– ¡Ocupad vuestras posiciones! -gritó el viejo, enviando a los arqueros a las torres.
Lope se quedó junto al viejo. Como él, amarró su caballo tras la puerta, lo siguió hacia la brecha de la palizada y ocupó su lugar. Dos hombres que llevaban manojos de flechas en las manos salieron corriendo de la obra y subieron al bastión de la puerta. El viejo azuzaba a sus hombres con maldiciones y rugía pidiendo refuerzos. Lope subió al pasadizo y dejó sus lanzas a un lado. Junto a él había un muchacho alto y delgado que llevaba un traje de cuero y un yelmo deforme y basto revestido de tela. A su izquierda estaba el carpintero que había montado con él. A ninguno de los dos los había visto antes. Se sentía desgraciado, abandonado. ¿Por qué no regresaban el capitán y los otros? ¿Por qué no habían obedecido la señal de alarma? Tenían que haberla oído.
Miró por encima de la cerca: los primeros jinetes moros estaban ya a escasa distancia; al pie del montículo que impedía ver el campamento avanzaban en apretada formación; y por la derecha se aproximaban rápidamente en grupos, gritando, con sus escudos redondos resplandecientes al sol y banderas ondeando en torno a sus yelmos. El aire estaba impregnado de atabales que retumbaban sordamente en el estómago, y de penetrantes silbidos que desgarraban los nervios. ¿Cuántos eran? Dios santo, ¿cuántos eran los que se acercaban? ¿Y cuántos había tras la cerca para rechazar el ataque? No había más de una docena de hombres en toda la brecha, en su mayoría mozos jóvenes como él mismo. Tras esa cerca baja no tenían ninguna posibilidad, ni la más mínima.
Los moros estaban ya inquietantemente cerca; los primeros, a sólo cincuenta pasos, tan cerca que Lope podía verles las caras, las bocas abiertas profiriendo gritos de guerra. Los arqueros de las torres habían empezado a cubrirlos de flechas, pero ahora también los moros disparaban, sin dejar de correr o galopar. Lope se agachó involuntariamente cuando las primeras flechas pasaron silbando sobre su cabeza, para clavarse entre las ramas de la cerca. Por el rabillo del ojo vio que el muchacho del extraño yelmo arrojaba la primera lanza. Se levantó, arrojó también su lanza hacia los moros, sin apuntar, y de repente advirtió, al coger la segunda lanza, que el carpintero ya no estaba a su lado. Vio al viejo correr a tropezones hacia la puerta y a tres hombres huyendo agachados de la cerca hacia la obras. Vio al viejo gritar, sin oír lo que gritaba; el rugido ensordecedor de los atacantes estaba ya tan cercano que apagaba cualquier otro sonido. Y se quedó como petrificado, hasta que vio que el carpintero estaba junto a su caballo, intentando tranquilizar al espantado animal para poder montar. Entonces Lope echó a correr, dejándolo todo, su escudo, las lanzas listas para ser arrojadas. Vio a los otros huir a toda prisa hacia el interior de las fortificaciones; vio al carpintero salir a toda rienda en su caballo, a la grupa del viejo, y de pronto se encontró solo bajo la torre de la puerta. Al volverse, vio que los primeros moros ya estaban cruzando la cerca. Siguió corriendo llevado por el pánico. Se adentró entre las barracas de la construcción y los montones de maderos apilados junto a la obra, tropezó, se arrastró a cuatro patas por un estrecho callejón formado entre una de las barracas y una pila de pieles de vaca frescas de la altura de un hombre, se metió entre las pieles tiesas y viscosas, se detuvo, jadeando, se tumbó, todo el cuerpo le temblaba, estiró las piernas, cerró los ojos, como un niño pequeño que cree que se hace invisible cuando él mismo deja de ver.
Se quedó temblando en su escondite un largo rato, sin darse cuenta de nada, hasta que, poco a poco, fue abandonándolo el cegador y ensordecedor ataque de miedo, y sus sentidos volvieron a percibir lo que ocurría a su alrededor. El olor dulzón y nauseabundo de las pieles se le metió por la nariz. Oyó el penetrante zumbido de las incontables moscas que pululaban a su alrededor. Oyó los gritos de los moros, ruido de cascos de caballo, fuertes golpes de hacha y el crepitar de un fuego muy cercano. Abrió los ojos y vio por la estrecha rendija que dejaban las pieles la parte baja de la torre de asedio, alrededor de la cual habían amontonado grandes hatos de leña. Era allí donde ardía el fuego. Furiosas llamaradas se levantaban devorando la madera del armazón de vigas. A través de las llamas y el humo, Lope llegaba a ver la torre de la esquina noreste de la fortificación, en la que él mismo había estado momentos antes. Vio a los hombres detrás del pretil de la plataforma superior, arrojando piedras hacia abajo y manteniendo a raya a los moros con flechas. Por lo visto, la mayor parte de los hombres de la guarnición se habían salvado alcanzando las torres, bien fortificadas. Pero en el interior de la fortificación no se oía más que a los moros. Estaban en todas partes, y en todas partes sonaban sus gritos. Prendían fuego a cada rincón. Hasta la barraca tras la cual se encontraba Lope parecía estar en llamas. Lope sentía que el calor se hacía cada vez más intenso y, de pronto, oyó el débil sonido de una trompeta repitiendo una y otra vez la misma precipitada señal, y vio que las inmediaciones de la torre de asedio quedaban desiertas y que los moros se alejaban hacia la puerta norte, situada justo frente a la ciudad. Quizá fuera que llegaban refuerzos del campamento y los moros querían evitar enfrentarse con ellos, o quizá su único objetivo había sido destruir las obras y prender fuego a la torre de asedio, y ahora se retiraban.
