Al regresar, el mozo pasó a mi lado y me enseñó lleno de orgullo el botín que había conseguido. Era un chico joven, apenas dieciséis años, mozo de uno de los caballeros normandos. Yo lo conocía bien, y siempre me había parecido inofensivo y bondadoso. La guerra lo corrompe todo. Y a los más jóvenes antes que a ninguno.
En la ciudad, el miedo es tan grande que, al caer la noche, los padres envían a sus hijos fuera de las murallas. Hay rastreadores, gente de los alrededores, que se escabullen entre las cadenas de guardias y ofrecen a los hombres adinerados de la ciudad llevar a sus hijos e hijas a Monzón o Huesca a cambio de una importante suma. Al parecer, trabajan en combinación con algunos guardias de los campamentos, que reciben una parte. A veces se llevan a los niños y se los dejan a nuestros guardias. Entonces se establece una repugnante negociación por el rescate. Llevan a los niños (que a veces son muchachitas de doce, trece años) hasta las murallas de la ciudad y les ordenan que griten llamando a sus padres. Luego los suben a alguna de las atalayas construidas frente a las murallas y, tan pronto aparecen los padres en el adarve, los amenazan con tirar a sus hijos desde lo alto de la atalaya si no pagan el rescate.
La barbarie ha aumentado espantosamente con el transcurso del sitio. Una parte no le va a la zaga a la otra, y cada atrocidad es respondida con una atrocidad aún peor. Cuando el conde de Urgel, gravemente herido, abandonó su campamento y se dispuso a regresar a su tierra, sus hombres decapitaron a treinta prisioneros ante las murallas de la ciudad. En contrapartida, por decirlo así, hace tres semanas algunos soldados de la guarnición del al-Qasr salieron sin ser vistos utilizando una pequeña portezuela de la muralla, rodearon el campamento del rey de Aragón, levantado frente al al-Qasr, y atacaron a una joven pareja que estaba jugando al ajedrez en el huerto vecino al campamento, que por lo visto no estaba muy bien vigilado, un capellán del rey y una dama noble. Mataron al capellán y raptaron a la dama. Al caer la noche, en la plataforma de la gran torre cantonera de la muralla exterior del castillo, la mujer fue violada por toda la tropa de la torre, bajo la luz de antorchas y a la vista de todo el campamento aragonés. A la mañana siguiente le cortaron la cabeza y la lanzaron al campamento con una catapulta, y arrojaron el cuerpo al foso.
En el campamento del rey de Aragón han comenzado las negociaciones de la rendición. Ayer volvieron los cuatro emisarios. Como era de esperarse, ni Zaragoza ni Lérida vendrán en ayuda de Barbastro. En el campamento reina un clima de nerviosismo. Los soldados rasos albergan recelos. Desconfían de cualquier negociación. Temen que los señores se repartan el botín sin tenerlos a ellos en cuenta, y que tengan que marcharse con las manos vacías. Desde hace tres meses están esperando ansiosos el momento de saquear la ciudad y hacer un gran botín. Ahora todo parece indicar que la ciudad no se entregará a ellos, sino que se rendirá ordenadamente a sus señores.
Pero los señores tampoco están de acuerdo entre ellos. El rey de Aragón quiere anexionar la ciudad a su reino. Está interesado en recibirla en el mejor estado posible y en ganarse a los ciudadanos como nuevos súbditos. Quiere sacar únicamente el dinero y el botín que pueda arrebatarse a los ciudadanos sin que esto haga tambalear su futuro. Apuesta por una victoria a largo plazo, y por ello persigue el objetivo de hacer pagar a la ciudad en su conjunto y entregar a cada comandante del ejército de sitio una parte del botín.
A los señores franceses, por el contrario, el futuro de la ciudad les es indiferente. Quieren volver a casa con tanto botín como sea posible. Por eso proponen repartirse la ciudad. Que a cada uno le corresponda un barrio, con el que pueda hacer lo que le plazca. Según parece, hasta ahora no se ha llegado a ningún acuerdo. Por lo visto, los normandos se inclinan más por la postura del rey, lo que podría indicar que piensan quedarse en la ciudad.
