En todo ese tiempo, el capitán no dio un solo paso fuera de los limites del campamento. Se comportaba de un modo extraño. Ya no bebía vino, holgazaneaba en su choza, mandó pulir sus armas, su yelmo, su armadura, su silla de montar. Nada le parecía bien. Estaba insufrible, malhumorado, camorrista. Lope lo observaba con preocupación. Por la mañana, mientras el capitán se vestía, Lope, casi sin darse cuenta, le miraba las piernas, pero no pudo llegar a ver si tenía dos cicatrices en la pantorrilla derecha. Tampoco podía recordar haberle visto alguna vez esas cicatrices.
El hombre al que llamaban Cuatrodedos no había vuelto a aparecer. No lo volvieron a ver hasta ocho días después de la infructuosa cabalgada, y se encontraron con él por pura casualidad.
Ese día el capitán había mandado que le trajesen una jarra de vino por primera vez desde la cabalgada. El vino despertó su espíritu emprendedor, y al ocultarse el sol envió a Lope al pueblo de cantinas para que anunciase a la negra Doda que la visitaría esa noche. Exigió que Lope fuera vestido con la armadura completa, y que el viejo Pero y el cabañero fueran con él. Cuando visitaba a alguien, quería presentarse como un gran señor.
Lope salió cabalgando por delante. Al llegar a la casa de la bella Doda y entrar en el patio vio salir por la puerta a Mira, la muchacha. Nada más verla se le cortó la respiración. Era todavía más bonita de lo que él recordaba. Tenía el cabello suelto y sonrió a Lope cuando éste desmontó, pero no pareció reconocerlo, a pesar de que una antorcha iluminaba la fachada de la casa. No lo reconoció hasta que Lope mencionó el nombre del capitán. La muchacha se llevó la mano a la boca, como apenada, quitó a Lope el yelmo, que le cubría la mitad de la cara, lo llevó a la luz de la antorcha y le preguntó, en tono de falso reproche, por qué no se había dejado ver en todo ese tiempo.
– ¿Dónde te habías metido? Te he estado esperando -dijo Mira tirando de Lope hacia la casa y arrimándose a él; luego llamó a un criado para que se ocupase de su caballo-. ¿Sabes una cosa? -dijo-. ¡Ay, me enfadé mucho con mi señora! ¡No sabes cuánto me enfadé!
No llamaba a Lope por su nombre, también lo había olvidado; pero eso a él no le importaba. Sentía el cuerpo de la muchacha a través de la coraza de cuero, y el fuerte perfume que brotaba de su cabello le llenaba la nariz. Lope todavía conservaba en la memoria cada una de las palabras que se habían dicho aquella noche junto al fogón de la cocina, cada uno de los movimientos de sus labios y sus manos.
En el interior de la casa todo había cambiado. Esterillas en el suelo; vigas nuevas en el techo; la habitación donde la dueña recibía a sus visitantes ahora estaba separada del resto por una pared recién enfoscada; había cacerolas de cobre y garrafas de vidrio junto al fuego, signos de un nuevo bienestar exhibido con orgullo. Mira también mostraba indicios de ese nuevo bienestar. Llevaba un collar de coral rojo y pulseras de plata en las muñecas, y su vestido era de seda. Ya no era la criada de la cocina. Al parecer, ese puesto lo ocupaba ahora una segunda muchacha, que estaba junto al fogón; una chica de catorce años, grande y corpulenta, más alta que Mira y de cabellos rubios que le colgaban sobre la espalda en una trenza. Mira le dio a entender con un movimiento de la mano que se marchara de la cocina. La muchacha obedeció de mala gana y, al pasar al lado de Lope, lo miró a la cara mostrándole los dientes en una sonrisa que, por un momento, dejó ver también su lengua. Pasó tan cerca a Lope que su falda lo rozó. Lope se sobresaltó al sentirla; estaba tan confuso que no se atrevió a volverse para seguirla con la mirada mientras salía de la habitación.
– ¿Has visto eso? -dijo Mira, señalando la pared nueva, cuyo enfoscado aún estaba húmedo en algunos puntos-. La mandamos construir por deseo del conde de Tolosa -explicó-. El conde de Tolosa ya ha estado aquí tres veces. Cuando viene lo escoltan doce caballeros; es un señor muy distinguido. -Con perceptible orgullo, añadió-: Nosotras ya sólo recibimos a señores distinguidos.
