El empleado era un joven universitario que había cogido aquel trabajo para el verano y, tras haber pasado sólo unos días en la oficina, ya estaba mortalmente aburrido.
– Si. Kilometraje ilimitado. Por lo que respecta a nosotros, puede ir a California y volver.
– No; tengo negocios en Manhattan -repitió Ricky adrede-.
Pondré mi dirección en la ciudad en el contrato de alquiler.
Escribió el nombre y el número de teléfono del primero de los hoteles donde había hecho una reserva a nombre de Frederick Lazarus.
– Claro. -El dependiente observó los vaqueros y la camisa sport de Ricky-. Negocios. Ya.
– Y si tengo que prolongar mi estancia…
– El contrato de alquiler pone un número. Llame ahí. Le cargaremos el importe adicional a la tarjeta de crédito, pero necesitamos tener constancia. Si no, pasadas cuarenta y ocho horas denunciamos el robo del coche.
– No quiero que eso ocurra.
– ¿Quién lo querría? -contestó el muchacho.
– Sólo una cosa más -comentó Ricky, eligiendo las palabras con cierta cautela.
– Usted dirá.
– Dejé un mensaje a un amigo mío para que alquilara un coche aquí. Verá, los precios están bien, los vehículos son buenos y resistentes, y no hay tanto papeleo como en las grandes compañías de alquiler.
– Por supuesto -dijo el muchacho, como si le sorprendiera que alguien pudiera perder el tiempo teniendo cualquier clase de opinión sobre coches de alquiler.
– Pero no estoy seguro de que recibiera bien el mensaje.
– ¿Quién?
– Mi amigo. Viaja mucho por negocios, como yo, así que siempre está buscando un buen trato.
– ¿Y?
– Pues que si llega a venir para ver si es aquí donde yo alquilé el coche, oriéntelo y trátelo bien, ¿de acuerdo? -dijo Ricky.
– Si es mi turno… -dijo el empleado.
– Está aquí de día, ¿verdad?
El joven asintió con un gesto que parecía indicar que pasarse los primeros días de verano tras un mostrador era algo parecido a estar en la cárcel, y Ricky pensó que probablemente lo fuera.
– Lo más seguro es que sea usted quien le atienda.
– Lo más seguro.
– Bueno, pues si pregunta por mi, dígale que me fui de viaje de negocios. A Nueva York. Él sabrá mis planes.
– Ningún problema. -El joven se encogió de hombros para añadir-: Eso si pregunta. En otro caso…
– Claro. Pero si alguien pregunta, ya sabe que será mi amigo.
– ¿Y cómo se llama? -preguntó el empleado.
– R. 5. 5km -sonrió Ricky-. Es fáciclass="underline" señor R. 5. 5km.
En el viaje por la carretera 95 hacia Nueva York se detuvo en tres centros comerciales distintos, situados todos junto a la carretera.
Uno justo antes de Boston y los otros dos en Connecticut, cerca de Bridgeport y en New Haven. En cada uno de ellos recorrió los pasillos centrales entre las hileras de tiendas de modas y los puestos de galletas de chocolate hasta encontrar un lugar donde vendían teléfonos móviles. Para cuando terminó de comprar, había adquirido cinco móviles diferentes, todos a nombre de Frederick Lazarus y todos con la promesa de cientos de minutos gratis y tarifas de larga distancia reducidas. Los teléfonos correspondían a cuatro compañías distintas y, aunque cada vendedor preguntó a Ricky al rellenar el contrato anual de compra y uso si tenía otros móviles, ninguno se molestó en comprobar que fuera cierto que no tenía. Ricky contrató todos los extras de cada teléfono, con identificación de las llamadas, llamadas en espera y demás prestaciones, lo que hacia que los vendedores estuvieran ansiosos por finalizar el papeleo.
También se detuvo en un pequeño centro comercial donde, tras una pequeña búsqueda, encontró una tienda de material de oficina. En ella compró un ordenador portátil bastante barato y el hardware necesario. También compró una bolsa para llevarlo.
