El hombre habló a Ibn Ammar en un árabe extrañamente duro, casi atropellado, que difícilmente podía encajar con su elegante aspecto.
– Que Dios te dé salud -dijo-. Siento haberte causado dolor, no lo he hecho adrede. -Sonreía, pero la sonrisa sólo llegaba a su boca; sus ojos eran fríos e inexpresivos como los de un pájaro-. Mi amigo, el señor de este campamento, es normando, ya me entiendes: madjus. Quería venir él en persona a hacerte unas cuantas preguntas, pero yo se lo impedí. Le dije: Déjame ir a mí, deja que yo hable con él, hablamos el mismo idioma, podemos entendernos mejor. -Arrimó con la punta de la bota una albarda de madera y se sentó en ella-. ¿Has tratado alguna vez con normandos? -preguntó-. Por las malas, quiero decir.
Ibn Ammar negó con la cabeza.
– Dios te libre de hacerlo -dijo el Siciliano. Se apoyó cómodamente sobre la rodilla-. Voy a contarte una historia -continuó-. Sucedió hace un año. Algunos de los normandos que ahora están en este campamento, estaban acantonados entonces frente al castillo del emir de Palermo, cerca de Messina. En una incursión consiguieron capturar al hijo de un qa'id, que era vasallo del emir. El comandante de los normandos quería saber de él cuántas provisiones quedaban en el castillo. El joven no quería decir nada. Así que los normandos le arrancaron un diente. Y una hora después, el siguiente. Al atardecer, el joven dijo por fin lo que los normandos querían oir. Para entonces ya había perdido doce dientes, doce dientes hermosos y sanos. -La sonrisa que rodeaba su boca se marcó aún más, dejando ver una hilera de dientes blancos e inmaculados-. Absurdo, ¿no te parece? -Se inclinó hacia delante y la sonrisa desapareció de su rostro-. Tengo que hacerte unas cuantas preguntas -dijo.
Ibn Ammar respiraba rápidamente, a estertores. El miedo le oprimía el pecho.
– ¿Qué quieres saber? -preguntó. Su voz sonaba como si tuviera la garganta llena de arena.
– Nos han informado que la ciudad ya no tiene agua -dijo el siciliano-. Quería saber si lo que dicen esos informes es cierto.
Ibn Ammar asintió con la cabeza. Estaba preparado para esa pregunta. Desde el primer momento había sabido que lo interrogarían, y había meditado la respuesta. Se había propuesto confesar sólo una parte de lo que sabía, pero la mirada fría y sonriente del Siciliano alejó rápidamente esta intención. Contó todo lo que había visto y oído, inundó de información al hombre que lo interrogaba. Estaba tan ansioso de decirlo todo que se le saltaban las lágrimas cuando el Siciliano le hacía alguna pregunta desconfiada, dando la impresión de que no le creía. El miedo a nuevos dolores lo convertía en una dócil criatura carente de voluntad propia. Habría escupido sus secretos más íntimos, su vida entera, si el Siciliano, tan deferente y cortés, se lo hubiera pedido; habría traicionado a su propia madre con tal de satisfacer a ese hombre tan amable.
Y se avergonzaba de ello, se sentía humillado; sentía una vergüenza tan profunda que le hacía olvidar todo dolor. Un rato después, cuando entraron en la choza el comerciante judío y el hidalgo de nariz aguileña al que servían los tres hombres que lo habían encontrado ante la muralla, Ibn Ammar yacía completamente apático sobre su cama. Escuchó con total indiferencia cómo el hidalgo planteaba la absurda exigencia de seiscientos dinares. Con el mismo interés dejó pasar los esfuerzos del judío por rebajar la suma. Cuando finalmente el hidalgo se dio por satisfecho con la cantidad, comparativamente ridícula, de ciento veinte dinares, Ibn Ammar no sintió ni consuelo ni agradecimiento. El interrogatorio del Siciliano lo había dejado más gravemente herido que la caída de la muralla. Se sentía como si lo hubieran castrado del alma.
29
Partieron dos horas antes de la puesta de sol. Setenta hombres con cien caballos, la mitad pertenecientes al campamento normando; los otros, al campamento del rey de Aragón. Desde que el rey moro de Zaragoza había reforzado las guarniciones de los castillos fronterizos con divisiones de caballería ligera, ya nadie se arriesgaba a emprender una cabalgada hacia el sur si no se disponía como mínimo de medio centenar de hombres. Tres semanas atrás, una patrulla francesa había sido aniquilada por los moros. Sólo había quedado con vida un hombre, que había regresado al campamento descalzo y semidesnudo, y sin nariz ni orejas.
