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– ¡Tú te quedas aquí! -dijo Cuatrodedos. Caminó lentamente hacia el centro de la habitación, al tiempo que desabrochaba las correas de sus calzones de montar de cuero.

La criada volvió de la bodega con una jarra de vino y la llevó a la habitación contigua, de la que salían la voz profunda y ronca del carnicero y la risa aguda de la mujer. Cuatrodedos siguió a la criada con la mirada, recorriéndola de arriba a abajo. Cuando regresó, el hombre dijo:

– ¡Tráeme a mí también una jarra, chica!

La criada le volvió la espalda, fingiendo que no lo había oído. Se hizo un inquietante silencio, hasta que Mira se levantó para bajar a la bodega.

– ¡Tú no! -dijo Cuatrodedos con aspereza, y señaló con la cabeza a la criada-: ¡Ella!

La muchacha miró a Cuatrodedos, luego a Mira, y, al ver que Mira asentía rápidamente con la cabeza, se dirigió nuevamente al sótano, sin prisas, y volvió con una jarra llena.

Cuatrodedos cogió la jarra.

– ¿Qué te pasa? -dijo-. ¿Eres nueva aquí?

La criada echó la cabeza hacia atrás y contestó desdeñosa:

– Por qué no.

El hombre la miró fijamente. Estaba de pie frente a ella, sereno, con la jarra en la mano izquierda y una sonrisa en la cara. Lanzó el golpe de un modo tan repentino que la criada no tuvo tiempo de esquivarlo. Le dio en la cabeza con el dorso de la mano, con tal fuerza que la hizo caer. La muchacha, soltando un suave quejido, corrió a refugiarse bajo el fregadero, en el rincón más apartado de la habitación. Cuatrodedos la siguió lentamente, quitándose los pesados calzones de cuero al caminar, arrojó éstos al banco colocado junto al fogón, se sentó en él y se recostó cómodamente contra la pared.

De pronto, la voz del carnicero irrumpió con violencia desde la habitación contigua. La mujer respondió con un estridente aluvión de palabras, y el carnicero volvió a gritarle: una acalorada discusión que se encendió y volvió a apagarse con la misma rapidez y violencia. Un momento después, el carnicero salió a la cocina y, mirando con ojos entornados las llamas que ardían en el fogón, dijo:

– ¡Ven, nos vamos!

– Ve tú primero, yo iré después -dijo Cuatrodedos. Y, señalando a Lope con la jarra llena, añadió-: Estamos esperando a su señor, uno del campamento normando, un viejo conocido. Tengo que hablar unas cuantas cosas con él.

– Como quieras -rezongó el carnicero, y salió de la casa. Antes de cerrar la puerta, volvió a meter la cabeza y dijo, dirigiéndose a Mira-: Y vosotras, atendedlo bien, dadle lo que desee. No paga, la casa invita.

Lope vio cerrarse la puerta. El cerrojo ya no estaba puesto. Cuando el carnicero se hubiera alejado, quizá él podría arriesgarse a escapar para poner sobre aviso al capitán. Abrir la puerta de un empujón, cruzar el patio, correr hacia la puerta exterior y perderse en el tumulto de la calle de las tabernas. El caballo podría volver a recogerlo luego. Pero era probable que la puerta estuviese cerrada con llave, y Cuatrodedos alertaría al guardia justo a tiempo para que le impidiera el paso. Aunque la puerta estuviera abierta, no tenía la certeza de conseguirlo, pensaba Lope. Tenía que esperar una oportunidad más propicia.

Cuatrodedos estaba sentado tranquilamente en el banco, con las piernas estiradas.

– Qué pasa con el servicio -dijo en voz muy baja.

Ninguna de las muchachas se movió de su sitio, ni Mira, ni la criada, que seguía con la mano en la mejilla dolorida. Lope vio que los ojos del hombre se empequeñecían, y, unos instantes después, vio que Mira cedía antes que la criada y se dirigía hacia Cuatrodedos, lentamente, paso a paso. Y, petrificado de espanto, vio cómo se arrodillaba entre las piernas extendidas del hombre y empezaba a desabrocharle el cinturón.

¡Esfúmate! -dijo Cuatrodedos, apartando a Mira de un empujón. Y, volviéndose a la criada, dijo-: ¡Tú! ¡Ven aquí!

