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Hacía pocos días que habían empezado a practicar con esa arma. El capitán había clavado su espada en la arena, había mandado a Lope que se arrodillase frente a ella y lo había obligado a hacer un solemne juramento:

– Jura por esta espada, como si fuera una santa cruz. Jura que nunca te enfrentarás a mí, a tu maestro, con espada, lanza o cualquier otra arma. Jura que nunca emplearás contra mí el arte que te estoy enseñando. Jura por San Jorge, por San Martin y por San Mauricio que no transmitirás los conocimientos en los que te estoy iniciando a ningún otro mortal sin mi consentimiento, y que no enseñarás mi arte a ningún otro hombre mientras yo, tu maestro, viva.

Lope lo había jurado por la cruz de la espada, por los tres santos caballeros y por la vida de su madre. Y luego, en aquel oculto banco de arena del amplio valle del Cinca, le había mostrado el arma, el arma mágica: as-Saut, el látigo.

Era un látigo de cuero de toro, con el mango reforzado con hueso y el extremo inferior provisto de un largo lazo, con el que podía colgarse de la silla de montar. El otro lado del látigo, de más de doce varas de largo, estaba formado por tiras de cuero entretejidas artísticamente en una sola, que se angostaba a medida que se acercaba a la punta. Era un látigo de cuero pesado y flexible, rematado por una esfera de plomo del tamaño de un huevo de paloma.

Era un arma cuya peligrosidad radicaba en que nadie estaba preparado para enfrentársele, un arma con la que podía sorprenderse a cualquier adversario. Manejarla parecía sencillo. Se cogía la tira de cuero doblándola como en un lazo, se tomaba impulso echando el látigo por encima de la cabeza y, cuando se acercaba el caballo del adversario, se pasaba a tres o cuatro pasos fuera del alcance de su lanza y se calculaba el impulso de manera que el extremo del látigo se enredara en el cuello del rival, derribándolo de su cabalgadura. Si la caída no acababa con él, uno podía sujetar el látigo al arzón y arrastrar de él al adversario hasta que se rindiera.

Lope había comprendido la técnica rápidamente, pero tampoco había tardado en darse cuenta de que el manejo preciso del látigo, que parecía tan sencillo, requería un largo tiempo de práctica y mucha fuerza en el brazo y el hombro. Por lo regular, practicaba solo, mientras el capitán se acomodaba entre los árboles y hacía la siesta envuelto en la manta de su silla de montar. Lope se había construido con ramas y cuerdas un caballete del tamaño de un caballo, y había colocado encima un trozo de madera que hacía las veces de jinete. Allí practicaba con incansable perseverancia, hasta que se sentía tan débil que ya no podía levantar el látigo.

Practicó también ese día. Estaba tan absorto en su tarea que no advirtió la llegada de los tres hombres hasta que estuvieron a sólo sesenta pasos. Salieron de entre los árboles que flanqueaban el delgado brazo del río que corría al este del banco de arena. Los tres montados en fuertes bayos y armados con lanzas largas. Los dos de los extremos llevaban protecciones de cuero; el del centro, con armadura de hierro, era irreconocible tras el protector nasal y la protección del cuello, que le llegaba hasta el mentón.

Lope dio un grito de alerta y vio que el capitán se levantaba de un salto, apartaba la manta, cogía rápidamente su lanza e intentaba montar en su caballo. Pero no tuvo tiempo de hacerlo, los tres jinetes estaban ya demasiado cerca. Ahora reconocía Lope al de la cota de mallas. Era el hombre que andaba en pos del capitán, el hombre al que llamaban Cuatrodedos.

No lo habían vuelto a ver desde aquella noche en casa de la negra Doda. No había vuelto a aparecer desde la conquista de Barbastro, y Lope estaba convencido de que había dejado la ciudad, como la mayor parte de los otros caballeros.

– ¡Tranquilo, viejo! -gritó Cuatrodedos al capitán-. ¡No hagas ni un movimiento en falso!

Lope espoleó su caballo para interponerse entre el capitán y Cuatrodedos, pero éste fue más rápido.

– ¡No lo intentes, pequeño! ¡Quédate donde estás! -dijo, acercándose lentamente a Lope y señalando el látigo-. ¡Dame eso! ¡Vamos, dámelo!