Cabalgaron ocho horas casi sin pausa, adentrándose en la oscuridad de la noche, primero hacia el sur, hasta dejar atrás el castillo de Monzón, luego hacia el sureste, por la llanura. Al frente cabalgaba un adalid, un peón natural de la región que conocía cada sendero y en quien se podía confiar, pues su mujer y sus dos hijos estaban bajo vigilancia en el campamento. El adalid, apartándose de las carreteras, los guió por estrechos senderos de pastores y a través de cumbres boscosas flanqueadas por precipicios cortados a pique, hasta una colina que se levantaba sobre la planicie como última estribación de la cadena de montañas. Pasaron el resto de la noche en un encinar que crecía en la pendiente occidental de la colina. Establecieron guardias y durmieron en el suelo, envueltos en las mantas de sus sillas de montar, entre los caballos estacados, junto a sus armas listas para ser empuñadas.
A Lope le había tocado hacer la última guardia con el viejo Pero. El adalid los guió a la cima de la colina, donde buscaron un lugar cómodo, un tronco donde apoyar la espalda. El viejo Pero no tardó en quedarse dormido, y Lope lo dejó dormir. Se sentía fresco, no había ningún peligro de que también él fuera vencido por el sueño.
Cuando empezó a amanecer, Lope trepó a un árbol y echó un vistazo a la llanura. Al sur, a unas tres millas de allí, había un pueblo bastante grande. Lope llegaba a ver la cúpula de la mezquita, la delgada punta del minarete y los tejados cubiertos de paja de las casas aglomeradas detrás de la palizada que rodeaba el pueblo. Recorrió con la mirada los caminos y los lugares de trilla. No se veía a nadie, ni un solo campesino yendo a trabajar a los sembrados, ni un arriero, ni un pastor sacando el ganado a pastar. Todo estaba quieto, extrañamente quieto.
Antes de salir el sol sonó el pitido que los llamaba de regreso al lugar donde habían acampado. Los hombres estaban reunidos en grupos; habían enviado exploradores que confirmaron lo que había notado Lope. Los campesinos se habían atrincherado en el pueblo; la sorpresa había fracasado. Algún vigía o algún pastor de cabras debía de haberlos visto llegar por la noche y habría avisado a la gente del pueblo. Los moros no se dejaban sorprender tan fácilmente, vivían alertas por los muchos ataques que ya habían sufrido, y con cien caballos era prácticamente imposible acercarse sin ser vistos. Ya no se podía hacer nada.
Dos o tres jinetes aragoneses abogaron por asaltar el pueblo, pero todos los demás se opusieron. Habría demasiados heridos, podían perder demasiados caballos. El posible botín no lo merecía, y el camino de regreso era demasiado largo. Desde que se sabía que los moros de Barbastro ya no tenían agua, nadie quería arriesgar demasiado. Así las cosas, emprendieron el regreso, enviando por delante una avanzadilla de doce hombres, a quienes se mandó que no se perdieran de vista. Cabalgaron dos horas a paso ligero hacia el oeste por campo abierto, con la esperanza de poder asaltar a unos cuantos campesinos, a los que luego podrían canjear por trigo. Pero la región parecía desierta. Todos los pueblos por los que pasaron estaban cerrados y en los minaretes ondeaban largas banderillas verdes. Era como si en lo alto de cada colina hubiera un espía siguiendo sus pasos y anunciando justo a tiempo su llegada.
Empezaron a cabalgar a un ritmo más lento. Cuando pasaban por campos de trigo aún sin cosechar se detenían y, bajo el calor sofocante, cortaban ellos mismos con sus espadas y cuchillos las espigas, que luego guardaban en sacos que habían traído consigo para llenarlos con el grano de los moros. En el valle del Cinca hicieron la primera parada, para que los caballos pudieran descansar. Lope y otros seis fueron enviados por agua. Cuando volvió, frente al capitán estaba uno de los aragoneses, un hombre fuerte como un toro, de cabello negro, cabeza estirada hacia delante y cuello muy corto; tendría entre treinta y cuarenta años, Lope no podía calcular su edad con más exactitud. Sólo sabía que los aragoneses llamaban a aquel hombre el «Cuatrodedos», porque le faltaba el dedo meñique de la mano izquierda.