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Al-Mutadid calmó su ira y perdonó. Su irreflexivo hijo Muhammad siguió siendo príncipe heredero y su sucesor oficial.

Los habitantes de Málaga habían aprovechado para levantarse el vacío de poder creado tras la muerte de Josef ibn Nagdela. El hadjib judío del príncipe de Granada, y regente del reino, el hombre que había alcanzado una posición más alta que la de ningún otro judío del mundo conocido, el gran Nagid fue asesinado durante una revuelta palaciega a finales de diciembre de 1066, para espanto de toda la judería andaluza. Josef ibn Nagdela había alardeado conscientemente de su poder. Se había hecho construir un palacio propio, más espléndido que el de su señor, en la colina de la al-Hamra, inmediatamente detrás del al-Qasr y de los jardines del palacio del príncipe Badis. Se había apoyado demasiado en los clanes bereberes y en algunas de las familias judías más influyentes entre las más de cinco mil cabezas que contaba la comunidad judía de Granada. El hecho de que fuera judío no hizo más que facilitar las cosas a sus adversarios para eliminarlo.

Con él, fueron ajusticiados centenares de sus seguidores. No obstante, logró escapar uno de sus hombres de más confianza: Isaak ibn al-Balia, el rabino de Córdoba. Isaak ibn al-Balia huyó a Sevilla, la ciudad que ya visitara una vez, en tiempos más felices, como embajador del hadjib judío. Allí volvió a cultivar su amistad con Yunus ibn al-Áwar, el hakim, y la ahondó aún más cuando se enteró de que Yunus se había encontrado en Barbastro con Ibn Ammar, el amigo de juventud del príncipe heredero Muhammad.

Yunus había vuelto a llevar su consultorio de la calle de los boteros y a atender a sus viejos pacientes día a día, a excepción del sabbat y de la tarde del viernes, que pasaba en los baños. La vida volvió a su curso habitual. Tal como se había acordado, casó a Nabila, la mayor de las dos hijas de su hermano que se habían criado en su casa, con el hijo de Ibn Eh, el comerciante.

En Barbastro, Yunus había decidido desposar a Sarwa, la menor, con su asistente Zacarías. Pero luego la vieja Dada lo convenció de que no eran el uno para el otro, de modo que cuando Sarwa cumplió los catorce años, Yunus le eligió como marido al hijo menor de su vecino ar-Rashidi, el farmacéutico.

El ansia de aprender de Zacarías seguía intacta, y sus deseos de saber aumentaban a la par que sus conocimientos. Cuando cumplió diecinueve años, Yunus lo envío a Bagdad con el dinero suficiente y varias cartas de recomendación, para darle la oportunidad de recibir de uno de los grandes y reconocidos clínicos de esa ciudad la autorización para ejercer como médico. Tras la partida de Zacarías y la boda de Sarwa, sólo quedaba en casa Karima, la pequeña hija adoptiva de Yunus.

Cuando Yunus regresó de su viaje, Karima pasó más de un mes sin querer mirarlo, escondiéndose de él, no hablándole apenas. Yunus tuvo que hacer gala de mucha paciencia y dedicación para volver a ganarse la confianza de la pequeña y hacerle olvidar que la había abandonado durante tanto tiempo. Pero finalmente Karima lo había perdonado y se había convertido en la pequeña princesa de la casa, tan querida y mimada por Yunus y Ammi Hassán, el criado de la casa, que la vieja Dada tenía que esforzarse por encontrar la severidad necesaria para equilibrar el desmesurado afecto y condescendencia de los dos hombres.

Karima fue haciéndose mayor. A los catorce años era ya una muchacha tan llamativamente hermosa que en la calle los hombres se quedaban parados al verla pasar. Ammi Hassán no la perdía de vista, y la seguía como una sombra tan pronto como ella salía de casa.

En Zaragoza, Abú'l-Fadl Hasdai, el administrador financiero del príncipe al-Muktadir, se había convertido al Islam y había desposado a una mujer judía al enterarse de la noticia del asesinato de Josef ibn Nagdela en Granada. Acto seguido, el príncipe lo había convertido en su primer consejero y lo había nombrado Hadjib.