Lope miró al capitán en busca de ayuda, pero un instante después Cuatrodedos le arrebató el látigo, lo dobló cuidadosamente y lo colgó del arzón de su silla.

– Ahora ya estoy seguro, viejo -dijo, golpeando el látigo con la palma de la mano.

El capitán permaneció callado.

– As-Saut, el Látigo, así te llamaban entonces en Lérida -continuó Cuatrodedos con voz serena-. Todavía lo recuerdo bien. Nunca supe por qué te llamaban así. Ahora lo sé. He tardado mucho tiempo en encontrar te, viejo, mucho tiempo.

Se acercó al capitán, la lanza enristrada en la mano derecha. Se detuvo a unos pocos pasos.

– ¡Abrevia! -dijo el capitán con voz ronca-. ¿Qué es lo que quieres?

Cuatrodedos dejó que la lanza tocara el suelo y se apoyó cómodamente con la mano izquierda en el arzón.

– No tan deprisa, viejo -dijo-. No quiero que nadie diga que he matado a un hombre desarmado. Tendrás un honroso combate, viejo, un honroso y último combate. -Se volvió hacia Lope y le hizo una señal impaciente con la mano-. ¡Vamos, ayúdalo a montar! -ordenó.

Lope hizo avanzar su caballo trazando un arco alrededor de Cuatrodedos y desmontó junto al capitán. El capitán pareció no advertir su presencia, y cuando Lope se puso a ajustarle la correa de la silla, el capitán lo apartó de un empujón y aseguró él mismo la correa. Exteriormente parecía tranquilo, pero Lope vio que le temblaban las manos, estaba blanco como la cal y gotitas de sudor frío le brotaban de las sienes.

El capitán también se puso con sus propias manos la coraza, permitiendo a Lope únicamente que le asegurara la protección de las piernas, el yelmo y los guantes. Estaba callado, mirando al frente con expresión ausente, mientras Cuatrodedos lo observaba desde cierta distancia, apoyado con indolencia en la lanza y el arzón, amenazadoramente negro sobre el cielo claro, en el que poco a poco empezaba a extenderse un resplandor rojizo.

Sólo cuando estuvo listo y Lope le alcanzó la lanza, sujetándole el estribo derecho para ayudarlo a montar, el capitán rompió su silencio, deteniéndose brevemente, ya con el pie en el estribo, para decir:

– No olvides lo que te he. enseñado, hijo. -Su voz sonó tan ronca y débil que Lope apenas pudo entender lo que decía-. No me deshonres. Es posible que nunca te vuelva a ver, hijo. ¡No me deshonres!

Lope lo miró y sintió que se le cerraba la garganta. El capitán no lo veía, tenía la mirada fija en algún punto remoto, y de pronto ya estaba en la silla, cogió la lanza, clavó las espuelas en las ijadas del caballo, lo puso al galope dando un grito salvaje y se dirigió hacia su adversario, profundamente inclinado hacia delante y con la lanza en ristre, para recorrer tan rápido como fuera posible la corta distancia que lo separaba del hombre. Cuatrodedos estaba a menos de cuarenta pasos del capitán, y tan sorprendido que ni siquiera tuvo tiempo de girar el caballo en la dirección de la que venía el ataque. Volvió el costado del caballo hacia el capitán, levantó justo a tiempo la lanza a la altura del pescuezo del animal, y el capitán ya estaba allí. Lope creyó ver que la lanza del capitán se clavaba en el escudo, vio que su caballo se paraba de pronto, como si hubiera chocado contra una pared, y que el capitán se echaba hacia atrás y buscaba vacilante un apoyo en la silla, mientras su caballo retrocedía un par de pasos a tropezones. Una lanza cayó al suelo, Lope vio que era la lanza del capitán y vio también que Cuatrodedos aún tenía su arma en la mano y que ahora la retiraba de un tirón y la levantaba extendiendo el brazo, mientras el capitán caía lentamente hacia delante y, aferrándose con ambas manos al pescuezo de su caballo, resbalaba de la silla y caía al suelo. El caballo sacudió la cabeza y se apartó haciendo escarceos, y Lope vio al capitán tumbado en el suelo, vio que intentaba levantarse apoyándose en los dos brazos y que volvía a desplomarse. Entonces dio una violenta patada con la pierna izquierda, en una terrible convulsión, y se quedó inmóvil en el suelo, con la cabeza enterrada en la arena.