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– ¿Quién puede ayudarme, entonces? -preguntó Ibn Ammar-. ¿Acaso el qa'id ya no tiene ningún enemigo en Barbastro?

– Tenía muchos, pero la situación ha cambiado -respondió el nasí, cada vez más nervioso-. La mayoría de los grandes comerciantes de aquí van según sople el viento. Tras la campaña que el príncipe emprendió el año pasado contra el rey de Aragón, para ayudar a la fortaleza de Graus, los ánimos estaban muy caldeados. La ciudad tuvo grandes pérdidas, no sólo por el pillaje de los aragoneses, sino también por el alojamiento de las tropas de Zaragoza. Se esperaba que tras la victoria del príncipe se concedieran ventajas fiscales, pero el príncipe no has concedió. Debió de tener sus razones para no hacerlo, que Dios lo ampare, pero su decisión resultaba muy difícil de comprender, incluso para nosotros, que somos sus más fieles vasallos. Todas las familias influyentes de la ciudad tomaron partido entonces por el al-Qasr, incluido el qadi. Prácticamente toda la ciudad se unió contra el príncipe.

Una criada trajo almendras y sorbetes. El nasí esperó a que la muchacha se retirara; luego continuó:

– Apenas el qa'id empezó a negociar con el señor de Lérida, el ánimo general volvió a cambiar. Barbastro vive del comercio. Ganado, cuero, lana, pieles. Cuando el qa'id nos cerró los mercados de Zaragoza y las rutas comerciales a Toledo, quedamos incomunicados. Lérida no podía reemplazar los mercados perdidos. En consecuencia, la mayoría se volvió nuevamente hacia el príncipe… Hasta ayer mismo habría podido nombrar docenas de hombres que hubieran hecho cualquier cosa para agradar al príncipe y perjudicar al qa'id. Pero las cosas han cambiado desde ayer. Desde que se sabe que el conde de Urgel se ha retirado, todos están convencidos de que el qa'id simplemente ha estado practicando un juego muy arriesgado. La oferta al señor de Lérida no ha sido más que un farol. Cuando se levante el sitio, el qa'id se volverá nuevamente hacia el príncipe y planteará sus condiciones, condiciones aún más duras que las que planteó la ciudad el año pasado. Y el príncipe tendrá que aceptarlas. No podrá negar nada a un hombre que se presente como defensor victorioso de Barbastro. Ésa es la opinión general. Y ésa es también nuestra opinión. -Se encogió de hombros, miró a Ibn Ammar a los ojos y añadió con expresión preocupada-: Me temo que no ha sido una buena decisión abandonar el al-Qasr. Si quieres oir mi consejo, yo te diría que regresaras.

Ibn Ammar se inclinó hacia delante.

– Olvidáis que las circunstancias han vuelto a cambiar -dijo Ibn Ammar con serenidad-. Vuestras conclusiones se basan en la suposición de que la ciudad podrá resistir. Ya os he explicado por qué salí del al-Qasr: el pozo está obstruido. ¿Puede resistir la ciudad sin el agua de ese pozo?

– El pozo del al-Qasr suministra agua desde hace siglos -contestó el nasí con una sonrisa complacida-. Hasta donde llega la memoria, nunca se ha secado.

– Intentaban ampliar el caño del pozo. Es posible que el brocal haya cedido; es posible que hayan caído pesados trozos de piedra en el caño.

– ¡Suposiciones!

– El propio qa'id ha bajado al pozo. Nadie llama al señor del castillo cuando sólo ha ocurrido un pequeño accidente.

– El qa'id es un hombre que se ocupa personalmente de todo. Es famoso por ello. No hay por qué preocuparse -dijo el nasí balanceando la cabeza, sonriente.

Ibn Ammar sentía que empezaban a humedecérsele las manos. ¿Habría sacado conclusiones demasiado precipitadas? ¿Se habría engañado? Trajo a la memoria los rostros asustados de los hombres que rodeaban el pozo, la muda consternación con que habían clavado su mirada en la zanja, la prisa enfermiza con que el qa'id había bajado por la escalinata. Sólo una suma de impresiones, ningún tipo de pruebas. El nasí no estaba dispuesto a quedarse al descubierto por un mero cúmulo de impresiones externas. Uno no podía tomárselo a mal. Era judío y tenía que actuar con cautela, no podía arriesgarse a desagradar, o incluso enfurecer, al qa'id. Pero ¿no se comportarían del mismo modo los musulmanes que el visir había calificado de leales seguidores del príncipe? ¿Quizá ellos se dejarían convencer?

