares lejanos y destruido todo lo que le convertía en lo que era? Pensó que en algunas de las novelas de misterio y de suspense que había devorado los últimos meses, la respuesta habría sido un simple si. Alguien le había hecho mucho daño, de modo que le volvería las tornas a ese alguien. Lo mataría. Ojo por ojo, la esencia de todas las venganzas.

Torció el gesto y se dijo: «Hay muchas formas de matar a alguien». En efecto, él había experimentado una. Tenía que haber otras, desde la bala de un asesino hasta los estragos de una enfermedad. Encontrar el crimen adecuado era fundamental. Y, para ello, tenía que conocer a su adversario. No sólo saber quién era, sino qué era.

Y tenía que resurgir de esa muerte con su vida intacta. No era como un piloto kamikaze que se tomaba una copa ritual de sake y se dirigía a su propia muerte sin la menor preocupación. Ricky quería sobrevivir.

Nunca volvería a ser el doctor Frederick Starks. Adiós al cómodo ejercicio de escuchar a diario los lamentos de los ricos y trastornados durante cuarenta y ocho semanas al año. Eso se había acabado, y él lo sabía.

Echó un vistazo alrededor, a la pequeña oficina donde se encontraba la línea directa para los desesperados. Era una habitación en el pasillo principal del edificio de servicios médicos para estudiantes. Era un lugar estrecho, nada cómodo, con una sola mesa, tres teléfonos y varios carteles dedicados a los programas de fútbol americano y béisbol, con fotografías de los deportistas. Había también un plano grande del campus y una lista mecanografiada de números de servicios de urgencias y de seguridad. También había unas normas que debían seguirse cuando el voluntario que atendía la línea estaba seguro de que alguien había intentado quitarse la vida. Los pasos a seguir consistían en llamar a la policía y hacer que el telefonista comprobara la línea, lo que localizaría el origen de la llamada. Este procedimiento sólo debía usarse en las emergencias más graves, cuando había una vida en juego y era necesario enviar ayuda. Ricky no había tenido que usarlo nunca. En las semanas que había trabajado en el turno de noche, siempre había conseguido hacer entrar en razones, o por lo menos entretener, incluso a las personas más desesperadas. Se preguntaba sí alguno de los muchachos a los que había ayudado se habría asombrado de saber que la voz tranquila que le hacía recuperar la sensatez pertenecía a un empleado de mantenimiento de la facultad de química.

«Es algo que vale la pena proteger», se dijo Ricky.

Esa conclusión le hizo tomar una decisión. Tendría que alejar a Rumplestiltskin de Durham. Si quería sobrevivir a la confrontación que se acercaba, Richard Lively debía estar a salvo y seguir siendo anónimo.

– De vuelta a Nueva York -se susurró a sí mismo.

En ese momento sonó el teléfono en la mesa. Pinchó la línea correspondiente y descolgó el auricular.

– Teléfono de la Esperanza. ¿En qué puedo ayudarte? -dijo.

Hubo un instante de silencio y luego un sollozo apagado. Acto seguido oyó una serie de palabras entrecortadas que por separado significaban poco pero que juntas decían mucho:

– No puedo, es que no puedo, es demasiado, no quiero, oh, no se…

«Una mujer joven», pensó Ricky.

Pronunciaba las palabras con claridad, aparte de los sollozos de emoción, así que no parecía haber problemas de drogas o alcohol. Únicamente soledad y humana desesperación en plena noche.

– ¿Podrías hablar más despacio e intentar contarme lo que pasa? -sugirió con dulzura-. No hace falta que sea todo. Sólo lo de ahora mismo, en este momento. ¿Dónde estás?

– En el dormitorio de la residencia.

La respuesta llegó tras una pausa.

– Muy bien -la animó Ricky con suavidad, para empezar con las preguntas-. ¿Estás sola?

– Si.

– ¿No hay una compañera de habitación? ¿Amigos?

– No. Sola.

– ¿Es así como estás siempre? ¿O sólo tienes esa sensación?

Esta pregunta pareció hacer reflexionar a la joven.

– Bueno, he roto con mi novio y mis clases son todas terribles, y cuando regrese a casa mis padres me van a matar porque ya no estoy en el cuadro de honor. Puede que no apruebe el curso de literatura comparada y todo parece haber llegado a un punto crítico y…