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Acto seguido, tropas avanzadas de todos los campamentos entraron en la ciudad y ocuparon murallas y torres, mientras los vencidos (más de cuatro mil personas, según mis cálculos) descansaban en la plaza, bajo un calor sofocante. A media tarde se presentó nuevamente el pregonero del rey para ordenar a todos los propietarios que volvieran con sus familias y criados a la ciudad y a sus casas. De aquellos que se quedaron en la plaza, se separó a los más viejos, se los revisó buscando dinero y se los despidió. Los jóvenes fueron repartidos entre los distintos campamentos y llevados inmediatamente a éstos, donde ya esperaban los comerciantes.

Más tarde, una hora antes de la puesta de sol, los señores y sus séquitos entraron en la ciudad. El rey de Aragón había tenido que ceder. La ciudad fue repartida entre las distintas tropas, calle por calle y casa por casa. Los comandantes se mudaron a las casas de los nobles de la ciudad; los caballeros, a las de los comerciantes y artesanos, según el rango y prestigio de cada uno. Cada casa era el botín de aquel a quien le había correspondido, incluidas las personas que vivían en la casa y todo lo que había en ella. Cuando oscureció, toda la ciudad estaba ya ocupada, y entonces empezó la horrenda noche de los vencedores. El nuevo amo tomó a la mujer de la casa o a su hija. Las sirvientas y criadas fueron entregadas a los seguidores y mozos. Los dueños de las casas, si no eran de los pocos privilegiados que habían conseguido comprar la libertad, fueron sometidos a terribles torturas para hacerles confesar dónde habían escondido el dinero y las cosas de valor. No se hacían diferencias por cuestiones de religión; musulmanes, judíos y cristianos estaban todos igualmente expuestos a los caprichos de los vencedores. Prefiero callar a seguir hablando de esa noche.

MIERCOLES 19 DE AB // 4 DE AGOSTO

Esta mañana se han rendido también los hombres que aún mantenían ocupado el al-Qasr. Han tenido que dejar a sus mujeres e hijos, igual que todos los otros, pero se les ha garantizado que podrían retirarse libremente y con sus armas. Eran apenas cuarenta hombres. Al atardecer, ha llegado la noticia de que habían sido atacados por una banda de aventureros. Se dice que la mayoría han muerto.

Asimismo, esta mañana se ha celebrado la primera misa cristiana en la mezquita principal de la ciudad, después de complicados exorcismos que se han prolongado durante toda la noche. El monje de Conques cuyas calumnias casi me cuestan la vida en Tolosa ha consagrado la mezquita a Santa Fides, la patrona de su monasterio. A pesar de todas sus limitaciones, por lo visto el monje comprendió rápidamente que la mezquita principal dispone de considerables sumas de dinero procedentes de donaciones y de extensas propiedades. Sire Robert Crispin, el comandante de nuestra tropa normanda, es el único señor que no ha asistido a la misa. Se dice que ha protestado por la transformación de la mezquita en una iglesia. No soy capaz de decir si lo ha hecho por compasión hacia los humillados musulmanes o porque espera sacar algo del asunto. En cualquier caso, es posible que pronto dependa del apoyo de los musulmanes de Barbastro. Al parecer, el rey de Aragón le ha ofrecido hacerlo vasallo suyo y lo ha enfeudado entregándole el gobierno de Barbastro. ¡Un normando, un madjus, señor de Barbastro! Pero probablemente sea una bendición para los habitantes más miserables de la ciudad. El Siciliano me ha contado que, en su patria, los normandos permitieron a los musulmanes una total libertad de culto, protegiéndolos incluso de los propios sacerdotes cristianos y de los esfuerzos apostólicos del obispo de Roma.

Casi todos los caballeros normandos se están instalando para quedarse en la ciudad, mientras que la mayoría de los señores franceses ya están preparando el regreso. El rey de Aragón ha prometido a todos los nobles que se comprometan a quedarse a vivir en la ciudad y a no ausentarse de ella más de tres meses al año, entregarles en propiedad una casa acorde con su rango, además de eximirlos de prestar servicio con las armas y de pagar impuestos durante veinte años. A pesar de esto, parece ser que muy pocos señores de Francia y Aragón aceptarán la oferta. Sin los normandos sería imposible mantener la ciudad.

Los señores franceses han permitido a algunos comerciantes adinerados de la ciudad que viajen a Huesca y Zaragoza, a fin de darles la oportunidad de conseguir dinero para rescatar a sus familias. Ibn Eh ha recibido el encargo de traer el dinero a Barbastro y llevar las negociaciones del rescate. Le han entregado un documento sellado por el rey de Aragón, que lo acredita como exea oficial, como lo llaman aquí; comprador de prisioneros. Si Dios quiere, mañana nos pondremos en camino.

Habían partido la mañana del cuarto día después de la capitulación, llegando a Huesca al atardecer. Al día siguiente, Yunus e Ibn Ammar habían seguido viaje hacia Zaragoza, mientras que Ibn Eh se había quedado, en espera de que los comerciantes de Barbastro consiguieran las cantidades exigidas para el rescate.

Yunus sacó punta a su pluma y se puso a escribir lo ocurrido en el viaje y durante su estancia en Zaragoza. El jaleo de voces que llegaba de la maslah se abría paso hasta sus oídos, sin que él lo oyera. Ante sus ojos emergían inquietantes imágenes que él sabía que jamás podría olvidar. El rostro gris de un hombre intentando desesperadamente volver a meterse los intestinos por la herida abierta en el vientre. El rostro desencajado de una niña de doce años que cayó en manos de dos arqueros normandos en el patio de la sinagoga. El gesto asustado e impaciente con que un niño pequeño intentaba despertar a su madre de la rigidez que él, en su inocencia, creía un profundo sueño. Los arabescos de sangre, casi pinceladas, sobre la pared blanca de un baño; y, en el frío suelo de mármol, los ojos abiertos que parecían mirarlo en un mudo reproche.

Se sobresaltó cuando Ibn Eh entró en su campo visual, de buen humor, radiante y soltando un suspiro de placer al sentarse a su lado. Yunus no se lo tomaba a mal a su amigo. Sabía lo que sentía Ibn Eh; él también lo había vivido al llegar a Zaragoza: después de nueve meses, por fin un baño, la agradable sensación de limpieza, la deliciosa sensación de que con el polvo, la suciedad y los parásitos uno se ha lavado también todas las malas experiencias de los meses pasados, todos los temores, humillaciones y penurias. Yunus envidiaba a su amigo esos momentos de despreocupado bienestar; sabía muy bien cómo se disfrutaban.

Cuando salieron del establecimiento de baños, Yunus llevó la conversación al tema que le venia preocupando cada vez más desde hacía algunos días: el viaje de regreso a Sevilla. Había hecho algunas averiguaciones. Dos días después del sabbat partía un transporte de armas hacia Medinaceli, y algunos comerciantes residentes en Toledo querían unírsele. Si aprovechaban esa oportunidad, y con la ayuda de Dios, podían estar en Sevilla en tres semanas. La nostalgia que sentía Yunus se hacía tan intensa ante esta idea, que le dolía. Pero Ibn Eh rehuyó su pregunta y más tarde, la noche del sabbat, que pasaron en casa del nasí, el comerciante dio a entender que su misión como comprador de prisioneros en Barbastro aún no había concluido y que pensaba viajar una vez más a la ciudad conquistada. Y, contando con la total atención de los invitados del nasí, entre ellos Ibn Ammar y algunos notables de la comunidad judía de Zaragoza, Ibn Eh se puso a relatar las dramáticas circunstancias de su primer viaje a Barbastro.