Ibn Ammar dijo los nombres.

– ¿A cuál de ellos puedo dirigirme?

Eh nasí levantó las manos en señal de negación.

– ¿Cómo podría saberlo? Los tiempos han cambiado, las circunstancias han cambiado, amigos se han convertido en enemigos. ¿Cómo podría darte consejo?

– Me basta con que digáis el nombre de una persona que vos creáis que puede ayudarme -dijo Ibn Ammar.

El nasí se dio la vuelta. Sus ojos, inquietos, iban y venían de un lado a otro, como si esperase oir en cualquier instante que llamaran enérgicamente a su puerta.

– Ibn al-Turtushi, tal vez -dijo finalmente-. Ibn al-Turtushi, el comerciante en ganado.

– ¿Por qué precisamente él? -preguntó Ibn Ammar.

– Porque existe una enemistad personal entre su familia y la del qa'id. No es sólo un enemigo político.

– Llevadme a él -dijo Ibn Ammar bruscamente, dejando de lado toda cortesía. Se levantó y se dirigió hacia la puerta. Eh nasí lo siguió agitando los brazos.

– ¡No puedes hacer eso! Podrían verte, podrían averiguar que vienes de mi casa. Ibn al-Turtushi vive junto a la muralla norte, al otro lado de la ciudad. El camino es muy largo, hay demasiada gente en la calle. ¡Es imposible!

– Entonces esperemos a que oscurezca -lo interrumpió Ibn Ammar, volviendo a sentarse.

Esperaron hasta que hubo pasado la cuarta hora de la noche. Luego Ibn Ammar, acompañado por un joven criado, se puso en marcha. Primero yendo de patio en patio, a través de puertas ocultas y estrechos pasajes que unían entre sí las propiedades vecinas; luego, al dejar atrás el barrio judío, por las callejas de la parte alta de la ciudad, bordeando los muros de las casas, acompañados por los ladridos de los perros, hasta la muralla de la ciudad. Allí, el muchacho se detuvo, señaló a Ibn Ammar la casa y desapareció en la oscuridad de la calleja por la que habían venido.

La casa tenía dos plantas, un tosco muro de sillares labrados en la parte baja y una construcción en forma de torre que sobresalía en la parte más apartada de la calle. Ibn Ammar llamó suavemente a la puerta. Antes de la puesta de sol, el nasí había mandado a esa casa a un criado, para que anunciara la visita de Ibn Ammar, pero, aún así, éste tuvo que repetir varias veces los golpes acordados para que le abrieran. Entró en un sombrío recibidor impregnado de un penetrante olor a suero de leche, orina y sudor. Dos oscuros personajes vestidos como boyeros cerraron la puerta detrás de él, mientras un tercero, mayor que los otros, le alumbraba la cara con una lámpara. Ibn Ammar dijo lo que tenía que decir. El hombre de la lámpara lo escuchó en silencio, para luego marcharse. Después de unos momentos, que a Ibn Ammar le parecieron horas, el hombre regresó con la noticia de que el dueño de la casa ya se había retirado a descansar.

Ibn Ammar tuvo que pasar la noche en el recibidor con los dos pestilentes peones, que no mostraron ningún interés en entablar conversación con él. Ibn al-Turtushi no lo recibió hasta media mañana. Era un hombre alto y muy robusto, calvo y sudoroso, de manos enormes y rojas. Escuchó las explicaciones de Ibn Ammar en silencio y con desconfianza, y no empezó a mostrarse interesado hasta que Ibn Ammar mencionó el pozo, si bien esto no atenuó su desconfianza ni lo llevó a expresar una opinión. Finalmente, el hombre ofreció a Ibn Ammar una habitación en la planta baja de la casa y rugió a un criado que lo acompañara allí. Al parecer, no consideraba necesario ocuparse él mismo de su huésped.

En el patio interior de la casa, bajo toscos tejadillos de protección, había distintos animales: caballos, vacas, ovejas. Unas cuantas gallinas escarbaban en el estiércol. Media docena de hombres holgazaneaban en el patio, simples peones, la mayoría tumbados a la sombra de la galería circundante. Ibn Ammar se sentó a la puerta abierta de la habitación y se puso a contemplar el patio. Estaba agotado, pero demasiado intranquilo como para conciliar el sueño.