Lope vio que la criada salía temerosa de su rincón y se colocaba frente a Cuatrodedos, protegiéndose la cara con las manos. Vio que el hombre se inclinaba hacia la muchacha, le cogía la falda, tiraba de ella y la obligaba a arrodillarse.

– ¡Ven aquí, pequeña. no te portes así! -le oyó decir Lope.

Luego vio cómo le cogía la trenza y se la enrollaba en la mano, como una cuerda, mientras ella le desataba los pantalones. Entonces Lope apartó la mirada. Ahora, pensó, éste es el momento. Cuando se levante yo ya estaré en la puerta. Y si intenta seguirme, la criada se interpondrá en su camino. Desplazó todo su peso hacia un lado y empezó a moverse imperceptiblemente hacia la puerta.

– ¡Tranquilo, muchacho! ¡Quédate donde estás! -dijo Cuatrodedos con tal voz que Lope se quedó inmóvil en el acto. Apenas se atrevía a respirar. Se quedó quieto, con la cabeza gacha y los hombros levantados. Por el rabillo del ojo veía a Mira, que, con la espalda apoyada contra la pared, lo miraba con ojos muy abiertos y asustados. Entonces, de repente, llegó desde fuera la voz del capitán, potente y vociferante, irreconocible a pesar de oírse muy cercana. Parecía que había estado bebiendo en el camino, que se había detenido en las tabernas de la calle del pueblo.

Lope vio que Cuatrodedos se levantaba de golpe, apartaba a la criada con un ágil movimiento y se dirigía a la puerta, pasándose por el cinturón la bragueta caída del pantalón. Cuando la puerta se abrió, Cuatrodedos ya estaba pegado a la pared, oculto en las sombras, apenas reconocible. El capitán no lo vio al entrar. Se detuvo frente a Lope, tambaleándose y con los ojos entornados, y, recorriendo la habitación con la mirada, gruñó:

– Pensaba que sería recibido como la paloma después del diluvio. ¡Pero con qué me encuentro en lugar de eso! ¡Nadie a la puerta! ¡No hay luz en el patio! ¡Ni siquiera un vaso lleno como saludo! -Y mirando a Lope a los ojos, gritó-: ¡Qué haces tú aquí! ¡Fuera, vete! ¡Ocúpate de los caballos!

Sólo al ver que Lope no se movía, el capitán se dio cuenta de que ocurría algo y volvió lentamente la cabeza. No mostró ningún signo de temor, ni siquiera parecía sorprendido, o se controlaba tan bien que uno no podía notarlo. Se quedó quieto, mirando por encima del hombro a Cuatrodedos, que se había separado de la pared y caminaba lentamente hacia el capitán.

– Buen lugar para un reencuentro -dijo Cuatrodedos en voz baja-, ¿no te parece, viejo? – Empezó a trazar un semicírculo alrededor del capitán, de manera que podía mirarlo sin perder de vista a Lope-. Me alegro de volver a verte después de tantos días; me alegro sinceramente, viejo.

– ¡Desaparece! -dijo el capitán-. ¡Lárgate de aquí!

Cuatrodedos balanceó lentamente la cabeza y torció la boca en una especie de sonrisa.

– No me entiendes, viejo. Todavía no me entiendes -dijo, arrastrando las palabras-. Quiero verte la pierna, sólo esa parte de la pantorrilla derecha. No quiero pelea, ¿me escuchas? Pero ya me rechazaste una vez, y con una tengo suficiente.

Lope miró al capitán y supo enseguida que no estaba dispuesto a ceder. Lo notó en la manera en que el capitán alzaba ligeramente la barbilla y enarcaba las cejas, y en cómo empezó a respirar tomando grandes bocanadas de aire con la boca entreabierta. De pronto, Lope sintió un miedo cerval. No eran ni tres pasos los que separaban al capitán de aquel hombre, demasiado poco para poder sacar el cuchillo a tiempo o para intentar esquivarlo. Por qué no cede, pensaba Lope, desesperado. ¿Por qué no deja que le vea la maldita pierna? ¿Por qué se arriesga a que ese toro lo crucifique? ¿Qué pretende? Los ojos de Lope iban y venían del capitán a Cuatrodedos, y de pronto empezó a concebir la punzante sospecha de que si el capitán se negaba a enseñar la pierna era únicamente por testarudez. Pero en ese mismo instante se abrió la puerta y entraron los dos normandos que habían participado en la incursión a la muralla de la ciudad, bromeando, riendo, colorados por el vino.