– ¡Cerdo! -gritó el cabañero-. ¡Eres un cerdo! ¡Te haré papilla! -gritó, levantando la espada, y descargó furiosos golpes sobre Lope.
Lope no dijo nada. Se apoyó firmemente sobre ambas piernas y levantó el escudo en diagonal contra la espada del cabañero, para amortiguar la fuerza de sus golpes. Veía venir cada golpe. Era como si su brazo izquierdo supiera ya de antemano cómo tenía que pararlos. No tenía miedo. Lo embargaba una fría rabia, una absoluta certeza de que ganaría esa pelea, una sensación de serena superioridad, que no lo abandonaba a pesar de los durísimos golpes del cabañero. Mantenía la mano de la espada baja, golpeando sólo muy de tanto en tanto. Sabía que ambos estaban demasiado bien protegidos y que, de no intervenir la fortuna, sería imposible dar un golpe decisivo mientras los dos siguieran frescos. Esperó su oportunidad. Golpes y estocadas. Tenía que acertar con una estocada. Vio la fe en la victoria reflejada en los ojos de su adversario y vio el miedo que empezaba a germinar en ellos al advertir que sus golpes no surtían efecto. Esperó a que el cabañero perdiera el ímpetu inicial, a que sus golpes perdieran fuerza, a que se detuviera agotado y respirando con dificultad; Entonces atacó, golpeando y dando estocadas, como le había enseñado el capitán.
Miró al cabañero por encima del borde superior de su escudo y golpeó por debajo de éste. No vio dónde le acertó, pero vio que su adversario retrocedía tambaleándose, y siguió atacando, golpeando, dando estocadas.
«¡Cuando des un buen golpe no lo celebres, aprovéchalo!», le había repetido una y otra vez el capitán. «¡Cuando consigas asestar un golpe a tu adversario, no lo dejes descansar ni un instante!» Hizo retroceder al cabañero paso a paso, sin dejarlo poner pie firme. Dio una fría estocada cuando el otro tropezó y tuvo que descubrirse un instante para no caer, golpeó cuando su adversario perdió el equilibrio, lo hizo caer al suelo, golpeó con todas sus fuerzas al cabañero, que, ahora indefenso y tumbado en el suelo, intentaba defenderse con brazos y piernas y lanzaba estridentes gritos, gritos chillones como los de un niño, desencajados por el miedo. Lope golpeó hasta que los gritos cesaron, hasta que el cabañero dejó de moverse, y le hundió la espada en el cuello hasta estar seguro de que no quedaba ni un hálito de vida en él.
Luego se dio la vuelta. La visión del muerto lo llenó de pronto de náuseas; se sentía vacío y agotado. No sentía ni alivio ni triunfo por la victoria; no sentía absolutamente nada. Dio unos cuantos pasos hacia un lado y le flaquearon las rodillas; tuvo que apoyarse a la pared para no caer.
El viejo Pero seguía en la puerta, y Lope vio que estaba cogiendo la cuerda del arco. No se había dado cuenta de que lo había sacado. El viejo se acercó a él, le cogió la espada, la limpió y la guardó en su vaina, sin decir nada. Luego se dirigió al establo, sacó el asno del peletero, metió dentro el cadáver del cabañero y cerró la puerta pasando el cerrojo.
El asno tenía puesta la albarda, y las alforjas que colgaban a los lados estaban llenas. El cabañero lo había preparado todo, había vaciado todos los arcones. El dinero que el capitán había escondido en algún lugar de sus habitaciones era lo único que no había podido encontrar, a pesar de que lo había registrado todo, había cortado los cojines y colchones, había arrancado los tapices de las paredes y hasta había destrozado a hachazos algunos maderos del suelo.
Lope y el viejo Pero no siguieron buscando. Tenían suficiente, y debían salir de la ciudad antes de que el judío y los suyos regresaran de la sinagoga. Llevaron el asno al suburbio, cargaron el equipaje en los caballos y salieron de la ciudad por la puerta sur, que daba a la carretera de Monzón. Cuando estuvieron fuera de vista, bordearon el río y giraron luego hacia el este, dirigiéndose por las montañas hacia el valle del Cinca.