Lope no le hizo caso. Le dijo lo que el capitán le había encargado que dijera. Mira frunció las cejas y respondió que su señora no estaba en casa, que tenía que consultárselo a ella, y que los distinguidos señores a los que recibían ahora solían anunciar su visita con algunos días de antelación. Luego ladeó la cabeza, examinó a Lope desde sus cejas fruncidas, le dijo que esperara y se marchó apartándose el cabello de la frente.
Lope se quedó en la cocina sin saber qué hacer. Miró el banco colocado junto al fogón, en el que había estado sentado con ella aquella vez. No se percató de que la criada había regresado a la cocina, no oyó el susurro de sus pisadas sobre las esterillas hasta que estuvo detrás de él. La muchacha pasó por su lado sin mirarlo, con un hatillo de leña bajo el brazo. La falda azul que llevaba puesta le quedaba muy corta, por encima de las rodillas. Lope la observó mientras trabajaba en el fogón, limpiando las cenizas, soplando para avivar el fuego y colocando cuidadosamente la leña. Sus piernas eran largas y morenas. Al inclinarse sobre el fuego, la trenza se le cayó hacia delante. La muchacha volvió a echársela a la espalda con la mano y, al hacerlo, giró la cabeza y sonrió a Lope por encima del hombro.
Lope esquivó su mirada, pero vio por el rabillo del ojo que la muchacha se levantaba y, limpiándose la ceniza de las manos, se acercaba lentamente hacia él.
– Eh, guapo -dijo la criada-. ¿Qué tal? -Se detuvo a dos pasos de Lope y, sin quitarle la mirada de encima, se levantó la falda con un rapidísimo movimiento y enseñó lo que tenía para vender-. ¿Quieres que te lo haga? -dijo-. Ven conmigo, guapo, medio penique de plata. Di lo que quieres a cambio y yo lo haré.
La muchacha se acercó aún más, cogió la mano de Lope y se la metió entre las piernas. Lope sintió el suave vello de su pubis y retiró la mano violentamente; se alejó un paso, pero la muchacha se arrojó sobre él, haciéndolo caer, y lo abrazó por el cuello.
– Te lo haré muy bien, guapo. ¡Ven conmigo!
Lope quería decir algo, pero no podía; intentaba resistirse, pero tenía los pies clavados a la esterilla. Entonces, de repente, la muchacha se alisó rápidamente la falda, regresó apresurada al fogón y se puso a coger las cacerolas de cobre. En ese mismo instante, Lope oyó el ruido de la puerta y, todavía sin haberse incorporado del todo, vio entrar a un hombre. Supo enseguida quién era, pues, a pesar de que nunca lo había visto, muchas veces había escuchado cómo lo describían los hombres del campamento. Sólo podía tratarse de ese hombre, del carnicero de Carcasona, el hermano de la negra Doda, o su chulo, o su amante, o lo que fuera. Un gigante que tenía que inclinarse para pasar por la puerta. Cabello hirsuto y rojo parduzco, como el bigote que le colgaba sobre las comisuras de los labios; boca ancha y de grandes dientes; brazos desnudos, morenos, muy velludos; manos grandes como palas. Detrás del carnicero entró la bella Doda, riendo, ligera, con la falda ondeando al ritmo de sus movimientos y cintas de colores en el cabello. La mujer dijo algo en un idioma que Lope no comprendía y soltó una risotada; su mirada acarició a Lope, que la observaba petrificado de espanto. Pero la mirada pasó de largo y la mujer desapareció tras la doble cortina de la pared nueva.
– ¡Vino! -gritó el carnicero hacia el fogón, donde estaba la criada, y ésta bajó rápidamente a la bodega, mientras el hombre seguía a la bella Doda a la otra habitación.
La puerta de la casa seguía abierta, y Lope vio entrar rápidamente a Mira, temerosa y con la cabeza gacha. Tras ella entró un segundo hombre, y también a éste lo reconoció Lope al primer vistazo: era el hombre al que llamaban Cuatrodedos.
Éste cerró la puerta al ver a Lope.
– ¿Qué hace este chico aquí? -preguntó sin quitar los ojos de Lope.
– Es del campamento normando, sólo ha venido para anunciar que su señor vendrá esta noche; se irá enseguida -dijo Mira con temblorosa precipitación. Se había retirado a la pared posterior, recogiéndose junto al fogón. Lope dio un paso hacia la puerta.