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Lope salió arrastrándose de su escondite, bajó al foso, siempre con el cuerpo pegado a tierra y un ojo dirigido a lo alto de la muralla. Cuando estaba a sólo diez pasos del hombre, éste lo oyó acercarse y volvió la cabeza. Lope siguió arrastrándose, con el cuchillo listo para atacar. El hombre miró el cuchillo con los ojos muy abiertos y levantó ambas manos, enseñando las palmas.

– ¡Amán! -gritó apenas, respirando muy deprisa-. ¡Amán, amán! -Y en español-: ¡No, muchacho! ¡No! ¡Estoy herido, no puedo defenderme! -La voz le fallaba por el miedo-. ¡Escucha, muchacho, tengo dinero! ¡En Zaragoza tengo gente que pagará por mi! ¡Escúchame! ¡Gente que pagará por mí! Puedes estar seguro de que pagarán. ¡Ayúdame, muchacho! Si lo haces no te arrepentirás.

Hablaba tan rápido, que Lope apenas si podía entenderlo. No hablaba el español como lo hacían los moros de Barbastro. Su español era más bien como el del hakim judío de Sevilla. Era cierto que estaba herido; Lope se hallaba ahora muy cerca y podía verlo con sus propios ojos. Tenía la pierna derecha rota por debajo de la rodilla, el pie torcido hacia dentro.

– ¡Cierra la boca! -dijo Lope entre dientes, y su voz sonó tan dura que el hombre enmudeció inmediatamente. Lope guardó el cuchillo. De pronto recordó que había olvidado avisar a los otros dos. Desde el fondo del foso no los veía, y no se arriesgaba a llamarlos, pues sabía que por las noches los moros soltaban perros sobre las murallas.

Eh hombre intentó levantarse, se cogió la entrepierna y volvió a dejarse caer. Lope vigilaba el borde del foso. La luna despedía tal resplandor que podía verse cada detalle: los muros de las huertas, los matorrales, las copas de los árboles frutales. Luego sintió un suave silbido y vio al viejo Pero agachado en el borde del foso. Lope le devolvió el silbido y lo llamó con una señal. Cuando el viejo estuvo lo bastante cerca, Lope lo llamó:

– ¡Ven! ¡Aquí! ¡Aquí hay uno, un moro!

El viejo se arrastró por el foso, se quedó en cuchillas junto a Lope y miró al hombre. Éste empezó a hablar otra vez, con la misma voz nerviosa que antes y con las mismas palabras: que en Zaragoza había gente que pagaría un rescate por él, y que él tenía dinero y bastaba con que fijasen la suma. Lo juró por Dios y por la vida de su madre.

El viejo Pero no parecía prestarle ninguna atención. Miró hacia lo alto de la muralla, luego se inclinó sobre el moro, buscó con la mano el pie torcido y, entre los quejidos del hombre, siguió palpándole la pierna hasta llegar a la cadera. Una vez tuvo el cinturón del moro en la mano, lo sopesó con desdén y dijo:

– Parece como si hubiera caído de la muralla. Tiene la pierna rota, tendríamos que cargarlo. Creo que no merece la pena.

Lope dirigió la vista al hombre, que lo estaba mirando con mudo espanto, y luego al viejo Pero, que había echado mano de su cuchillo. No podía soportar la idea de ver cómo el viejo clavaba el cuchillo en la garganta del moro.

– Créeme, no tiene sentido -dijo el viejo Pero, sin perder la calma-. Si cargamos con él hasta el campamento, dentro de tres días ya habrá huido.

Lope titubeó.

– ¿Y si es cierto lo que dice? -replicó sin mucha convicción-. ¿Si es verdad que tiene gente que pagaría un rescate por él?

Un ruido detrás de él lo sobresaltó, pero sólo era el cabañero acercándose por el foso. Lope esperó a que el cabañero se les uniera y, señalando al hombre con la cabeza, dijo:

– Un moro… dice que pagarían un rescate por él.