Los caballos seguían donde los habían dejado.
Esperaron a que cayera la noche y cabalgaron río arriba, dirigiéndose luego hacia un valle secundario más pequeño, al este de allí. Cabalgaron en total oscuridad dejando atrás la fortaleza de Graus, por estrechos caminos de herradura y senderos ocultos que sólo el viejo Pero parecía conocer. Por la mañana, hicieron un alto en las faldas de una montaña, sobre un valle cubierto por un bosque de abetos que se extendía hasta donde llegaba la vista. El viejo Pero se encaminó hacia el bosque y volvió al mediodía con aceite, grasa de tejón y tela encerada. Pasaron el resto del día aceitando y haciendo paquetes impermeables con las armas y aprestos que no necesitaban usar. A la mañana siguiente, tras pasar otra noche entera cabalgando, guardaron los bultos en el interior de una cueva.
Luego se dirigieron a un convento que se levantaba al fondo del valle, no lejos del lugar donde el río abría en las montañas una profunda y estrecha garganta, que casi parecía cortada con sierra. El viejo Pero conocía al monje que estaba sentado a la puerta. Confiaron a éste dos de sus caballos y vendieron los otros cuatro al hermano cillerero. Obtuvieron por ellos un precio desvergonzadamente bajo, del que, además, sólo recibieron la cuarta parte. Otra cuarta parte se la quedó el herrero a cambio de un hacha, una sierra y otras herramientas que necesitarían para pasar el invierno, más unas pocas trampas. Otra cuarta parte tuvieron que donaría, de buena o mala gana, al monasterio, y el resto lo pagaron por la alimentación y cuidado de los caballos hasta la primavera, por lo cual, además, tuvieron que autorizar al cillerero a usar los caballos para trabajar en los sembrados del monasterio.
Dos días después de su llegada al monasterio partieron hacia el norte y atravesaron el paso que llevaba al lado francés de las montañas, donde se encontraban las tierras de caza en las que el viejo Pero conseguía las pieles.
TUSHIYA
La caída de Barbastro sumió a toda Andalucía en un gran temor. Cuando la noticia llegó a Córdoba y Sevilla, a mediados de agosto del año 1064, produjo una gran conmoción. Era la primera vez que los enemigos del norte conquistaban una gran ciudad andaluza, una ciudad que había estado en manos de los musulmanes durante tres siglos y medio. Muchos vieron en la caída de Barbastro una señal de malos presagios, tanto más por cuanto pocos días antes había llegado otra mala noticia.
También había capitulado otra ciudad fronteriza, Coimbra, situada en el lado opuesto de la península, en el extremo noroccidental de Andalucía. Coimbra se había rendido al empuje del ejército de sitio de don Fernando, rey de León, y había tenido que reconocer como señor al conde cristiano don Sisnando. Los acontecimientos ocurridos en cada una de estas ciudades no eran en absoluto comparables. Coimbra había sido anexionada a la zona de dominio andaluza hacía apenas un tercio de siglo, en tiempos del gran al-Mansur. Esta ciudad era menos importante que Barbastro y la mayoría de sus habitantes eran cristianos. Además, las tropas de don Fernando habían conquistado únicamente el suburbio, y el nuevo señor no era vasallo del rey de León, sino un gobernante independiente, un andaluz, no un español, y oficialmente aún vasallo del príncipe de Badajoz. No obstante, se trataba indiscutiblemente de una derrota, y la curiosa coincidencia temporal de ambos acontecimientos hizo que la conmoción fuese tanto más grave.
La fuerte muralla de la frontera norte, que se había mantenido firme durante siglos, se había quebrado repentinamente en dos puntos al mismo tiempo. Así pues, no es de extrañar que los fuqaha se levantaran en toda Andalucía llamando a la guerra santa y exigiendo a los príncipes que acudieran rápidamente en ayuda de los vejados campesinos del norte, ni que en todas las mezquitas se hicieran colectas para comprar la libertad de los hermanos de fe pobres que habían sido hechos prisioneros.