Ibn Ammar participó también del ascenso de su mecenas. Tras su regreso de Barbastro, Abú'l-Fadl Hasdai lo había llevado a su corte, introduciéndolo en el grupo de sus principales colaboradores. Ibn Ammar y su mecenas tenían más o menos la misma edad y sostenían las mismas opiniones políticas, de modo que no tardó en desarrollarse una estrecha relación de confianza entre ambos. Ibn Ammar aprendió mucho del ducho administrador y experto en finanzas que era Abú'l-Fadl Hasdai. Como embajador del hadjib, conoció también las cortes de los príncipes españoles. Trató con don Sancho en Burgos, con Sancho Garcés, el rey de Navarra, y con Ramón Berenguer, el conde de Barcelona. Gozaba de un gran prestigio en Zaragoza, pero, a pesar de ello, añoraba Sevilla. Él era un andaluz del sur. El norte era para él demasiado estricto, demasiado frío en invierno, demasiado triste. Así, envió a Sevilla una conmovedora carta en la que pedía a al-Mutadid que pusiera fin a su destierro. Envió al monarca encendidos poemas ensalzando su victoria sobre los emires bereberes, y en los que volcó todo su talento.

No recibió respuesta alguna.

Esto hizo tanto más estrecha la relación epistolar entre Ibn Ammar y Muhammad ibn Abbad, el hijo del monarca. El príncipe heredero le hacía llegar exaltados poemas y largas cartas, donde ratificaba su vieja amistad y se abandonaba a recuerdos comunes de su juventud. Ibn Ammar le respondía con el mismo entusiasmo; por lo demás, apostaba por el futuro y esperaba con paciencia.

La noticia que esperaba llegó antes de lo previsto. El 28 de febrero de 1069 murió al-Mutadid, el príncipe de Sevilla. La noticia llegó a Zaragoza a mediados de marzo. Pocos días después, Ibn Ammar se puso en camino. En Córdoba lo esperaba una escolta enviada por su principesco amigo. Correos rápidos anunciaron su inminente llegada. Muhammad ibn Abbad, que al subir al poder había adoptado el nombre de al-Mutamid, salió a recibirlo a las puertas de la ciudad y decretó tres días de fiesta para celebrar el reencuentro.

Inmediatamente después, ofreció a su amigo de juventud un cargo público que podía elegir libremente entre cualquiera de los que existían en su reino, incluido el de hadjib, si así lo deseaba. Ibn Ammar le pidió un tiempo para pensarlo. El cargo de hadjib de Sevilla, que, en su condición de doble visir, tenía a su cargo tanto la administración civil como la militar, estaba ocupado desde hacía casi veinte años por Abú'l-Walid ibn Zaydun, un hombre al que Ibn Ammar siempre había admirado. Ibn Zaydun procedía de una antigua familia de la nobleza de Córdoba, y era considerado uno de los más grandes poetas de Andalucía. Ibn Ammar lo había visto de lejos dos o tres veces durante su época de estudiante, en Córdoba, y sus poemas, apasionados y, sin embargo, de una mesura clásica, siempre habían sido un ejemplo para él.

Como todo andaluz, Ibn Ammar también conocía la apasionada historia de amor que había unido al joven Ibn Zaydun con la famosa princesa Wallada, la hija del califa omeya al-Mustakfi, quien había gobernado Córdoba durante el breve lapso de un año y medio. La princesa había sido una mujer extraordinaria, una belleza rubia de ojos azules, que, siguiendo una moda inaudita, llevaba el cabello muy corto y suelto y aparecía en público sin velo. La princesa había sostenido un salón literario en Córdoba, en el que solía encontrarse la juventud dorada de la capitaclass="underline" poetas rebosantes de esperanzas y poetas aristócratas e hijos de las familias más ricas y poderosas de la ciudad. La princesa Wallada había sido la flor de esa ilustre sociedad, y había dado a Ibn Zaydun suficientes pretextos para componer numerosos poemas cargados de dolor y celos. Finalmente, ella lo había abandonado.

Pero Ibn Zaydun no era sólo un gran poeta. Como hadjib del reino de Sevilla, había sido capaz de demostrar a un monarca tan caprichoso como al-Mutadid que sabía tratar con el poder. Gozaba de un gran prestigio en todo el reino. Ibn Ammar no tenía ni el deseo ni la intención de desplazarlo de su cargo.