Guardó los gemelos en la mochila y avanzó en paralelo al edificio, sin salir del margen de la maleza, hasta llegar al borde de la finca.
Una carrera rápida lo situaría en la entrada de la oficina y quizás evitaría que se encendieran las luces exteriores.
Su presencia no sólo había puesto nervioso a Brutus. Otros perros se movían en sus recintos husmeando el aire. Unos cuantos ladraron una o dos veces, inquietos y recelosos ante un olor desconocido.
Ricky sabía con exactitud qué quería hacer y pensó que, como plan, tenía sus virtudes. No sabía si lo lograría, pero era consciente de algo: hasta ahora sólo había rozado la ilegalidad. Este paso era de otro tipo. Y era consciente de otro detalle: para ser un hombre al que le gustaba jugar, Rumplestiltskin no tenía normas. Por lo menos, ninguna impuesta por cualquier moralidad conocida.
Ricky sabía que, aunque el señor R aún no se hubiera dado cuenta, él estaba a punto de introducirse un poco más en ese terreno.
Inspiró hondo. Pensó que el viejo Ricky jamás se habría imaginado en esta situación. El nuevo Ricky tenía una determinación fría e inquebrantable.
«Lo que era no es lo que soy -se dijo-. Y lo que soy no es aún lo que puedo ser.»
Se preguntó si había sido alguna vez algo de lo que era o algo de lo que iba a ser. Esa era una cuestión complicada. Sonrió para sí. Una cuestión que tiempo atrás podía haberse pasado horas o días analizando en el diván. Ya no. La sepultó en lo más profundo de su ser.
Alzó los ojos al cielo y vio que la última luz del día había desaparecido por fin y que pronto iba a reinar la oscuridad. «Es el momento más variable del día -pensó-. Ideal para lo que voy a hacer.»
Así pues, sacó la palanca y el candado para bicicletas y los sujetó con la mano derecha. Luego volvió a ponerse la mochila al hombro, inspiró hondo y salió disparado de los arbustos a toda carrera hacia la fachada del edificio.
Un estrépito de perros nerviosos perturbó al instante la creciente penumbra. Aullidos, ladridos y gruñidos de toda clase y potencia rasgaron el aire, tapando el ruido de sus zapatos en la grava del camino de entrada. Era periféricamente consciente de que todos los animales corrían en sus reducidos recintos, retorciéndose y revolviéndose con una repentina agitación canina. Un mundo de marionetas espasmódicas, cuyos hilos eran manejados por la confusión.
En unos segundos había llegado a la parte delantera de la jaula de Brutus. El enorme perro parecía el único animal con algo de compostura, pero lleno de amenaza. Caminaba de un lado a otro por el suelo de cemento, pero se detuvo cuando Ricky llegó a la puerta. Lo miró un segundo para gruñirle y enseñarle los dientes y luego, con una velocidad asombrosa, lanzó sus más de cuarenta kilos contra la alambrada que lo contenía. La fuerza del ataque hizo estremecer a Ricky. Brutus cayó hacia atrás, echando espuma de rabia, y volvió a abalanzarse, entrechocando los dientes contra el metal.
Ricky se movió deprisa y logró pasar con rapidez el candado para bicicletas alrededor de las dos jambas de la puerta y cerrarlo antes de que el animal tuviera tiempo de llegar a él. Hizo girar la combinación del candado y lo dejó caer. Brutus rasgó de inmediato el forro de goma negra que envolvía la cadena.
– Que te jodan -susurró Ricky imitando el acento de un tipo duro-. No irás a ninguna parte.
Se dirigió a la entrada de la oficina. Pensó que sólo le quedaban unos segundos antes de que el propietario reaccionara por fin al creciente alboroto. Supuso que el hombre iría armado, pero no estaba seguro. Quizá la confianza que le inspiraba la compañía de Brutus lo hubiera hecho pensar que no necesitaba llevar armas.
