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– Eso sería lo más inteligente. Y seguramente Brutus le resarcirá con devoción y engendrando muchas camadas de bestias igual de bobas y salvajes.

– No sé gran cosa… -dijo el propietario.

– Empezamos mal. Da una excusa antes de haber dicho nada.

Acto seguido disparó por segunda vez en dirección a la jaula, acertando a la caseta de madera en la parte posterior del recinto.

Brutus aulló, humillado y furioso.

– ¡Alto! ¡Maldita sea! Se lo contare.

– Pues empiece, por favor. Esta sesión ya se ha prolongado bastante.

– Se remonta a tiempo atrás -empezó el hombre tras pensar un momento.

– Lo se.

– Tiene razón sobre el matrimonio que poseía este sitio. Desconozco los entresijos del plan, pero adoptaron a esos tres niños sólo sobre el papel. Los niños no estuvieron nunca aquí. No sé a quién servia de fachada la pareja porque yo llegué después de que los dos murieran. Había intentado comprarles este sitio un año antes de su muerte y, después de su muerte, recibí una llamada de un hombre que dijo ser el albacea testamentario de su herencia y me preguntó si quería la finca y el negocio. Y el precio era increíble.

– ¿Bajo o alto?

– Estoy aquí, ¿no? Bajo. Era una ocasión, en especial con toda la finca incluida. Un negocio redondo. Firmamos los documentos enseguida.

Con quién cerró el trato? ¿Con un abogado?

– Si. En cuanto dije que sí, un abogado local se hizo cargo. Es un idiota. Sólo se dedica a cerrar ventas de propiedades y a multas de tráfico. Y estaba muy molesto, además, porque no dejaba de decir que lo que yo estaba haciendo era un robo. Pero mantuvo la boca cerrada porque supongo que le pagaban bien.

– ¿Sabe quién vendió la finca?

– Sólo vi el nombre una vez. El abogado comentó que era el pariente más cercano del matrimonio. Un primo muy lejano. No recuerdo el nombre, salvo que era doctor en algo.

– ¿Doctor?

– Exacto. Y me dijeron una cosa, y muy clara además.

Qué cosa?

– Si alguna vez, entonces o después, llegaba alguien preguntando por el trato, por el matrimonio o por los tres niños que nunca había visto nadie, tenía que llamar a un numero.

– ¿Le dieron algún nombre?

– No, sólo un número de Manhattan. Y unos seis o siete años después, un hombre me llamó un día y me dijo que el número había cambiado. Me dio otro número de Nueva York. Unos años después de eso, el mismo hombre me llamó y me dio otro numero, esta vez del norte del estado de Nueva York. Me preguntó si había venido alguien. Le contesté que no. Dijo que muy bien. Me recordó el acuerdo y dijo que habría una prima si alguien se presentaba. Y eso no ocurrió hasta el otro día, cuando apareció ese tal Lazarus. Me hizo unas preguntas y lo eché. Luego llamé al número. Un hombre contestó el teléfono. Era viejo; se le notaba en la voz. Muy viejo. Me dio las gracias por la información. Cinco minutos después recibí otra llamada, de una mujer joven. Me dijo que me enviaba dinero en efectivo, mil dólares, y que si podía encontrar a Lazarus y retenerlo aquí, me darían mil más. Le dije que seguramente se alojaría en algún motel de por aquí. Y eso es todo, hasta que apareció usted. Y sigo sin saber quién demonios es.

– Lazarus es mi hermano -afirmó Ricky con calma. Pensó un momento, añadió años a una ecuación que retumbaba en su interior y, por último, preguntó-: El número al que llamó, ¿cuál es?

El hombre soltó los diez números de un tirón.

– Gracias -dijo Ricky con frialdad.

No necesitaba anotarlo. Era un número que conocía.

Le hizo un gesto con la pistola para que se echara de bruces.

– Ponga las manos a la espalda -ordenó.

– Venga, hombre. Se lo he dicho todo. Sea lo que sea, yo no soy importante, coño.

– Eso seguro.

– Entonces, suélteme.

– Tengo que limitar sus movimientos unos minutos. Los suficientes para irme antes de que usted encuentre una cizalla y libere a Brutus. Sin duda a ese perro le gustaría pasar unos momentos a solas conmigo en la oscuridad.

Eso hizo sonreír al propietario.

– Es el único perro que conozco capaz de guardar rencor. De acuerdo. Haga lo que tenga que hacer.

