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El hombre miraba fijamente al capitán, con los ojos entornados.

– Me resultas familiar, viejo -dijo-. Tengo la sensación de que ya te he visto antes, en alguna otra parte.

El capitán volvió lentamente la cabeza, abrió los ojos, miró al hombre como se mira a un tipo cargante que viene una y otra vez a pedir algo, y volvió nuevamente la cabeza.

– Te pareces a alguien a quien llevo veinte años buscando; te le pareces endemoniadamente -continuó el hombre. Se acercó dos pasos más al capitán y cruzó los brazos-. ¿Es posible que hace veinte años estuvieras por esta región? -preguntó-. ¿Es posible que sirvieras en la guardia personal del señor de Lérida, hace veinte años?

El capitán fingió que no oía nada, pero el otro no se dejó rechazar tan fácilmente; se quedó allí, como un tronco, con las piernas muy abiertas e inquietantemente tranquilo. También su voz parecía tranquila cuando volvió a hablar.

– En el campamento se dice que una noche tiraste a un moro de su caballo sin tocarlo con las manos, como por arte de magia. El hijo de perra al que estoy buscando también podía hacer cosas así.

Algunos hidalgos de la tropa aragonesa que andaban cerca de allí prestaron atención y empezaron a acercarse, uno a uno.

– Yo estuve presente cuando le acertaron con una flecha. Vi cómo el astil le atravesaba la pantorrilla. Debieron de quedarle dos cicatrices, y yo sé en qué parte. Me harías un gran favor si me permitieras verte la pierna. Sólo ese lugar, en la pantorrilla derecha. Así podrás liberarme de una horrible sospecha y devolver la paz a mi alma.

El capitán le escupió a los pies.

– ¡Lárgate! -gruñó-. ¡No me vengas a mí con historias!

El hombre al que llamaban Cuatrodedos no se movió. Y Lope, que no dejaba de mirarlo, sintió de repente un ligero temor, como jamás lo había sentido estando con el capitán. Siempre se había sentido seguro al lado del capitán, siempre había estado convencido de que el capitán podía acabar con cualquier adversario, siempre había tenido una confianza ilimitada en su astucia, su fuerza y su habilidad en la lucha. Ahora, por primera vez, empezaba a dudar. Miró al capitán, que estaba sentado en el suelo en una postura extrañamente relajada, huesudo, macilento, con los cabellos pegados y la cara manchada de polvo, que le daban un aire demacrado y viejo. Y miró al hombre que se erguía frente a él, pesado, brutal y rebosante de energía. E intuyó que el capitán no podría acabar con ese individuo, que contra él no tendría ninguna oportunidad.

– Escúchame, viejo -dijo el hombre-. El hijo de perra al que estoy buscando tiene las vidas de mi padre y mi hermano sobre su conciencia. Lo estoy buscando desde hace veinte años y lo encontraré. Por eso quiero comprobar si tienes esa cicatriz en la pantorrilla derecha. Lo comprobaré, viejo, aunque no colabores. No te perderé de vista, viejo, recuérdalo. A partir de ahora no te perderé de vista.

El hombre se quedó un largo rato mirando fijamente al capitán, con el mentón apuntando hacia delante, como si quisiera obligarlo con la mirada a mostrar la pierna. Luego dio media vuelta y se marchó, sin volver la mirada ni una sola vez.

Sólo cuando el hombre ya no podía oírlo, el capitán levantó la cabeza, miró a su alrededor y dijo, encogiéndose de hombros:

– ¿Qué quiere ese bocazas? ¿Qué quiere de mí? ¿Qué tengo que ver yo con sus historias?

Quería parecer burlón, pero su voz sonó más bien oprimida, como si tuviera en la garganta algo que le entorpecía el habla.

Los siguientes días transcurrieron en perezosa inactividad. En todos los campamentos se estaba a la espera de que la ciudad empezara a negociar la rendición. La construcción de la torre de asedio se había detenido y las guardias se habían duplicado en prevención de un ataque moro. Los centinelas se aburrían y mataban el tiempo jugando a los dados. Se jugaban ya el botín que esperaban conseguir.

A veces, por las noches, se reunían pequeños grupos, que se deslizaban a hurtadillas hasta las murallas de la ciudad con la intención de dar caza a algún moro que pretendiera huir. Pero en el sector normando esta cacería no dio ningún fruto. La mayor parte de los moros intentaban escapar por el río, se escabullían bordeando el cauce o dejaban que la corriente los llevara río abajo, donde se encontraban los franceses. Los franceses atrapaban dos o tres cada noche.

Lope era el único que aprovechaba el tiempo. Cada día pasaba algunas horas con el viejo Pero, practicando el tiro con arco en una colina pelada que se levantaba media milla al sur del campamento. En Sabugal había aprendido a usar el arco largo. Ahora tenía que olvidar todo lo que había aprendido. El arco moro requería un manejo completamente distinto al del arco largo. Ambas armas eran muy diferentes ya en su forma exterior. El arco largo estaba hecho de una sola pieza de madera de tejo; el moro, de varias piezas de madera, cuerno y tendones de animales artísticamente unidas con cola. Además, el arco moro tenía los extremos curvos, lo que le daba la extraordinaria característica de que el arquero sólo tenía que emplear todas sus fuerzas al principio, mientras que al final, cuando el arco ya estaba casi completamente extendido, los extremos seguían siendo flexibles, gracias a lo cual el arquero podía apuntar a su blanco con mucha más precisión. Igualmente distinta era la técnica con que se disparaba cada arco. En el arco largo, se tiraba de la cuerda con los tres dedos centrales; en el moro, con el pulgar. El arquero rodeaba la cuerda con la primera falange del pulgar y se cogía la punta de éste con el índice. De este modo le quedaban tres dedos libres, con los que podía llevar las riendas cuando iba a caballo. Ése era el misterio de los arqueros moros a caballo. Una mano sostenía el arco y sacaba las flechas de la aljaba con el pulgar y el índice. La otra mano también utilizando sólo el pulgar y el índice, cogía la flecha, la ponía en la cuerda y tiraba. La dificultad estaba en que esa mano, al tener los otros tres dedos que llevar las riendas siempre a la altura del arzón, tenía muy poco margen de movimiento. En lugar de mover la mano, el arquero tenía que mover el cuerpo para acomodarlo a la mano. Esto no sólo exigía que el arquero fuera un gran jinete, sino también que tuviera un dominio acrobático de su cuerpo. Y eso fue lo primero que el viejo Pero enseñó a Lope.

Practicaron de pie y a caballo. Practicaron la posición de la mano al coger la cuerda y al sacar la flecha de la aljaba. Practicaron la posición de los dedos, los brazos y los hombros, y los movimientos necesarios para tensar el arco y para apuntar. Practicaron un día tras otro, sin que Lope disparara nunca una sola flecha. El viejo Pero economizaba mucho sus flechas; era un profesor con método. Sólo una vez hizo volar las flechas, al principio, cuando introdujo a Lope en el arte de tirar con arco: disparar doce flechas en el tiempo que un sacerdote apresurado necesita para rezar un padrenuestro, y acertar con todas a un blanco del tamaño de una piel de oveja colocado a ochenta pasos. Acertar al mismo blanco, colocado a la misma distancia, cabalgando a todo galope. Y, a pie firme, acertar como mínimo con dos de tres flechas a una distancia de trescientos metros. Ese era el arte que Lope debía aprender.