Aplicó la palanca a la jamba de la puerta y arrancó el cerrojo con un crujido de madera astillada. Era vieja, estaba algo combada por los años y se partió con facilidad. Supuso que el propietario no tenía nada de demasiado valor en la oficina y no imaginaba que algún ladrón quisiera poner a prueba a Brutus. La puerta se abrió y Ricky entró. Metió la palanca en la mochila, sacó la pistola y la amartilló.
En el interior se oía un recital de ansiedad canina. El ruido era ensordecedor, lo que hacia difícil pensar, pero dio una idea a Ricky. Encendió la linterna y avanzó por el pasillo húmedo y maloliente donde había perros encerrados para abrir todas las jaulas a su paso.
En unos segundos estaba rodeado de un montón de pequeños animales de distintas razas que saltaban y ladraban. Algunos estaban aterrados, otros encantados. Husmeaban y aullaban confusos, pero conscientes de estar libres. Había unas tres docenas de perros, inseguros de lo que estaba pasando, pero más o menos resueltos a participar de todos modos. Ricky contaba con esa característica básica de los perros que hace que, a pesar de no entender demasiado qué ocurre, quieran participar en ello. Ver cómo los perros le olisqueaban las piernas le arrancó una sonrisa a pesar del nerviosismo de lo que estaba haciendo. Rodeado del grupo de animales que saltaban y brincaban, regresó a la oficina. Agitaba los brazos para animar a los perros a seguirle, como un Moisés impaciente a orillas del mar Rojo.
El foco se encendió en el exterior y oyó cerrarse una puerta de golpe.
«El propietario -pensó-. El jaleo lo ha alertado por fin y se pregunta qué mosca ha picado a los animales.”
Contó hasta diez. Tiempo suficiente para que el hombre se acercara a la jaula de Brutus. Oyó un segundo ruido por encima de los perros: el hombre estaba intentando abrir la jaula del rottweiler. Un ruido metálico y después una maldición, al caer en la cuenta de que la jaula no se abriría.
En ese momento Ricky abrió la puerta delantera de la oficina.
– Muy bien, chicos. Estáis libres -dijo agitando los brazos.
Casi tres docenas de perros se abalanzaron hacia la noche cálida de Nueva Jersey, elevando un confuso concierto de ladridos celebrando la libertad.
El propietario soltó palabrotas como un loco y corrió para situarse en el limite de la luz del foco.
Los impetuosos animales lo derribaron, haciéndolo permanecer hincado de rodillas ante la oleada de perros. Se incorporó con dificultad y trató de atraparlos a la vez que saltaban a su alrededor y le empujaban. Un maremágnum de emociones animales mezcladas: algunos perros asustados, otros felices, unos cuantos desorientados, todos inseguros de lo que estaba pasando, sabiendo sólo que se alejaba mucho de su rutina habitual y ansiosos de aprovecharlo, fuera lo que fuese. Ricky sonrió con picardía. Se figuró que era una distracción muy efectiva.
Cuando el propietario alzó los ojos, detrás de la masa revuelta de perros que husmeaban y saltaban vio la pistola de Ricky apuntándole a la cara. Soltó un grito ahogado y se echó hacia atrás sorprendido, como si la boca del cañón fuera tan contundente como la avalancha de perros.
– ¿Está solo? -gritó Ricky para hacerse oír por encima de los ladridos.
– ¿Qué?
– Si está solo. ¿Hay alguien más en la casa?
El hombre sacudió la cabeza.
– ¿Hay algún colega de Brutus en la casa? ¿Su hermano, su madre o su padre?
– No. Sólo yo.
Ricky acercó más la pistola al hombre, lo suficiente para que el olor acre del metal y el aceite, y acaso de la muerte, le llenara la nariz sin necesidad de tener el olfato de un perro.
– Convencerme de que está diciendo la verdad es importante sí quiere seguir con vida -indicó Ricky.
Le sorprendió la facilidad con que lo amenazaba, aunque no se hacía ilusiones de engañarse a sí mismo con su farol.
Detrás de la alambrada Brutus sufría un ataque de furia. Seguía lanzándose hacia el metal y clavaba los dientes en el obstáculo. La espuma le chorreaba por la boca y sus gruñidos vibraban en el aire. Ricky observó al perro con recelo.