El pregonero está pasando ahora mismo por las callejas del campamento, anunciando que de ahora en adelante se castigará con azotes a todo aquel que intente vender agua en secreto a la ciudad. «¡Qué os pueden importar un par de monedas de plata, si mañana podréis tener todo el oro de la ciudad!», grita.
Hemos pasado dos días pésimos; y la gente de la ciudad, una noche terrible. Antes solía asombrarme el carácter anormalmente blando de nuestras leyes, que si bien ordenan a los soldados tratar bien a las mujeres capturadas en la guerra, al mismo tiempo les permiten tomarlas por la fuerza. Ahora comprendo la benevolencia del legislador. Según parece, la violenta embriaguez de la victoria no se puede contener con ninguna ley.
Pero voy a intentar narrar los acontecimientos en orden.
El sabbat todos los señores se reunieron en el campamento del rey de Aragón para recibir el pago acordado por dejar libre retirada a la guarnición del al-Qasr y los notables de la ciudad. Según dicen, ciento cincuenta esclavos y ochenta mil dinares de oro.
El domingo tuvo lugar la rendición oficial. La mayor parte del ejército de sitio se reunió en la gran plaza que se extiende ante la puerta principal de la ciudad. (Yo pude observar el desarrollo de los acontecimientos desde las fortificaciones de la torre de asedio, con Ibn Eh.) Por la mañana, una solemne misa de campaña. Luego se abrió la puerta. Las primeras personas de la ciudad salieron a la plaza cruzando el puente del foso, el qa'id y el qadi al frente, seguidos por los señores, a caballo; detrás, los soldados de la guarnición, a pie. Todos armados, pero sin ningún tipo de equipaje adicional, y sin sus mujeres (habían tenido que sujetarse a las más duras condiciones). Dos hileras de jinetes formaron una calle a través de la multitud de hombres del ejército de sitio. Los soldados de a pie franceses, en las últimas filas, empujaron hacia delante al ver que cada vez más hombres salían de la ciudad para unirse a la fila de fugitivos, cuyo otro extremo ya llegaba hasta la carretera a Monzón. La calle abierta entre la multitud se estrechó. Y, entonces, unos cuantos de estos soldados se abrieron paso a través de la cadena de jinetes y arremetieron contra los fugitivos (más tarde se dijo que quienes habían empezado aquello eran hombres de la tropa del conde Ebles de Roucy). Intentaron arrebatar a los fugitivos las armas, los aprestos, la ropa. En un primer momento, los jinetes que formaban la calle intentaron reprimir a su propia gente, pero pronto desapareció toda señal de orden, y los fugitivos fueron arrollados por la multitud. Sólo pudieron escapar los señores de la nobleza de la ciudad, que se encontraban al frente del convoy, y los soldados que ya habían alcanzado el final de la plaza, y los que aún estaban tan cerca de la puerta que pudieron volver a refugiarse en la ciudad. Todos los demás fueron muertos en un instante, fueron literalmente aplastados, pisoteados y cortados en pedacitos (más tarde vi los cadáveres, más de ciento ochenta muertos).
Naturalmente, la puerta de la ciudad fue cerrada enseguida.
Luego, los señores consiguieron volver a imponer orden. Parte de las tropas de a pie fueron enviadas de regreso a los campamentos, mientras la otra parte quedó apostada al borde de la plaza. Llevaron los cadáveres al cementerio. Hacia el mediodía, el rey mandó decir a la gente de la ciudad, mediante un pregonero, que volvieran a abrir la puerta y se reunieran sin armas en la plaza. El pregonero prometió que serían tratados bien y estarían a salvo. Unos momentos después salieron los primeros, vacilantes, y, protegidos por jinetes, se colocaron en el borde del foso. Cuando pudieron ver que esta vez no había nada que temer, se formó de pronto una gran aglomeración en la puerta. De repente todos querían salir, el tumulto era tan grande que varios niños y ancianos murieron arrollados. Muchos se descolgaban con cuerdas por la muralla, para llegar antes a los toneles de agua que el rey había tenido la precaución de preparar. Algunas mujeres bebían con tal desmesura que morían al hacerlo. La plaza se llenó de gente en un abrir y cerrar de ojos. Apenas una hora después del mediodía la ciudad estaba completamente desierta. Sólo quedaban en el al-Qasr algunos que no habían querido entregarse y se habían atrincherado allí.