Ricky lo maniató con cinta adhesiva. Luego se levantó.

– Les llamará, ¿verdad?

– Si le dijera que no, se cabrearía porque sabría que estoy mintiendo -asintió el hombre.

– Muy perspicaz. -Ricky sonrió-. Tiene razón.

Reflexionó un momento qué quería que aquel hombre dijera.

Se le ocurrieron unos versos.

– Muy bien, quiero que les diga lo siguiente:

Lázaro el cerco ha estrechado.

Ahora ya no está desorientado.

¿Está aquí? ¿Está allá? Vete a saber.

En cualquier parte puede aparecer.

El juego despacio va avanzando y Lázaro cree que lo está ganando.

Quizás el señor R ya no pueda elegir y las instrucciones del Voice deba seguir.

– Parece un poema -comentó el hombre, que yacía sobre el estómago en la grava e intentaba volver la cabeza hacia Ricky.

– Una especie de poema. Bien, hora de ir a clase. Repítamelo.

El propietario necesitó varios intentos para recitarlo más o menos bien.

– No lo entiendo -dijo al final-. ¿Qué está pasando?

– ¿Juega al ajedrez? -preguntó Ricky.

– No muy bien -contestó el hombre.

– Bueno, puede estar contento de ser sólo un peón. Y no tiene que saber más de lo que necesita saber un peón. Porque, ¿cuál es el objetivo del ajedrez?

– Capturar a la reina y matar al rey.

– Bastante cerca -sonrió Ricky-. Ha sido un placer hablar con usted y con Brutus. ¿Quiere un consejo?

– Diga.

– Llame y recite el poema. Luego salga y procure reunir a todos los perros. Eso le llevará cierto tiempo. Después, mañana, despiértese y olvide que todo esto ha ocurrido. Vuelva a su vida habitual y no piense más en ello.

El propietario se movió incómodo, con lo que provocó un sonido a arañazo en la grava del camino.

– Será difícil.

– Puede -repuso Ricky-. Pero podría ser prudente intentarlo.

Se levantó y dejó al hombre en el suelo. Algunos perros se habían echado, y se agitaron cuando él se movió. Guardó el arma en la mochila y echó a correr camino abajo con la linterna en la mano. Cuando hubo salido del haz que iluminaba el patio delantero aceleró el paso, salió a la carretera y se dirigió hacia el cementerio, donde había estacionado el coche. Sus pies resonaban en el asfalto negro y apagó la linterna, de modo que corría en medio de una oscuridad absoluta. Pensó que era un poco como nadar en un mar embravecido por una tormenta, cortando las olas que tiraban de él en todas direcciones. A pesar de la noche que lo había engullido, se sentía iluminado por un dato: el número de teléfono. En ese instante era como si todo, desde la primera carta que recibió en la consulta hasta ese momento, formara parte de la misma corriente arrolladora. Y cayó en la cuenta de que tal vez se remontaba mucho más atrás. Meses y años en su pasado, en que algo lo atrapaba y arrastraba sin que él fuera consciente de ello. Saberlo debería haberle desanimado pero, en cambio, sentía una energía extraña y una liberación igual de extraña. Le pareció que saber que había estado rodeado de mentiras y haber visto de golpe algo de verdad era un acicate que le impulsaba hacia delante.

Esa noche tenía que viajar kilómetros. Kilómetros de carretera y de espíritu que conducían hacia su pasado a la vez que indicaban el camino hacia su futuro. Se apresuró, como un corredor de maratón que presiente la línea de meta, fuera de su vista pero intuida en el dolor de los pies y las piernas, en el agotamiento que le invade a cada respiración.

31

Ricky llegó al peaje del lado occidental del río Hudson, al norte de Kingston, Nueva York, poco después de medianoche. Había conducido deprisa, al límite de velocidad permitida para evitar que lo parara algún irritado policía de tráfico de Nueva York. Le recordó un poco a un microcosmos de gran parte de su vida anterior. Quería correr, pero no estaba dispuesto a asumir el riesgo de ir volando. Pensó que Frederick Lazarus habría puesto el coche a ciento sesenta kilómetros por hora, pero él no podía hacerlo. Era como si ambos hombres, Richard Lively, que se escondía, y Frederick Lazarus, que estaba dispuesto a luchar, condujeran a la vez. Se percató de que, desde que había preparado su propia muerte, mantenía el equilibrio entre la incertidumbre de asumir riesgos y la seguridad de ocultarse.