– Eso es lo que dicen todos -contestó el cabañero-. Una mierda de rescate -dijo-. Eso sólo se lo traga el viejo. Cojamos lo que lleva encima y repartámoslo entre nosotros. No hace falta que nadie se entere de que hemos cogido a un moro. – Desenvainó el largo cuchillo que llevaba cogido de una correa bajo el sobaco-. Podemos llevarnos la cabeza. A veces pagan por ella, para que no se presente sin cabeza el Día del Juicio.

El hombre movió los labios, pero no salió ningún sonido.

– No -dijo Lope-. ¡Lo llevaremos al campamento! -lo dijo sólo para llevar la contraria al cabañero. Lope era el segundo hombre, después del capitán. Si alguien tenía allí algo que decir, ése era él. Y quería dejárselo bien claro al cabañero.

El cabañero ya estaba inclinado sobre el hombre, cuchillo en mano, y por un instante pareció que no se detendría, pero el viejo Pero lo hizo a un lado.

– Si eso es lo que quieres, lo llevaremos al campamento -dijo, dirigiéndose a Lope. Se arrodilló entonces junto al moro y, señalando la pierna rota, añadió-: Sujetadlo fuerte de la rodilla. -Después dijo algo en árabe y el moro respondió con un precipitado aluvión de palabras, como si tuviera miedo de que no le dieran tiempo para decir todo lo que quería decir.

El viejo Pero le cogió el tobillo y dio un tirón; el moro lanzó un grito gutural y perdió el sentido.

– Dadme la faja que lleva a la cabeza -dijo el viejo Pero, cogiendo las flechas de su aljaba. Luego entablilló la pierna del moro con las flechas y las sujetó con la faja. Entre los tres sacaron al hombre del foso y lo llevaron al campamento. Cuando llegaron, el moro seguía inconsciente.

Yunus cortó la bota y examinó la pierna. Según el informe del joven, debía de tratarse de una dislocación del hueso agravada por un astillamiento, o de una rotura de la articulación tibiotarsiana o de la cabeza de la tibia, pero en realidad lo único dañado era la tibia y el peroné; una simple rotura, ni siquiera abierta. Yunus no tuvo problemas para enderezar la pierna. Mucho más grave era la contusión en los testículos que había sufrido el hombre. Al parecer, después de que la pierna derecha recibiera el primer golpe, el hombre había caído ahorcajado sobre una roca, de la que luego habría resbalado. El escroto se había desgarrado, y los dos testículos estaban inflamados, del tamaño de puños, y teñidos por hematomas. Los dolores debían rayar en lo insoportable. Cuando Yunus terminó los preparativos para coser el desgarro y tocó los testículos, el hombre despertó de su desmayo gritando, y mientras Yunus cosía no dejó de gritar y jadear a través del cuero que le habían puesto entre los dientes para que lo mordiera. Yunus tuvo que atarlo firmemente de brazos y piernas para mantenerlo inmóvil. El hombre no era uno de esos que prefieren arrancarse la lengua a mordiscos antes que dar un solo grito de dolor.

Más tarde, cuando Yunus le llevó algo de comer, el moro se disculpó, apocado, y buscó palabras para expresar su agradecimiento. Yunus advirtió el miedo interrogante que reflejaban sus ojos y dijo:

– Tendrás que acostumbrarte a la idea de que ya no podrás ser padre, tal como veo tu herida.

El rostro del hombre se ensombreció, y Yunus se apresuró a añadir la buena noticia tras la mala:

– Eso no significa que ya no seas un hombre, sino sólo que probablemente has perdido tu facultad de procrear. -De repente se dio cuenta de que había usado las mismas palabras que una vez empleó su maestro en Bagdad. Aquella vez el paciente había sido un herrador, un hombre recio y tosco que debía agradecer su atrofia testicular a la coz de una mula.

– ¿Queréis decir que todavía puedo ocuparme de mi mujer, pero que ya no puedo llenarle la panza? -había preguntado aquella vez el herrador, y, al oir la respuesta afirmativa del médico, se había golpeado el pecho con el puño, quejándose-: ¡Dios mío! De haberlo sabido, hace ocho años que me habría machacado los huevos en el yunque. Me habría ahorrado cuatro hijas.