El calor empezó a hacerse insoportable. Lope se arrastró desesperado fuera de las pieles, ayudándose con brazos y piernas hasta salir. Reptó como una lagartija por el suelo, alejándose de las llamas, jadeando y tosiendo por el humo que le llegaba a los pulmones, y temblando por el esfuerzo. Entonces vio al hombre. Se dio cuenta al instante de que era un moro. Era un hombre mayor, mayor incluso que el capitán, y más bajo que Lope. Llevaba una tela azul alrededor del yelmo y una coraza demasiado grande, que le llegaba hasta los muslos. Eh hombre tenía una lanza en la mano derecha y un gran fardo sobre el hombro izquierdo que apenas le permitía andar. Se dirigía hacia la puerta, y llevaba prisa. Al ver a Lope, se sobresaltó tanto como el propio Lope, y se puso a gritar como pidiendo ayuda. Estaban a menos de quince pasos el uno del otro, y Lope pensaba que el hombre se daría la vuelta y echaría a correr, cuando, de repente, dejó caer el bulto, levantó el brazo y arrojó la lanza, antes incluso de que Lope pudiera ponerse de pie. La lanza pasó rozando la cabeza de Lope. Lope no la vio, sólo escuchó el ruido siseante que hizo al pasar junto a su oído. Desenvainó la espada con mano temblorosa, advirtió espantado que ya no tenía el escudo y que el hombre corría hacia él, gritando como un animal rabioso, lanzando unos aullidos demenciales. Lope quiso esquivarlo, pero las piernas no le obedecieron, y un instante después el hombre ya estaba sobre él, golpeándole. Lope cogió la espada con las dos manos y, manteniéndola firme por encima de su cabeza, intentó parar los golpes del moro, doblándose bajo la espada. Tenía frente a él el rostro del hombre, sus ojos muy abiertos, los trozos de dientes en su boca; oía sus gritos, que en cada golpe se convertían en un aullido. El hombre sólo golpeaba de arriba a abajo, como un martillo. Lope veía venir los golpes y, sin saber bien cómo, interponía una y otra vez su espada entre él y el acero que caía, sin pensar, sin sentir dolor alguno cuando era tocado. En su cabeza martilleó de repente la voz del capitán: «¡Golpea tú, no dejes golpear al otro! ¡Golpea tú! ¡Golpea tú! ¡Golpea y mata! ¡Golpea y mata!». Oía al capitán con tanta claridad como si estuviese a su lado. Pero no podía obedecer, estaba como paralizado, doblado impotente bajo su espada.
Entonces volvió a oírse el agudo y claro toque de trompetas, como una lejana señal de alarma, y el hombre se detuvo un momento, cerró la boca de golpe, apagó su grito, Y en ese mismo instante Lope cargó contra él, empujó la espada hacia delante, sin mirar, sintió en las manos que su acero había golpeado contra algo, y vio que el hombre perdía el yelmo y retrocedía tambaleándose. Entonces Lope golpeó con todas sus fuerzas, golpeó gritando con los ojos cerrados y volvió a acertar, sin saber dónde había acertado. Una ráfaga de aire caliente le azotó la cara. Abrió los ojos y vio que el hombre seguía de pie, tambaleante, los brazos a medio levantar, el rostro extrañamente perdido en una expresión de asombro y dolor. Vio la infinita lentitud con que el hombre caía de rodillas e inclinaba el torso hacia delante, hasta que su cabeza dio contra el suelo. Vio, espantado y perplejo, que el cráneo se abría en dos y dejaba salir una masa sanguinolenta, que rodó hasta sus pies. Lope abrió la boca y tomó grandes bocanadas de aire, como si se estuviera ahogando. Se dio la vuelta, pero no desapareció de sus ojos la imagen de esa masa rojiza, similar a una esponja empapada en sangre. Una sensación de náuseas le subió por la garganta, agarrotándole el cuerpo y haciéndole vomitar con dolorosas convulsiones todo lo que tenía en el estómago. Se sentía como si las entrañas se le hubieran salido por la boca.