A primera hora de la tarde llegó a Nueva York. Dejó el coche en un aparcamiento descubierto junto al río Hudson, en la calle Cincuenta Oeste, y después tomó el metro hasta el hotel, situado en Chinatown. Se registró con un recepcionista llamado Ralph, que había tenido acné galopante de pequeño y lucía las marcas en las mejillas, lo que le confería un aspecto desagradable. Ralph no tenía mucho que decir, aparte de parecer algo sorprendido de que la tarjeta de crédito de Frederick Lazarus funcionara bien. La palabra “reserva” también le sorprendió. Ricky pensó que no era la clase de hotel que recibía muchas. Una prostituta que trabajaba en la habitación del final del pasillo le dirigió una sonrisa sugerente y una mirada invitadora, pero él negó con la cabeza y abrió la puerta de su habitación. Era un sitio tan mediocre como había imaginado. Era también la clase de lugar donde el hecho de que Ricky llegara sin equipaje y saliera de nuevo a los quince minutos no llamaría demasiado la atención.
Tomó otro metro hacia el último hotel de la lista, donde había alquilado un apartamento. Ahí se convirtió en Richard Lively y contestó con monosílabos al hombre de recepción. Al dirigirse a su apartamento llamó la menor atención posible.
Esa noche salió a comprarse un bocadillo y un par de refrescos. Se pasó el resto de la velada en silencio, haciendo planes, salvo por una salida a medianoche.
Un chaparrón aislado había dejado la calle brillante. Unas farolas amarillas lanzaban arcos de luz pálida sobre el asfalto. El aire nocturno era algo cálido, con un espesor que indicaba la proximidad del verano. Contempló la acera y pensó que nunca había sido consciente de la cantidad de sombras que ocupaban la noche de Manhattan. Supuso que él también era una.
Caminó por las calles con rapidez hasta que encontró una solitaria cabina de teléfono. Le pareció que había llegado el momento de comprobar si tenía mensajes.
29
Una sirena rasgó la noche a una manzana de la cabina. Ricky no sabía si seria la policía o una ambulancia. sabía que los coches de bomberos tenían un sonido más grave y de inconfundible estridencia. Pero la policía y las ambulancias sonaban muy parecidas. Pensó que había pocos ruidos en el mundo que auguraran problemas como el de una sirena.
Era algo inquietante y temible, como si la estridencia del sonido atacase el equilibrio y la esperanza. Esperó a que el estrépito se desvaneciera en la oscuridad y regresara la tranquilidad habitual de Manhattan: el ruido regular de los coches y autobuses que circulaban por las calles y algún que otro temblor bajo la superficie al pasar un metro por los túneles subterráneos que entrecruzaban la ciudad.
Marcó el número del Village Voice y accedió a las respuestas a su anuncio personal en el buzón 1313. Había casi tres docenas.
La mayoría eran insinuaciones y promesas de aventuras sexuales. Casi todos mencionaban la «diversión y juegos especiales» del anuncio de Ricky, que parecían apuntar, como había imaginado, en una dirección determinada. Varias personas habían preparado pareados para contestar al suyo, pero incluyendo promesas de vigoroso sexo. Percibió un entusiasmo desenfrenado en sus voces.
El trigésimo era, como había esperado, muy distinto. La voz era fría, casi monótona, amenazadora. También poseía un sonido metálico, casi mecánico. Ricky supuso que habían usado un distorsionador de voz. Pero no escondía el ataque psicológico de la respuesta.
Ricky es listo, Ricky es muy astuto, pero ha cometido un error absoluto.
Cree que está a salvo y quiere jugar, pero escondido se debería quedar.
Que escapara una vez es impresionante pero no por ello debería estar exultante.
Otro juego, en una segunda ocasión volverá a llegar a la misma conclusión.
Sólo que ahora lo que me debe pagar, por fin completo me lo voy a cobrar.
Escuchó la respuesta tres veces, hasta memorizarla. La voz tenía algo más que le inquietaba, como si las palabras dichas no fueran suficiente e incluso el tono estuviera cargado de odio. Pero más allá de eso, le pareció que la voz tenía algo reconocible, casi familiar, que se sobreponía a la falsedad del distorsionador. Esta idea le sacudió, en especial al percatarse de que era la primera vez que oía hablar a Rumplestiltskin. Todos los demás contactos habían sido indirectos, sobre papel o repetidos por Merlín o Virgil.